Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El Que No Sabe Amar
Pilar murió, pero la Hacienda Reyes no se detuvo.
Las cocinas encendieron el fuego a la misma hora. Los guardias cambiaron turno. Nana Elena siguió caminando detrás de Doña Milagros con la cabeza inclinada. Catalina volvió a vestir colores suaves al tercer día, como si el duelo fuera una tela que podía quitarse cuando empezaba a incomodar.
Sebastián descubrió, con una irritación que no quiso nombrar, que la única parte de la casa que sí había cambiado era la de Valentina.
No porque hiciera ruido.
Porque había dejado de hacerlo.
Antes, incluso en silencio, su presencia tenía una forma doméstica: infusiones enviadas a la hora exacta, vendas preparadas, cuentas revisadas, un plato retirado si sabía que él no toleraba cierto condimento. Ahora no llegaba nada. Ni té. Ni notas. Ni pasos en el corredor.
Solo informes.
Luna Valentina revisa sus baúles.
Luna Valentina pidió acceso al inventario de dote.
Luna Valentina solicitó copia de los registros de farmacia.
La tercera vez que Tomás entró al despacho con una carpeta, Sebastián estampó la pluma contra el tintero.
—¿Ahora qué?
Tomás se detuvo en la puerta.
Era Beta, discreto cuando debía y demasiado observador cuando no le convenía. Había servido a Sebastián desde antes del enlace de curación, lo suficiente para saber qué silencios podían pisarse y cuáles mordían.
—Los libros antiguos de la Luna, señor. Me pidió que los trajera del archivo.
—¿Ella te lo pidió a ti?
—A mí y a otros tres. Está revisando todo.
Sebastián apartó la mirada hacia la mesa.
Entre mapas de patrullas y cartas de condolencia por Pilar había un retrato pequeño, apoyado contra un pisapapeles de obsidiana. Valentina el día de la boda. Más joven. Más delgada de una manera distinta. Vestida con blanco y bordado de lunas incompleto, porque la ceremonia fue apresurada y nadie creyó necesario respetar todos los símbolos.
Tomás vio el retrato.
Luego vio la mano de Sebastián cerrarse alrededor de la pluma hasta blanquear los nudillos.
—Señor.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Tu cara sí.
Tomás miró hacia el suelo.
—Solo pensaba que quizá usted... se preocupa por Luna Valentina más de lo que dice.
Sebastián soltó una risa seca.
—¿Preocuparme? ¿Por qué? Fue enviada aquí para un enlace de curación. Cumplió su función.
La frase quedó en el aire.
Fea.
Más fea porque, al decirla, Sebastián sintió algo incómodo bajo las costillas.
Tomás no levantó la voz.
—Entonces no debería importarle que retire sus cosas.
Sebastián lo miró.
—Cuida tu lengua.
—Sí, señor.
Tomás bajó la cabeza con obediencia impecable.
Pero al salir, pensó lo que no se atrevería a decir.
Hay hombres que aman tarde.
Y otros que ni siquiera saben distinguir amor de costumbre hasta que la casa queda vacía.
En el ala de Catalina, las ventanas estaban cerradas aunque el día era claro.
Catalina sostenía una carta con manos firmes solo por disciplina. Había llegado de una dama del comité de ayuda a Omegas pobres, escrita con tinta violeta y demasiadas frases corteses. Entre las flores de cortesía venía una espina:
El comité desea confirmar el origen exacto de la donación de ochenta mil piezas de plata atribuida a usted.
Catalina leyó la línea cuatro veces.
Cuando Sebastián entró, ella ya tenía los ojos húmedos.
—Alfa Reyes.
Él se detuvo.
Antes, esa voz habría bastado para hacerlo acercarse.
Ahora pensó en Sofía con las muñecas marcadas. Pensó en Pilar muerta. Pensó en dos hombres esposados en su propio patio y en el nombre de Catalina respirando detrás de cada prueba aunque nunca apareciera escrito.
—¿Qué ocurre?
Catalina le tendió la carta.
—Me están difamando.
Sebastián leyó.
—Preguntan por una donación.
—Una donación que hice por bondad.
—¿Con qué fondos?
El rostro de Catalina cambió apenas.
—¿Me está interrogando?
—Te hice una pregunta.
—Mi padre se encargó de los detalles. Yo solo presté mi nombre para una causa noble.
Sebastián dobló la carta y se la devolvió.
—Entonces pídele a tu padre que responda.
Catalina lo miró como si la hubiera empujado.
—Sebastián.
—Estoy ocupado.
—Después de todo lo que ha pasado, ¿me va a dejar sola?
Él respiró despacio.
La habitación olía a flores caras. Demasiado dulce. Por primera vez, el aroma le pareció pesado.
—Catalina, si usaste dinero que no era tuyo, resuélvelo antes de que llegue al Consejo de Alfas.
—Yo no robé nada.
—Entonces no tendrás problema.
La dejó allí.
Cuando cerró la puerta, Catalina apretó la carta hasta arrugarla.
Sus lágrimas se secaron de inmediato.
En el patio lateral, Valentina no sabía que Catalina estaba asustada.
Tampoco le importaba.
Tenía una mesa llena de listas.
Lucía colocaba libros contables a su izquierda y cajas abiertas a su derecha. Sofía, con las muñecas vendadas, contaba piezas de plata en bolsas pequeñas, porque Valentina no quiso dejarla de pie ni permitirle cargar peso. Cada objeto se revisaba contra la lista de dote: joyería, mantelería fina, plata de mesa, cajas de medicinas, telas, instrumentos de escritura, libros de herbolaria.
—Falta un juego de cucharas de plata —dijo Sofía.
—Anótalo.
—También dos broches de coral.
—Anótalo.
—Y el collar de perlas pequeñas.
Lucía alzó la vista.
—Ese lo vi en Catalina durante el desayuno de luna creciente.
Valentina no se detuvo.
—Anótalo con testigo.
Sofía sonrió apenas.
—Me gusta cuando dice "con testigo".
—A mí me gusta cuando los ladrones dejan huellas.
La puerta se abrió sin permiso.
Sebastián entró.
Valentina siguió escribiendo.
—Alfa Reyes.
Él miró las cajas, las bolsas, las listas.
—¿Qué haces?
—Inventario.
—¿De todo?
—De lo mío.
La precisión lo irritó más que una acusación.
—No necesitas hacer esto ahora.
—Sí.
—La casa está bajo investigación. No conviene crear más tensión.
Valentina levantó la vista.
—Pilar está muerta. Sofía fue secuestrada. Hombres pagados intentaron destruirme. ¿Le preocupa la tensión de mis cuentas?
Sebastián no respondió.
Lucía cerró un libro con calma.
—Luna Valentina tiene derecho legal a revisar su dote antes de cualquier procedimiento de ruptura.
Sebastián miró a Lucía.
—No te pregunté.
—Pero la ley sí habla aunque usted no pregunte —dijo Valentina.
Sofía bajó la cabeza para esconder una sonrisa cansada.
Sebastián caminó hasta la mesa. Vio una bolsa marcada para traslado a bodega externa.
—¿Estás sacando bienes de la hacienda?
—Estoy retirando bienes que nunca pertenecieron a la hacienda.
—Valentina.
—Alfa Reyes.
Otra vez ese título.
Cada vez que ella lo decía, Sebastián sentía que una puerta se cerraba con suavidad y sin vuelta.
—No quiero que salgas de aquí sin escolta.
—No voy a salir. Saldrán cajas.
—Sabes lo que quise decir.
—Sí. Y usted sabe lo que yo respondí.
El silencio se estiró.
Sebastián miró sus manos vendadas.
—¿Te duele?
La pregunta llegó tarde.
Tan tarde que casi parecía de otro idioma.
Valentina bajó la mirada a sus propias manos.
—Sí.
Él pareció aliviarse por haber obtenido una respuesta sencilla.
Entonces ella añadió:
—Pero ya aprendí a trabajar con dolor.
Sebastián se quedó quieto.
No había forma decente de contestar a eso.
En Hacienda Montero, Damián estaba leyendo un informe militar al revés desde hacía casi un minuto.
Emilio lo notó.
No dijo nada.
Damián giró la hoja.
Emilio tampoco dijo nada.
Eso, naturalmente, fue lo que lo delató.
—Habla —ordenó Damián.
—No tengo nada que decir, Mi Rey Alfa.
—Eso nunca te ha detenido.
Emilio tosió.
—Solo esperaba que terminara de leer el reporte de patrullas de cabeza.
Damián dejó el papel sobre la mesa.
—¿La mujer de Reyes se recuperó?
—Luna Valentina ya puede caminar dentro de su patio, según nuestro contacto.
—¿Con esa rodilla?
—Con esa rodilla.
—El sanador de Regina.
—Doctora Montalvo.
—¿Es competente?
Emilio mantuvo el rostro inmóvil con un esfuerzo heroico.
—Muy competente.
—¿En articulaciones?
—También.
—¿En agotamiento lunar?
—Tiene experiencia.
Damián tomó otra hoja.
Pasaron tres segundos.
—¿Experiencia suficiente?
Emilio miró hacia la ventana.
—Mi Rey Alfa, si quiere enviar otro médico, puedo hacerlo sin que tengamos que fingir que esta conversación es sobre estándares hospitalarios.
Damián levantó la vista.
—¿Te divierte conservar la lengua?
—Mucho.
—Entonces úsala menos.
—Sí, Mi Rey Alfa.
Emilio se inclinó y salió.
En el corredor, llegó hasta la segunda columna antes de permitirse sonreír.
No fue una carcajada.
Era un hombre disciplinado.
Pero la sonrisa le duró diez pasos completos.
Esa tarde, Valentina abrió el inventario de la farmacia privada.
Allí estaban las hierbas que había comprado durante tres años, las tinturas que preparó para sostener el enlace de curación, los ungüentos que usó cuando Sebastián tenía fiebre, las raíces secas que Sofía detestaba por su olor amargo.
Lucía pasaba páginas.
—Estas entradas no son mías.
Valentina levantó la vista.
—¿Cuáles?
—Cada luna llena. Durante casi tres años. Lotes pequeños, de muy buena calidad. Raíz de norte, flor de nieve, polvo de obsidiana medicinal. No entraron por la cuenta Reyes ni por Solano Holdings.
Sofía se acercó.
—¿Entonces quién las pagó?
Lucía señaló la marca al margen.
No había nombre.
Solo un símbolo dibujado con tinta negra.
Una huella de lobo.
Valentina tocó el papel.
La tinta era antigua, pero el trazo seguía limpio.
Una garra.
Luego otra.
Como si alguien hubiera caminado en silencio por el borde de su vida durante años, dejando apenas una marca donde nadie miraba.
Su loba, débil y escondida, abrió los ojos en la oscuridad interior.
Valentina no dijo el nombre que le vino a la mente.
Pero sus dedos se quedaron sobre la huella mucho más tiempo del necesario.
Lola calamidades
muy bien Damián
porrazos viene
porrazos van
valentina
y estos ufff no se que esperan