Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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Sombras del pasado.
El teléfono de Alicia sonó a las diez de la noche de un martes. Estaba en su pequeño apartamento del barrio de Gracia, sentada en el sofá con el cuaderno de dibujo apoyado en las rodillas y una taza de té de manzanilla humeando en la mesita auxiliar. Diego se había ido hacía apenas una hora, después de una cena tranquila de pizza y confidencias, y ella aún flotaba en esa burbuja cálida que siempre dejaban sus encuentros.
Miró la pantalla del móvil y el ceño se le frunció al reconocer el nombre que parpadeaba en ella.
Martín.
Llevaban seis meses sin hablarse. Seis meses desde que Alicia decidió poner fin a una relación de dos años que había empezado con ilusión y terminado con agotamiento. Martín era abogado, atractivo, ambicioso, y al principio ella se había sentido deslumbrada por su seguridad, por su forma de moverse por el mundo como si le perteneciera. Pero con el tiempo, esa seguridad se había revelado como arrogancia, y esa ambición como egoísmo. Martín quería una novia florero, alguien que asistiera a sus cenas de empresa con una sonrisa y no hiciera preguntas incómodas. Y Alicia, con sus cuadernos de dibujo y sus sueños de ilustradora y su negativa a ser el complemento de nadie, encajaba muy mal en ese molde.
La ruptura no fue amistosa. Martín no aceptó que le dejaran —su orgullo no se lo permitía— y durante semanas la bombardeó con mensajes, llamadas y apariciones inesperadas. Hasta que Alicia amenazó con denunciarlo y él, finalmente, se retiró.
Y ahora, seis meses después, volvía a la carga.
—¿Qué quieres, Martín? —respondió, poniendo el manos libres y continuando su dibujo en un intento de restarle importancia a la llamada.
—Vaya, qué fría. ¿Ya no saludas a los viejos amigos? —la voz de Martín seguía siendo la misma: aterciopelada, persuasiva, con ese punto de superioridad que a Alicia le crispaba los nervios.
—No somos amigos, Martín. Fuimos pareja y lo dejamos. ¿Qué necesitas?
—Me he enterado de que sales con alguien. Un músico, ¿no? Un chico ciego.
Alicia sintió un escalofrío. No le había contado a casi nadie lo de Diego, solo a su madre y a sus dos amigas más íntimas. Que Martín estuviera al tanto significaba que alguien le había informado. Y eso le daba muy mala espina.
—Mi vida privada no es asunto tuyo. ¿Quién te lo ha contado?
—Tu madre. Nos encontramos el otro día en el supermercado y estuvimos charlando. Está preocupada por ti, ¿sabes? Y yo también.
—No tienes ningún derecho a preocuparte por mí. Somos ex, ¿recuerdas?
—Eso no significa que no me importes. Alicia, entiendo que estés pasando por una fase rebelde, o lo que sea que te ha llevado a meterte en esta relación. Pero un chico ciego... ¿De verdad crees que es lo mejor para ti? ¿Qué clase de vida vas a tener con alguien que no puede ni verte?
Cada palabra era como un alfilerazo. Alicia apretó el lápiz con tanta fuerza que se le rompió la mina.
—No voy a discutir esto contigo. Diego es diez veces mejor persona de lo que tú serás nunca. Y lo de que no pueda verme es, literalmente, lo menos importante de nuestra relación. Ahora, si no tienes nada más que decir, voy a colgar.
—Tranquila, tranquila. No hace falta que te pongas así. Solo quería advertirte. Eres una chica increíble, Alicia. Guapa, talentosa, joven. Podrías tener a cualquiera. Y estás desperdiciando tus mejores años con alguien que...
Alicia colgó. No quiso escuchar el resto de la frase. Le temblaban las manos y el estómago se le había convertido en un nudo de rabia e impotencia. ¿Cuántas veces iba a tener que escuchar lo mismo? ¿Cuánta gente iba a cuestionar su relación solo porque Diego era ciego?
Apagó el teléfono, bebió un sorbo de té y trató de calmarse. No iba a permitir que Martín le arruinara la noche. Ni a él ni a su madre ni a nadie. Lo que tenía con Diego era real, era hermoso, y no pensaba dejar que los prejuicios ajenos lo contaminaran.
Sin embargo, mientras intentaba retomar el dibujo —un boceto de Max durmiendo sobre su cojín favorito—, una sombra de inquietud se instaló en su pecho. Porque conocía a Martín. Y sabía que nunca se rendía sin luchar.
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Diego notó que Alicia estaba extraña nada más verla al día siguiente. Se habían citado en el café de Laura, donde él tocaba esa tarde, pero ella llegó tarde, cosa que nunca hacía, y su voz, al saludarle, carecía de la chispa alegre de costumbre.
—¿Estás bien? —le preguntó Diego, con esa capacidad suya para detectar matices que tanto fascinaba a Alicia.
—Sí, sí. Cansada. He dormido mal.
—Mientes —dijo él, sin acritud—. Te noto tensa. ¿Ha pasado algo?
Alicia suspiró. Odiaba que Diego pudiera leerla tan bien. Pero al mismo tiempo le gustaba, porque significaba que la conocía, que la entendía, que estaba atento a ella de una forma que ningún otro chico había estado nunca.
—Anoche me llamó Martín —confesó.
—¿Martín? ¿Tu ex?
—El mismo. Se ha enterado de lo nuestro. No sé cómo, pero mi madre le ha hablado de ti. Y él, en su línea, ha decidido que tiene derecho a opinar sobre mi vida.
Diego guardó silencio unos segundos. Alicia le oyó tamborilear con los dedos sobre la mesa, un gesto nervioso que había aprendido a reconocer.
—¿Y qué te ha dicho? —preguntó al fin.
—Estupideces. Que si estoy desperdiciando mis mejores años, que si qué clase de vida voy a tener contigo, que si podría tener a cualquiera... Lo típico.
—No es lo típico, Alicia. Es cruel. Y es mentira.
—Lo sé. Por eso colgué. Pero me ha dejado mal cuerpo. Porque si mi madre piensa lo mismo, y mi ex piensa lo mismo, y probablemente mucha gente piensa lo mismo... ¿Cuántas batallas vamos a tener que librar?
—¿Quieres dejar de librarlas? —la voz de Diego sonó calmada, pero Alicia detectó un temblor apenas perceptible.
—No. Claro que no. No voy a dejarte por lo que piensen los demás. Pero me enfada. Me enfada mucho que el mundo sea tan injusto contigo.
Diego alargó la mano sobre la mesa y Alicia la tomó, entrelazando sus dedos con los de él.
—El mundo siempre ha sido injusto conmigo —dijo Diego—. Pero desde que estás tú, me importa mucho menos. Mientras tú estés a mi lado, lo demás es ruido.
—¿Y si el ruido se hace demasiado fuerte?
—Entonces subimos el volumen de mi piano y lo ahogamos.
Alicia soltó una risa triste, pero sincera. Diego siempre sabía cómo sacarle una sonrisa, incluso en los momentos difíciles.
—Voy a hablar con mi madre —dijo—. En serio esta vez. No voy a permitir que vaya contándole nuestras cosas a Martín. Ni que te trate como te trató el domingo.
—No hace falta. Puedo soportarlo.
—Ya, pero no deberías. No es justo.
Diego asintió, aunque su expresión era reservada. Alicia sabía que él odiaba ser el centro de los conflictos, que preferiría pasar desapercibido antes que provocar una discusión familiar. Pero esto no se podía dejar pasar. Clara tenía que entender que su relación con Diego no era una fase, ni un capricho, ni un acto de rebeldía. Era amor. Así de simple. Y cuanto antes lo aceptara, mejor para todos.
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Aquella misma tarde, después del concierto de Diego —que fue, como siempre, sublime—, Alicia tomó un autobús hasta casa de su madre. No le avisó; sabía que si lo hacía, Clara encontraría alguna excusa para posponer el encuentro. Así que se presentó por sorpresa, con el corazón latiéndole con fuerza y la determinación dibujada en el rostro.
Clara abrió la puerta con expresión de sorpresa.
—Alicia, ¿qué haces aquí? ¿No habías quedado con...?
—Tenemos que hablar, mamá. ¿Puedo pasar?
—Claro, pasa. ¿Quieres cenar? Tengo croquetas...
—No he venido a cenar.
Se sentaron en el salón, la misma mesa donde cuatro días antes habían compartido aquella tensa paella. Clara se colocó enfrente de su hija, con las manos entrelazadas sobre el mantel, y Alicia sintió que el papel de hija regañada y madre regañona se intercambiaba de repente.
—Me he enterado de que te encontraste con Martín y le hablaste de Diego —empezó, sin preámbulos—. Martín me llamó anoche para meterse en mi vida y soltarme todo tipo de barbaridades sobre mi relación. Y lo hizo porque tú le diste información.
Clara enrojeció.
—No pensé que fuera a llamarte. Solo comenté que estabas saliendo con alguien. Martín preguntó y yo...
—Y tú le diste detalles. Detalles sobre la ceguera de Diego, sobre mi vida, sobre nuestra relación. ¿En qué estabas pensando, mamá?
—Estaba preocupada, Alicia. Estoy preocupada. Martín y yo coincidimos en que esta relación no es buena para ti.
—¿Martín y tú coincidís? ¿Desde cuándo Martín es tu aliado? ¿No decías que era un creído y un egoísta?
—Eso era antes. Ahora, al lado de... de este chico, Martín parece una opción mucho más sensata.
Alicia sintió que la rabia le subía por la garganta como lava.
—Diego no es «este chico». Se llama Diego. Es pianista. Tiene un perro guía que se llama Max. Me hace feliz. Me trata con respeto. Me escucha. Me entiende. Y te aseguro que todo eso es mucho más de lo que Martín hizo nunca por mí.
—Pero es ciego, hija. No puedes ignorar ese hecho.
—No lo ignoro. Lo acepto. Lo acepto como parte de quién es, del mismo modo que acepto que tú eres cabezota o que yo soy desordenada. Pero no voy a permitir que su ceguera se convierta en un argumento en su contra. Porque no lo es.
Clara guardó silencio. Alicia la vio mover las manos nerviosamente sobre el mantel y sintió, por un momento, una punzada de compasión. Su madre no era mala persona. Solo era una mujer asustada, que había criado a su hija sola y que temía verla sufrir. Pero el miedo no justificaba los prejuicios.
—Mamá —dijo Alicia, con un tono más suave—, te quiero. Eres la persona más importante de mi vida después de Diego. Pero necesito que confíes en mí. Que confíes en mi capacidad para elegir. Diego es maravilloso. Dale una oportunidad. Conócele de verdad, sin prejuicios. Y si después de eso sigues pensando que no es buena persona, te escucharé. Pero no antes.
Clara alzó la vista. Sus ojos estaban húmedos.
—Solo quiero que seas feliz —dijo.
—Y yo lo soy. Mucho. Pero no podré serlo del todo si mi propia madre está en contra de la persona a la que quiero.
—No estoy en contra. Solo... preocupada.
—Pues deja de preocuparte. O por lo menos, preocúpate en silencio. Y, por favor, no vuelvas a hablar de nosotros con Martín. No es asunto suyo.
Clara asintió, aunque su expresión seguía siendo ambivalente. Alicia supo que no la había convencido del todo, pero al menos había plantado una semilla. El resto requeriría tiempo y, sobre todo, que su madre viera con sus propios ojos lo feliz que era junto a Diego.
Cuando volvió a casa, se dejó caer en el sofá con agotamiento. La conversación con su madre la había dejado emocionalmente exhausta, pero también extrañamente ligera. Había dicho lo que tenía que decir. Había defendido su relación con uñas y dientes. Y aunque la batalla no estuviera ganada, al menos había disparado el primer tiro.
El móvil vibró. Era un mensaje de voz de Diego.
—Sé que has ido a hablar con tu madre. No me lo has dicho, pero lo sé. Eres una cabezota y te quiero. Pase lo que pase, no te arrepientas de nada. Estoy contigo.
Alicia sonrió en la penumbra del salón. Se llevó el teléfono al pecho y lo abrazó como si pudiera, de alguna manera, abrazar también a Diego.
«No me arrepiento», pensó. «De nada. De absolutamente nada».
Y apagó la luz, dejando que la noche envolviera sus pensamientos y los meciera hacia un sueño reparador.