Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 7: La Entrada al Castillo de Mármol y Sombras
El sonido del portón de roble y hierro al cerrarse a sus espaldas tuvo el peso definitivo de una sentencia. Retumbó en el vestíbulo con un eco grave y cavernoso que pareció sellar el mundo exterior, aislando a Elena Rossi en un universo paralelo donde el tiempo, la lógica y la gravedad común dejaban de existir.
Elena permaneció de pie sobre una alfombra persa de dimensiones descomunales, tejida en hilos de seda carmesí y tintes de lapislázuli que amortiguaban el impacto de sus tacones. El aire en el vestíbulo no era el aire frío y seco de una montaña en mitad de la tormenta; era un ambiente denso, cálido y saturado de aromas embriagadores: la leña de roble antiguo ardiendo en la mampostería, la cera pura de abejas consumiéndose en cientos de candelabros de plata y esa fragancia inconfundible de especias raras, cuero pulido y la presencia imponente de Alistair Vance.
El espacio que la rodeaba desafiaba cualquier norma arquitectónica moderna. El Gran Vestíbulo del Palacio Imperial de la Noche se alzaba hacia un techo abovedado a más de quince metros de altura, donde frescos de la era renacentista retrataban batallas olvidadas, criaturas aladas de belleza aterradora y cielos nocturnos cuajados de estrellas de pan de oro. De la cúpula central colgaba una araña de cristal de Murano de casi tres toneladas, cuyas miles de lágrimas facetadas refractaban la luz de las velas en un baile de destellos dorados que caía sobre los muros de mármol negro veteado en plata.
A ambos lados del vestíbulo, dos galerías abiertas con arquerías de estilo gótico tardío mostraban pasillos infinitos flanqueados por armaduras medievales de acero pavonado, tapices flamencos de valor incalculable y bustos de mármol de ancianos con rostros severos y pómulos afilados. En el centro del salón, una chimenea monumental tallada en una sola pieza de granito negro —tan amplia que tres hombres adultos podían caminar erguidos dentro de su hoguera— proyectaba llamaradas altas y doradas que lanzaban sombras gigantescas sobre el suelo pulido.
Pero todo el lujo ostentoso, la historia acumulada y la arquitectura imponente de la fortaleza gótica se redujeron a un simple telón de fondo ante la figura del hombre que descendía la escalinata principal.
La bajada del rey
Alistair no caminaba con la prisa de un anfitrión impaciente ni con la vacilación de un hombre sorprendido. Cada uno de sus pasos sobre el mármol negro poseía la lentitud deliberada y la gracia aristocrática de un depredador que se desplaza por el centro de su propio territorio.
Sus ojos ámbar, encendidos por un fuego interior que desafiaba la penumbra, descendieron por la silueta de Elena con una devoción sin filtros. La vio allí, pequeña pero majestuosa en mitad de su castillo, vestida con la seda roja borgoña que él mismo había imaginado para sus formas. La tela abrazaba la curva generosa de sus caderas y la plenitud de su pecho con una perfección quirúrgica, mientras que el rubí de plata que descansaba en la fosa de su cuello destellaba con cada respiración agitada de la joven.
A medida que Alistair acortaba la distancia, Elena pudo apreciar el contraste de su vestimenta informal. La camisa de seda negra que llevaba, desprovista de la rigidez de los trajes de etiqueta, permanecía desabotonada en el cuello, revelando la firmeza pulida de su garganta y la línea de sus clavículas de alabastro. Las mangas, ligeramente recogidas hacia los antebrazos, dejaban ver unos brazos masculinos, fuertes y venosos, que sugerían una potencia física brutal bajo su apariencia refinada.
Cuando el rey pisó el último escalón, se detuvo a un metro de ella.
El calor que emanaba de Elena —ese aroma a sangre joven, piel tibia, vainilla negra y la emoción desbocada de su pulso— chocó contra la presencia helada del monarca. Alistair cerró las pestañas una fracción de segundo, inhalando el aire saturado de su esencia como un hombre que vuelve a respirar tras un siglo bajo el agua.
—Bienvenida al Palacio de las Sombras, Elena —dijo él.
Su voz de barítono rasposo vibró en el aire con una resonancia tan profunda que la joven sintió la vibración en la planta de sus pies.
Elena apretó levemente el bolso de mano contra su muslo, manteniendo la postura erguida que la caracterizaba, aunque sus ojos avellana recorrían el rostro perfecto de Alistair con una mezcla de fascinación y cautela.
—El lugar es... abrumador, Lord Vance —respondió ella, esforzándose por mantener la voz firme—. Pensé que las descripciones de los castillos góticos en los libros de historia eran exageradas, pero esto supera cualquier registro arquitectónico del siglo XVIII.
Alistair dejó escapar una sonrisa leve, un movimiento de labios tan cargado de una sensualidad peligrosa que hizo que a Elena se le erizara la piel del cuello.
—El castillo no pertenece al siglo XVIII, mi dulce Elena —corrigió él suavemente, dando un paso más hacia ella hasta reducir el espacio a la mitad—. Las cimentaciones de esta torre fueron colocadas en el siglo XII, y los muros de mármol han visto pasar imperios, guerras y dinastías completas. Sin embargo... ninguna época ni ningún tesoro guardado en estas paredes ha logrado iluminar esta piedra como lo hace tu presencia esta noche.
Elena sintió que un rubor caliente le subía por el escote de la seda borgoña.
—Suele ser muy generoso con sus palabras, milord. Aunque debo admitir que enviar un vestido hecho a medida y un carruaje blindado no es precisamente una invitación común.
Alistair la observó con una intensidad descarada. Elevó la mano derecha y, con la yema del dedo índice, rozó con una suavidad extrema el rubí que colgaba de su cuello. El toque de sus dedos helados sobre la piel ardiendo de Elena envió una descarga de electricidad directa a su espina dorsal.
—Tú no eres una mujer común, Elena —susurró el rey, inclinándose un milímetro hacia su rostro—. Ningún detalle destinado a ti podría ser ordinario. Tenía que asegurarme de que vistieras el color de la pasión que enciendes en mi sangre, y tenía que traerte al único lugar donde el resto del mundo no pueda molestarnos.
Elena contuvo el aliento. El toque de su dedo en su cuello se desplazó hacia la mandíbula, acariciando la piel suave de su mejilla antes de retirarse despacio, dejando una estela de cosquilleo caliente tras de sí.
—¿No hay nadie más en el palacio? —preguntó ella, mirando disimuladamente hacia las galerías vacías.
—El servicio y la guardia personal han sido retirados a las dependencias externas —respondió Alistair, ofreciéndole su brazo flexionado con una elegancia impecable—. Esta noche, el palacio nos pertenece únicamente a ti y a mí. He preparado una recepción íntima en el Gran Comedor de Invierno. ¿Me concederías el honor de acompañarme?
Elena miró el brazo firme del hombre, sintiendo que la cordura le advertía sobre el peligro de estar a solas con un ser que ejercía semejante poder sobre sus sentidos. Pero la chispa de fuego que Alistair había encendido en su interior era demasiado brillante.
Despacio, deslicó su mano de uñas pintadas sobre el antebrazo de Alistair, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la seda negra.
—Será un placer, Lord Vance.
El recorrido por las galerías del lujo
Alistair la guió a través de un arco monumental de piedra hacia el ala oeste del palacio. Cada paso que daban revelaba un nuevo nivel de opulencia que dejaba a Elena sin palabras.
Caminaron por un corredor cubierto por bóvedas de crucería, donde la luz de las velas se reflejaba en grandes espejos de marco de pan de oro tallados con figuras de parras y dragones. A lo largo del pasillo se alineaban vitrinas de cristal blindado que albergaban manuscritos iluminados del medievo, coronas de oro macizo incrustadas con esmeraldas sin pulir y espadas de empuñadura de joya que conservaban la pátina del tiempo.
—Esto es una colección privada de valor incalculable —comentó Elena, deteniéndose un segundo frente a una vitrina que contenía un códice con letras capitulares de pan de oro—. Como historiadora, le digo que cualquier museo del mundo mataría por tener una sola de estas piezas.
Alistair la miró de lado, manteniendo su mano sujeta contra su brazo.
—Las piezas no tienen valor por su costo material, Elena —dijo él en un tono pausado y melancólico—. Tienen valor por las historias de las personas que las poseyeron. Esas coronas pertenecieron a reyes que creyeron que el poder terrenal los haría inmortales. Se equivocaron. El tiempo los devoró a todos.
—Usted habla como si hubiera estado allí para verlo —comentó ella en un todo mitad en broma, mitad intrigada por el aire de sabiduría añeja que impregnaba la voz del hombre.
Alistair no sonrió esta vez. Sus ojos ámbar la miraron fijamente en la penumbra del pasillo, cargados de una verdad insondable.
—A veces, el tiempo es una ilusión para quienes sabemos dónde mirar —respondió él en un murmullo bajo.
Llegaron finalmente a una puerta doble de nogal tallada con relieve de flores de lis y lirios. Alistair apoyó la mano en la madera y la empujó suavemente.
El Gran Comedor de Invierno
El escenario que se abrió ante Elena era una visión sacada de un cuento de opulencia y seducción gótica.
El Comedor de Invierno era una estancia circular de proporciones majestuosas, diseñada para ofrecer un ambiente de intimidad cálida en mitad del invierno. Las paredes estaban cubiertas por paneles de madera de caoba oscura labrada a mano, y el techo, formado por vigas de roble expuestas, lucía tallas complejas pintadas en tonos oro y azul noche.
Al fondo de la habitación, una segunda chimenea monumental, flanqueada por dos estatuas de leones de mármol blanco, proyectaba una luz dorada y rasante que inundaba la estancia de un calor penetrante. El fuego crepitaba con fuerza, iluminando la niebla suave que se divisaba al otro lado de un enorme ventanal de arboleda ojival que daba directamente al abismo del acantilado.
En el centro del salón no había una larga mesa de banquetes de aristócrata. Alistair había hecho preparar una mesa circular de caoba pequeña, diseñada exclusivamente para dos personas, vestida con un mantel de lino blanco almidonado.
Sobre la mesa, el lujo era absoluto: vajilla de porcelana de Limoges pintada a mano con bordes de oro, cubiertos de plata maciza con el grabado de la casa Vance y copas de cristal de Baccarat que destellaban bajo la luz de un candelabro de plata de siete brazos ubicado en el centro. El centro de mesa era un arreglo floral exuberante compuesto por rosas negras, orquídeas nocturnas de color púrpura profundo y ramas de eucalipto que desprendían un aroma fresco.
—Es... majestuoso, Alistair —susurró Elena, dejando escapar el nombre de pila sin darse cuenta, cautivada por la atmósfera.
Un brillo de absoluta satisfacción cruzó el rostro del rey al escuchar su nombre en los labios de la mujer.
Alistair la acompañó hacia la mesa y, con una galantería impecable, tiró de la silla de madera tallada y tapizada en terciopelo carmesí para que ella se sentara.
—Solo lo mejor para la reina de esta noche —dijo él en un susurro cerca de su oreja mientras la acomodaba.
Cuando Alistair se tomó su lugar al otro lado de la mesa redonda, la proximidad entre ambos siguió siendo íntima. La mesa era lo suficientemente pequeña como para que sus miradas no pudieran esquivarse y sus manos estuvieran al alcance de un simple movimiento.
Una cena para los sentidos
Un sirviente anciano de modales invisibles apareció desde una puerta disimulada en el panelado de caoba, sirviendo en las copas de cristal un vino tinto de un tono carmesí denso y oscuro.
Alistair tomó su copa, elevándola ligeramente.
—Por el destino, Elena —propuso el rey, fijando sus ojos de fuego en los de ella—. Que ha sido lo suficientemente piadoso como para ponerte en mi camino.
Elena sostuvo su copa de cristal, sintiendo el peso de la plata en el pie.
—Por el destino —repitió ella, tocando la copa de él. El choque del cristal emitió un sonido claro y prolongado que vibró en la estancia.
Elena dio un trago. El vino era una obra maestra: espeso, de notas amaderadas, frutos del bosque y un matiz sutil de Especias que dejó un calor delicioso deslizándose por su garganta.
La cena consistió en una secuencia de platillos delicados pensados para estimular los sentidos: manjares de caza preparados con hierbas silvestres, cremas de trufa negra y pescados servidos con reducciones de vinos caros. Sin embargo, a pesar de la exquisitez de la comida, Elena apenas podía concentrarse en los saborear los alimentos.
Toda su atención estaba absorbida por el hombre sentado frente a ella.
Alistair comía con una parsimonia elegante, pero apenas probaba bocado. La mayor parte del tiempo, el rey mantenía la copa de vino entre sus dedos largos, apoyando el codo sobre la mesa y observándola comer. Su mirada recorría la forma en que los labios carnosos de Elena se entreabrían, la manera en que el cuello de la joven se estiraba al tragar y la ondulación suave de sus pechos bajo el corsé de seda borgoña cada vez que ella reía o respondía a una de sus preguntas.
—Me observa demasiado, Lord Vance —dijo Elena en un momento, dejando los cubiertos sobre el plato y reclinándose en el respaldo de terciopelo—. Empiezo a pensar que la cena es solo una excusa para ponerme a prueba.
Alistair no se inmutó. Dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, cruzando sus manos fuertes sobre la caoba.
—No es una prueba, Elena. Es un deleite —su voz bajó a ese tono rasposo y grave que le encendía la piel a la joven—. Llevo veintidós años viviendo en una penumbra fría. Ver la vida fluir en ti, ver el calor de tu rostro, escuchar el ritmo de tu respiración... es el único alimento que realmente me interesa esta noche.
Elena frunció el ceño levemente, intrigada por la frase que ya había leído en la nota de la mañana.
—Sigue diciendo eso. Veintidós años. ¿Por qué veintidós años, Alistair? Tengo precisamente esa edad.
Alistair se quedó inmóvil por una fracción de segundo. Un brillo de cautela cruzó sus pupilas de ámbar, pero la intensidad de su deseo por ella no disminuyó.
—Porque la noche en que naciste, Elena —dijo él, midiendo cada palabra con una gravedad divina—, el mundo cambió. Algo en el aire de este planeta se ajustó de forma definitiva. Y aunque tú no lo supieras, desde ese momento, mi existencia quedó ligada a la tuya.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje. Thump-thump. Thump-thump. El sonido resonó en sus propios oídos. Las palabras de Alistair sonaban a locura, a una obsesión poética que rozaba lo irreal; y sin embargo, la convicción abismal con la que él la miraba no dejaba espacio para la duda. Él creía cada palabra con la fuerza de una religión.
La atracción insostenible
La cena terminó y el sirviente retiró los platos con rapidez, dejando sobre la mesa únicamente una botella de licor de canela y dos copas bajas.
Alistair se puso de pie. Se alejó unos pasos hacia la chimenea monumental, observando las llamas doradas que crujían en el interior.
—Acompañame, Elena —pidió él sin girarse, extendiendo su mano hacia atrás.
Elena se levantó de la silla. La seda borgoña de su vestido ondeó suavemente alrededor de sus caderas mientras caminaba hacia él. El calor de la chimenea la recibió de frente, creando una atmósfera abrasadora que combinaba con el fuego que llevaba en la sangre.
Se detuvo a su lado. Alistair se giró, tomando la mano de Elena entre las suyas. Sus dedos, helados por naturaleza, se calentaron casi instantáneamente al contacto con la piel de la joven.
El rey la contempló en la penumbra dorada del fuego. La luz de las llamas bailaba sobre sus pómulos sonrosados, sobre la plenitud de sus labios borgoña y sobre el escote pronunciado que dejaba ver el subir y bajar acelerado de su pecho.
—Eres la visión más hermosa que ha albergado este palacio en mil años —murmuró Alistair, elevando la mano de ella hacia sus labios para depositar un beso lento y tierno en los nudillos de sus dedos.
El roce de su boca sobre su piel envió una nueva ola de escalofríos por el cuerpo de Elena.
—Alistair... esto es demasiado intenso —susurró ella, dando un leve paso hacia adelante, atraída por el magnetismo de su figura como la polilla hacia la llama—. Siento que estoy perdiendo el control cuando estoy cerca de ti.
Alistair sonrió con una dulzura posesiva. Deslizó su mano desde sus nudillos hasta su muñeca, sintiendo el pulso acelerado que latía bajo la piel fina de la joven.
—No pierdas el control, Elena... entrégamelo —pidió el rey en un susurro imperioso—. Déjame ser quien sostenga tu mundo esta noche.
Alistair tiró suavemente de su mano. Elena no ofreció resistencia. Su cuerpo curvilíneo se pegó contra el torso duro y alto del monarca. La plenitud de sus senos de seda borgoña chocó contra la camisa de negra de él, y la curvatura de sus caderas se amoldó a la firmeza de sus piernas.
El rey bajó la mirada hacia su boca entreabierta. La proximidad de sus rostros era tan extrema que el aliento helado de Alistair y la respiración caliente de Elena se mezclaron en una sola ráfaga de tensión insostenible.
El juego de la seducción en el Palacio de las Sombras había alcanzado su punto de no retorno.