Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 19 - Maratón 3/4
Después de hablar un poco más, ambos se levantaron.
La conversación había terminado por ahora.
Adalia hizo una pequeña reverencia antes de retirarse, pero Azrael dio un paso hacia ella antes de que pudiera alejarse.
Tomó su mano con suavidad.
Adalia levantó un poco la mirada, sorprendida.
Azrael inclinó ligeramente la cabeza y depositó un beso en el dorso de su mano.
—La mandaré a llamar pronto, señorita Adalia —dijo con una sonrisa que tenía un ligero aire coqueto.
Adalia sostuvo su mirada unos segundos.
Luego sonrió también.
—Estaré esperando, majestad.
Azrael soltó su mano lentamente.
Adalia se retiró poco después del palacio.
El carruaje avanzó por los caminos del imperio hasta finalmente llegar al Marquesado Mordrith.
Cuando bajó, Nina fue la primera en recibirla.
La doncella parecía algo nerviosa.
—Señorita… —dijo en voz baja mientras caminaban hacia el interior de la mansión—. El señor Silas llegó hace un rato.
Adalia levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
Nina asintió rápidamente.
—Llegó muy enojado… empezó a dar órdenes a todos los sirvientes.
Adalia siguió caminando con calma.
—¿Y ahora dónde está?
—En el despacho, señorita.
Nina bajó un poco la voz.
—Después de eso se encerró ahí… y no ha dejado que nadie entre.
Adalia guardó silencio.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Parece que lo de la taberna sí le causó problemas.
Pero no dijo nada más.
Simplemente continuó caminando hacia su habitación.
Mientras tanto…
En el palacio imperial.
Azrael permanecía de pie frente a una de las grandes ventanas de su despacho.
Los jardines del palacio se extendían bajo la luz del atardecer.
El emperador observaba en silencio, pensando en todo lo que Adalia le había contado.
Cada detalle.
Cada nombre.
Cada palabra escuchada en aquella taberna.
La puerta se abrió suavemente.
—Majestad.
Azrael no se giró.
—Adelante.
Tristán entró en la sala e hizo una profunda reverencia.
—La señorita Adalia llegó al marquesado a salvo.
Azrael asintió levemente.
—Bien.
Finalmente se dio la vuelta.
Su expresión ahora era completamente seria.
—Quiero que mandes a vigilar a Godric.
Tristán levantó la cabeza.
—Sí, majestad.
Azrael continuó:
—Sé lo más discreto posible.
—Y mete algunos espías en el Marquesado Mordrith.
Tristán escuchaba con atención.
—También quiero que lleven suministros a los pueblos bajo el cuidado de ese territorio.
Sus ojos se oscurecieron ligeramente.
—Si lo que Adalia dice es cierto… esos pueblos llevan tiempo siendo ignorados.
Tristán asintió.
—Se hará de inmediato.
Azrael dio unos pasos por la habitación.
—Y otra cosa.
Tristán esperó.
—Quiero a las tropas preparadas.
—En cualquier momento.
El guardia imperial hizo otra reverencia profunda.
—Como ordene, majestad.
Sin perder tiempo, salió rápidamente de la sala para cumplir las órdenes.
Cuando la puerta se cerró…
Azrael volvió a mirar por la ventana.
Y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Adalia estaba en su habitación cuando Nina entró apresurada.
—Señorita… el señor Silas quiere verla en su despacho.
Adalia dejó escapar un pequeño suspiro.
—¿Y ahora qué querrá ese hombre…?
Se levantó de la cama con calma, alisando ligeramente su vestido antes de salir.
Los pasillos del marquesado estaban silenciosos a esa hora.
Cuando llegó frente al despacho, se detuvo un momento y tocó la puerta.
—Adelante —se escuchó la voz de Silas desde el interior.
Adalia abrió la puerta.
El despacho estaba hecho un desastre. Papeles tirados sobre la mesa, algunos en el suelo, y varias copas vacías.
Silas estaba sentado detrás del escritorio.
Adalia avanzó unos pasos y, fingiendo respeto, hizo una pequeña reverencia.
—Me mandó a llamar, tío.
Silas la observó en silencio durante unos segundos.
Su mirada era pesada.
—Dime, Adalia… —dijo finalmente—. ¿Cómo va tu relación con el príncipe?
Adalia levantó la vista y dibujó una sonrisa perfecta.
—Muy bien. Estoy feliz de convertirme pronto en su esposa.
Por dentro, sin embargo, su mente hervía.
Sí… claro. Feliz de casarme con un traidor que planea una rebelión.
Silas la observó con atención.
—Ya veo.
Se recostó en su silla.
—¿Y qué has estado haciendo estos días?
—He pasado la mayor parte del tiempo en mi habitación —respondió Adalia con calma—. No he salido mucho.
Silas tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Hace dos días… por la noche.
Adalia lo miró.
—¿Dónde estabas?
Adalia mantuvo la expresión tranquila.
—En mi habitación, tío.
Silas sonrió lentamente.
—Qué curioso.
Adalia sintió una punzada de alerta.
—Porque algunos sirvientes me dijeron que te vieron salir de tu habitación esa noche.
Por dentro, Adalia maldijo.
Joder.
Pero su rostro no cambió.
—Salí un momento a buscar agua —dijo con naturalidad—. Luego regresé a dormir.
Silas se levantó de la silla.
El sonido de sus pasos llenó el despacho mientras caminaba hacia ella.
De repente, le agarró el rostro con brusquedad, obligándola a mirarlo.
—Más te vale que no estés haciendo nada extraño.
El agarre era fuerte.
Adalia sintió una oleada de repulsión recorrerle el cuerpo.
Maldito bastardo…
Pero aun así sostuvo su mirada.
—No tiene nada de qué preocuparse, tío —dijo con voz suave—. Jamás haría algo que pudiera molestarle.
Silas la observó unos segundos más.
Luego la soltó.
—Bien.
Se giró de nuevo hacia su escritorio.
—Puedes irte.
Adalia no perdió tiempo.
Hizo una breve reverencia y salió del despacho.
La puerta se cerró detrás de ella.
Cuando estuvo sola en el pasillo, sus manos se cerraron con fuerza.
La rabia le quemaba en el pecho.
No puedo esperar el día en que todos ustedes paguen por esto.
Sus ojos se endurecieron.
Ese día… está cada vez más cerca.
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