"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El precio del silencio.
La música seguía sonando en la sala VIP, un bolero melódico que contrastaba brutalmente con el pánico que subía por la garganta de Valeria como un vómito contenido. Carlos se sirvió otro whisky del minibar, le ofreció uno a ella —que rechazó con un gesto seco— y se recostó en el sillón de cuero con la satisfacción de quien acaba de ganar una partida de ajedrez.
—Mire, Luna, Valeria, como prefiera que la llame. No me interesa hacerle daño. Soy un hombre de negocios, no un monstruo de película. Pero usted entenderá que uno no viene a un lugar como este y se encuentra a la esposa de un colega sin que eso tenga cierto valor. Digamos... valor de mercado —dijo Carlos, haciendo girar el hielo en su vaso.
—No sé de qué me está hablando. Le repito que se equivoca de persona —insistió Valeria, aunque su voz ya no tenía la misma firmeza.
—No me equivoco. Nunca me equivoco con las caras. Es un don, o una maldición, según se mire. Usted es Valeria Gutiérrez, casada con Andrés, madre de dos niños. Mateo y... ¿Sofía? Algo así. Los vi en las fotos del boletín interno de la empresa.
—¿Qué quiere? ¿Plata? ¿Es eso lo que busca?
—¿Plata? —Carlos soltó una carcajada breve y seca—. No, querida. Plata me sobra. Mire este reloj. Vale más que su departamento. Lo que quiero es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Compañía. De vez en cuando. Cuando yo la llame, usted viene. Sin excusas, sin preguntas, sin condiciones. Y a cambio, su maridito nunca se entera de que su esposa perfecta baila semidesnuda para desconocidos en un antro de mala muerte.
Valeria apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos, dejando marcas rojizas. Quería gritarle, escupirle a la cara, arañarle esos ojos de tiburón satisfecho y salir corriendo de esa maldita sala VIP para no volver nunca más. Pero no podía. Porque Carlos tenía razón: él tenía todas las cartas de la baraja, y ella ninguna.
—¿Y si me niego? ¿Qué pasa si salgo por esa puerta y no vuelvo? —preguntó Valeria, desafiante.
—Entonces mañana mismo llamo a mi hijo, mi hijo llama a Andrés, y Andrés se entera de todo. Con lujo de detalles. Y fotos, si hace falta. ¿Usted cree que su marido la perdonaría? ¿Cree que entendería que su esposa se convirtió en bailarina exótica a sus espaldas?
—Andrés me ama.
—El amor es un sentimiento muy noble, querida. Pero la confianza es otra cosa. Y usted ya se la rompió en mil pedazos. Ni siquiera él lo sabe todavía.
El silencio se estiró durante un minuto entero. Valeria miraba al suelo, a los azulejos brillantes que reflejaban la luz roja de la lámpara. Pensó en Mateo, en Sofi, en la cara de Andrés si alguna vez supiera la verdad. Pensó en su madre, en la quimioterapia, en los ochocientos mil pesos mensuales que todavía no había juntado. Y sintió que estaba atrapada en un callejón sin salida.
—Está bien —dijo finalmente, con una voz que no parecía la suya—. Pero con condiciones.
—¿Condiciones? Escucho.
—Sin sexo. Jamás. Solo compañía, como usted dijo. Una cena, un baile, una conversación. Nada más.
—¿Qué clase de hombre cree que soy? Yo no pago por sexo. Para eso están las otras chicas del club. Yo pago por discreción. Y usted, Valeria, es la mujer más discreta que conozco.
—No me llame Valeria. Acá soy Luna.
—Luna. Me gusta. Tiene un aire poético. Trato hecho, entonces.
Valeria salió de la sala VIP con las piernas temblorosas y el estómago revuelto. En el pasillo se apoyó contra la pared descascarada y respiró hondo varias veces, tratando de no vomitar. Lorena la encontró allí, pálida como un papel de seda, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¡Luna! ¡Val! ¿Qué pasó ahí adentro? ¿Te hizo algo ese tipo? —preguntó Lorena, agarrándola de los hombros.
—Me reconoció, Lore. Sabe quién soy. Sabe lo de Andrés, lo de mis hijos. Todo.
—¡No! ¿Quién es? ¿Qué quiere?
—Se llama Carlos. Es un empresario, amigo del dueño. Quiere que lo vea cada tanto. A cambio de su silencio.
—¡Eso es extorsión, Val! ¡Tenemos que denunciarlo a la policía!
—¿Y cómo lo denuncio, Lore? ¿Explicando que soy bailarina de un club nocturno? ¿Que mi marido no sabe nada? ¿Que tengo dos hijos y una madre enferma y que todo esto es un castillo de naipes a punto de derrumbarse?
—Val, no podés dejar que te maneje así. Hay que buscar otra salida.
—No hay salida, Lore. Por ahora, no. Tengo que hacer lo que él dice. Hasta que encuentre otra manera. Hasta que junte la plata para mamá.
—Entonces no estás sola. Yo te voy a ayudar. Las chicas te vamos a ayudar. No vas a pasar por esto sola.
Valeria abrazó a Lorena con fuerza, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que alguien entendía su dolor sin juzgarla. Esa noche, volvió a casa con diez mil pesos en el bolso y una losa de plomo en el pecho. La torre de naipes seguía en pie, pero se tambaleaba peligrosamente. Y un hombre llamado Carlos tenía la llave para derribarla cuando quisiera.