Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 23
Sofía entendió al instante el tono de Matías. La voz grave y cortante llegó clara a través del altavoz del teléfono.
—Quedate lejos de él —repitió Matías—. Si toma, no te acerques.
Ella apretó el móvil con fuerza.
—¿Desde cuándo te importa con quién estoy? No somos nada. Deberías aprender a marcar límites.
Matías guardó silencio un segundo.
—Solo te aviso. La gente puede ser peligrosa.
Sofía soltó una risa seca.
—¿Peligrosa? ¿Como vos el otro día, cuando me besaste sin permiso? ¿Qué fue eso, Matías? ¿Buena intención también?
La línea se llenó de un silencio pesado. Matías respondió con voz baja.
—Fue un impulso. No va a volver a pasar.
—Bien. Porque ya no tenemos nada que ver. Dejame en paz.
Antes de que él pudiera contestar, Sofía colgó. El teléfono quedó en silencio. En la pantalla, el nombre de Matías desapareció.
Matías miró la llamada finalizada. Se pasó la mano por la cara, confundido. Se volvió hacia Tiago, que jugaba con un coche de control remoto en el suelo del living.
—Vení, dale un videollamado a tu mamá.
Tiago levantó la vista, lo miró fijamente y sonrió con picardía.
—No querés hablar con ella. Querés ver si está sola.
Matías se quedó sin palabras. El niño había leído sus intenciones en dos segundos. Se rascó la nuca y murmuró:
—Andá a jugar.
Tiago volvió a su coche sin decir más.
En el restaurante de Córdoba, Sofía regresó al salón privado. El ambiente estaba cargado de humo de cigarrillos y risas altas. El señor Huang, un inversionista de mediana edad con la cara enrojecida por el alcohol, levantó su copa al verla.
—Sofía, ¡vení! Tomá una copa. Es un brindis importante.
Lucas se puso de pie al instante y se interpuso.
—Ella no puede. Es alérgica al alcohol.
Huang frunció el ceño.
—¿Tanto drama por una copita?
Lucas sonrió con cortesía, pero firme.
—No es drama. Es salud. Yo bebo por ella.
Tomó la copa que le ofrecían y la vació de un trago. El señor Huang soltó una carcajada y siguió con la charla. Sofía se sentó en silencio, agradecida por el gesto de Lucas.
La cena terminó tarde. Lucas salió tambaleante. Sofía lo sostuvo del brazo y lo llevó hasta un taxi.
—Al Hotel Imperial —indicó al conductor.
En el trayecto, Lucas apoyó varias veces la cabeza en su hombro. Ella lo empujó con suavidad cada vez.
—Lucas, sentate derecho.
Él murmuró algo ininteligible y se enderezó. Al llegar al hotel, Sofía lo ayudó a bajar, lo acompañó hasta recepción, pidió que lo subieran a su habitación y se fue apenas el ascensor se cerró. No vio la mirada que Lucas le dirigió mientras las puertas se juntaban: una mezcla de cansancio y algo más que no pudo descifrar.
A medianoche, Matías seguía despierto. La casa estaba en silencio. Tiago dormía en la habitación de huéspedes. Matías tomó el teléfono y llamó por videollamada a Sofía.
Ella rechazó la primera. Luego la segunda. En la tercera, apareció un mensaje: “Si no contestás, dejo a Tiago en la calle”.
Sofía contestó al instante. Su rostro apareció en pantalla: recién salida de la ducha, con el cabello húmedo y una bata blanca.
—¿Qué querés? —preguntó, molesta.
Matías la miró.
—¿Volviste al hotel?
—Sí.
—¿Estás sola?
Sofía puso los ojos en blanco.
—¿En serio?
—Mostrame la habitación.
Ella suspiró, giró el teléfono y recorrió lentamente el cuarto: la cama king, el escritorio vacío, el baño abierto, la ventana con vista a la ciudad iluminada.
—¿Contento?
Matías asintió.
—Bien. Descansá.
Ella lo miró fijamente.
—¿Cuál es tu problema, Matías? ¿Qué te importa si estoy sola o no? ¿Qué posición tenés para preguntarme esto?
Matías apretó la mandíbula.
—Ninguna. Solo curiosidad.
—Sos insoportable —dijo ella, y colgó.
Matías se quedó mirando la pantalla negra. Tiró el teléfono al otro lado de la cama y se quedó mirando el techo. No pegó ojo en toda la noche.
Sofía también tardó en dormirse. Se quedó hasta las tres dando vueltas, con el teléfono en la mano, el nombre de Matías todavía visible en las llamadas recientes.
Los días siguientes fueron tranquilos. Matías no volvió a llamar. Sofía solo hablaba con Tiago durante el día: le preguntaba cómo estaba, qué había comido, si se portaba bien. El niño respondía con frases cortas y alegres.
Tres días después, Sofía aterrizó en Buenos Aires a las nueve de la noche. El cansancio del viaje le pesaba en los hombros, pero la urgencia de ver a su hijo era más fuerte. Tomó un taxi y dio directamente la dirección de la villa C08.
Llegó en treinta minutos. Bajó frente al portón, respiró hondo y marcó el número de Matías.
El teléfono sonó una vez. Dos. Tres.
Matías atendió.
—Estoy en la puerta —dijo ella—. Vine por Tiago.
Matías no respondió de inmediato. Luego se oyó su voz, baja y calmada:
—Entrá.