Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 8
—¿Qué encontraste, Sherlock?
la voz de Marco la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta, ya vestido pero con la camisa desabrochada, viéndose como un anuncio de perfume de lujo en medio de una ruina.
—Una cápsula del tiempo, supongo
respondió Laura, dejando la caja sobre la mesa de madera rugosa.
Con manos temblorosas, abrió la tapa. Dentro había recortes de periódicos locales de hace tres décadas, algunas etiquetas de vino con el logo de La Herencia y un sobre de papel madera que tenía escrito un nombre, Ligia Durán.
El aire se escapó de los pulmones de Laura. Ese era el nombre que figuraba en su expediente de adopción como su madre biológica. Marco, notando que la palidez de Laura no era normal, se acercó rápidamente y le puso una mano en el hombro.
—¿Laura, Qué pasa?
Ella no respondió. Sacó el contenido del sobre, era un diario pequeño y una llave de bronce, idéntica a la que ella guardaba en su caja de recuerdos en la ciudad. Abrió el diario en una página al azar y leyó en voz alta, con la voz quebrada.
—"Hoy la tierra ha dado su mejor fruto, pero tengo miedo. Los Alarcón quieren las tierras y no les importa quién viva en ellas. Si algo me pasa, espero que mi pequeña Laura encuentre el camino de vuelta a casa..."
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina. Laura miró a Marco con una mezcla de horror y confusión. Los ojos de él estaban muy abiertos, procesando la información. Su padre, el hombre que le había enseñado todo sobre los negocios, había sido el villano en la historia de esa propiedad.
—Mi padre... esta propiedad...
comenzó Marco, con la voz teñida de una amargura profunda
—Él siempre decía que las mejores oportunidades nacían de las debilidades ajenas. Nunca me dijo que para comprar este viñedo había tenido que desplazar a alguien.
Laura sintió que el mundo se le movía bajo los pies. El hombre que le había dado su primera noche de amor real era el hijo del hombre que, indirectamente, la había dejado huérfana de origen. El humor que siempre usaba como escudo se evaporó.
—Marco, yo, la mujer de esa carta es mi madre, esta hacienda... no sé qué pensar
admitió ella, sentándose en una silla que crujió bajo su peso.
—Vine aquí buscando una herencia arquitectónica y me encontré con mi vida entera envuelta en papel oxidado.
Marco se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas.
—Laura, escúchame. Yo no sabia nada, yo no soy mi padre. Y si este lugar es tuyo por derecho de sangre, lo vamos a descubrir. No voy a permitir que La Herencia sea otra tumba de los Alarcón.
—Es irónico, ¿no?
dijo ella, con una risa amarga que terminó en un sollozo
—La chica con sobrepeso y complejos resulta ser la heredera de un imperio de uvas que tu familia se llevó. Parece el guion de una telenovela barata.
—No es una telenovela, es nuestra vida
replicó Marco con firmeza
—Y tú no eres la chica con complejos. Eres la mujer que ha despertado algo en mí que yo creía muerto. No me importa el pasado, Laura. Me importa que ahora mismo estamos aquí, y que vamos a arreglar esto juntos.
Pasaron el resto de la mañana revisando el diario de Ligia. Descubrieron que el viñedo no fue vendido, sino embargado mediante una maniobra legal dudosa que involucraba a un joven abogado llamado Montes... el padre del inversor con el que habían cenado en el capítulo anterior. La red de mentiras era más extensa de lo que imaginaban.
—Parece que los hijos estamos cargando con los pecados de los padres
comentó Marco, tratando de inyectar un poco de su habitual sarcasmo para aliviar el ambiente
—Montes hijo sigue intentando lo mismo que su padre, quedarse con lo que no es suyo.
A pesar de la carga emocional, el hambre de Laura volvió a manifestarse con un rugido de su estómago que rompió el dramatismo del momento.
—Mi sistema digestivo no entiende de dramas familiares, Marco
dijo ella, secándose las lágrimas con la manga de la camisa.
—Vamos al pueblo
decidió él, dándole un apretón cariñoso en la mano
—Necesitamos comida real y un abogado que no tenga el apellido Montes en su tarjeta de visita.
Mientras caminaban hacia el coche, Laura sintió una extraña punzada en el entrepierna. Fue leve, casi imperceptible. Atribuyó el malestar al estrés y a la falta de un desayuno decente. Pero fue la representación de su entrega.
El viaje al pueblo fue silencioso pero no incómodo. La mano de Marco no soltó la de ella en todo el trayecto. Él estaba decidido a deshacer el daño de su estirpe, y ella estaba decidida a no dejar que el peso de la verdad la hundiera.
Al llegar a la plaza del pueblo, un anciano que barría la entrada de una pequeña oficina de correos se detuvo en seco al ver a Laura bajar del coche. La miró de arriba abajo, sus ojos cansados llenándose de asombro.
—¿Ligia?
susurró el hombre, dejando caer la escoba.
Laura se congeló. El parecido con su madre biológica, ahora que estaba en su tierra, era innegable. La aventura de descubrir quién era realmente Laura Durán acababa de cruzar el punto de no retorno.