Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 11
Cap 11: Lluvia y refugio
La última ronda terminó a las once y cuarenta y tres de la noche.
Dante lo supo porque miró el reloj cuando el señor de enfrente —el de la mano limpia, el que Sebastián había leído como a un libro abierto— empujó sus fichas hacia el centro de la mesa con un suspiro de derrota y se levantó murmurando algo sobre la suerte de los jóvenes y la decadencia del mahjong moderno.
El salón se había vaciado. Las otras cinco mesas estaban cubiertas con manteles oscuros. La luz amarilla del techo zumbaba con esa frecuencia particular de los focos baratos que llevan demasiadas horas encendidos. El encargado del lugar, un tipo calvo con chaleco de mezclilla, ya estaba apilando sillas al fondo.
Dante miró la torre de fichas frente a él. Las contó mentalmente. Luego las volvió a contar porque la primera cifra le pareció absurda.
Ciento ochenta y siete mil pesos.
Levantó la vista hacia Sebastián, que estaba de pie detrás de su silla con los brazos cruzados y la expresión de alguien que acaba de hacer la cosa más normal del mundo.
—No mames —dijo Dante.
Sebastián se encogió de hombros.
—Los tipos de la mesa tres apostaban muy alto. Y el señor del sombrero no dejaba de soltar fichas de valor cuando se ponía nervioso.
Dante miró las fichas. Miró a Sebastián. Miró las fichas otra vez. Luego las empujó hacia el otro lado de la mesa.
—Son tuyas.
Sebastián parpadeó.
—¿Qué?
—Tú los ganaste. Son tuyos.
—Dante, yo no jugué. Las fichas son tuyas, estaban en tu mesa, bajo tu nombre.
—Ajá. Y cada mano la jugué porque tú me dijiste exactamente qué descartar y cuándo. Sin ti, habría perdido hasta los zapatos. —Se levantó, metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar hacia la salida—. Quédate con las fichas. Cámbialas en la caja.
Sebastián no se movió. Dante se detuvo en la puerta y lo miró por encima del hombro.
—¿Qué? ¿Quieres que te las meta en la mochila a fuerzas?
Algo cruzó por la cara de Sebastián. Algo breve. Como la sombra de una expresión que no se permitió completar. Luego caminó hacia las fichas, las recogió en silencio, y fue a la caja del fondo donde el encargado calvo las contó con dedos expertos y le entregó un fajo de billetes.
—Gracias —dijo Sebastián cuando llegó a la puerta.
Lo dijo mirándolo a los ojos. Sin ironía, sin distancia, sin esa capa de neutralidad que usaba como armadura. Solo eso: gracias.
Dante apartó la mirada.
—Ya. Nos vemos.
Se subió al Lamborghini. Encendió el motor. Y se fue.
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El Autódromo Miraval estaba a veinticinco minutos del salón de cartas si manejabas dentro del límite de velocidad, y a diecisiete si eras Dante Valderrama Solís a las doce de la noche con la mandíbula apretada y demasiadas cosas en la cabeza que no querían callarse.
El estacionamiento del autódromo estaba casi vacío. Solo había una camioneta negra junto a la caseta de entrada y las luces de la pista encendidas a media potencia, como un estadio soñando que todavía es de día.
El guardia de la caseta lo reconoció antes de que bajara la ventanilla.
—Señor Valderrama. ¿Viene por el gris?
—Sí.
—Pista tres está libre. Le aviso a Néstor.
Dante estacionó el Lamborghini en el área designada y caminó hacia los hangares. Su carro de pista estaba donde siempre: tercer espacio a la derecha, cubierto con una lona que le quitó de un jalón. El gris con franjas amarillas. Motor V8 modificado, jaula de seguridad completa, asiento de competencia con arnés de cinco puntos. Lo había comprado hace dos años en una subasta de carros de carrera retirados y lo había restaurado pieza por pieza en el taller de un mecánico en Iztapalapa que no hacía preguntas.
Se puso el casco. Se ajustó el arnés. Encendió el motor y el rugido le llenó el pecho como un segundo corazón.
La primera vuelta fue de reconocimiento. Frenos, tracción, temperatura. La segunda vuelta fue para sentir el asfalto, los cambios de textura en las curvas tres y siete donde el pavimento tenía parches recientes. La tercera vuelta fue para todo lo demás.
Aceleró.
El mundo se redujo a lo esencial: velocidad, ángulo, punto de frenado. Curva uno, entrada amplia, salida apretada. Recta sur a doscientos cuarenta. Curva tres, contracurva, el carro derrapando un milímetro antes de que Dante lo corrigiera con un giro de muñeca que parecía instinto pero era cálculo puro. El motor gritaba en las rectas y murmuraba en las curvas, y Dante sentía cada vibración del asfalto subir por el volante, por los brazos, por la columna, hasta instalarse en ese lugar detrás del esternón donde nada más existía.
Vuelta cuatro. Bajo el tiempo de la anterior por un segundo y medio.
Vuelta cinco. Lo bajó por otro.
Vuelta ocho. El cronómetro del tablero marcó un tiempo que le habría dado el tercer lugar en la última carrera amateur del circuito. Y Dante no estaba ni siquiera empujando al máximo.
—¡Valderrama! —la voz de Néstor crujió por la radio del carro cuando Dante pasó por la recta principal—. ¡Veinticuatro minutos y ya te acercaste al récord de pista! ¿No te piensas detener?
Dante no contestó. Hizo tres vueltas más. Cada una más rápida que la anterior, cada una con una precisión de línea que hacía que el carro pareciera correr sobre rieles invisibles. Cuando finalmente se detuvo en los pits, el motor humeaba y las llantas olían a caucho quemado.
Se quitó el casco. El aire frío de la noche le golpeó la cara empapada de sudor.
Néstor estaba recargado en la pared del hangar con los brazos cruzados y una sonrisa que era mitad admiración, mitad exasperación.
—Cada vez que vienes me pregunto por qué chingados no corres en serio.
—Porque me gusta dormir los domingos.
—Ajá. —Néstor se rascó la nuca—. Mira, Dante, el mes que entra hay una carrera. Patrocina el grupo Ibarra. Gonzalo Ibarra puso la lana para los premios. Están buscando pilotos. Te puedo inscribir mañana mismo.
Dante se detuvo a medio paso. Gonzalo Ibarra. El nombre le cayó como un cubetazo de agua helada en la nuca.
—No.
—¿Por qué no? Con tus tiempos...
—No, Néstor. Gracias.
Lo dijo con un tono que cerraba puertas, ventanas y cualquier posibilidad de negociación. Néstor levantó las manos en señal de rendición.
—Tú sabrás. Pero el día que te decidas, me avisas. Porque con lo que haces en esa pista, güey... es un desperdicio.
Dante cubrió el carro con la lona. Se cambió de ropa en el vestidor del hangar. Se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo roto que colgaba sobre el lavabo. Tenía los ojos brillantes, la respiración todavía acelerada, ese cosquilleo eléctrico en las manos que solo le daba después de correr.
"Gonzalo Ibarra." El nombre seguía ahí, flotando como un mosquito que no se puede aplastar.
Sacó su celular. Una llamada perdida de Vale. Un mensaje: "¿Ya comiste algo que no sea cigarro? Pregunta retórica, sé que no." Lo ignoró. Se subió al Lamborghini y arrancó.
Iba rumbo a la Condesa cuando se dio cuenta.
El encendedor.
Su Zippo de plata. El que había sido de su abuelo materno, el único objeto que Camila Solís le había dejado antes de desaparecer. Lo había dejado en la mesa del salón de cartas, junto a la cenicera, cuando se levantó a cobrar las fichas.
"Maldita sea."
Giró el volante. Tomó Insurgentes de regreso hacia la Del Valle.
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El salón de cartas estaba cerrado. La reja del sótano tenía el candado puesto y las luces de adentro estaban apagadas. Dante subió las escaleras hacia la calle, sacó su celular para marcarle al encargado calvo y pedirle que le guardara el Zippo hasta mañana, cuando lo vio.
Sebastián.
Parado afuera del salón. En la banqueta. Con su mochila al hombro y las manos en los bolsillos de la chamarra.
Dante se detuvo al pie de la escalera. Miró a Sebastián. Miró la calle vacía. Miró el reloj: una y diecisiete de la mañana.
—¿Qué haces aquí?
Sebastián giró la cabeza. Si le sorprendió ver a Dante, no lo mostró.
—¿Qué haces tú aquí?
—Se me olvidó algo adentro. ¿Por qué sigues aquí? Te fuiste hace dos horas.
—Una hora y media.
—Sebastián.
Sebastián se quedó en silencio un momento. La luz del poste más cercano le daba de lado, dibujándole sombras afiladas en la cara. Luego habló, con el tono práctico de quien explica un trámite burocrático.
—Estoy buscando dónde quedarme.
Dante lo miró.
—¿No estabas rentando un cuarto en la Portales?
—Ya no.
—¿Qué pasó?
Sebastián no contestó de inmediato. Se recargó contra la pared del edificio, cruzó los brazos y miró hacia la calle con una expresión que Dante no le conocía: no era vergüenza ni autocompasión. Era cansancio. Cansancio limpio, sin drama, como el de alguien que lleva demasiado tiempo resolviendo problemas en silencio.
—Los cobradores de las deudas de mi padre tienen mis datos. Mi nombre, mi INE, mi dirección. El casero recibió visitas. Dos veces en una semana. Me pidió que me fuera antes de que le causara problemas.
—¿Y no te pudiste ir a otro lado?
—A la una de la mañana no hay muchos "otros lados", Dante.
Tenía razón. Y Dante lo sabía. La Ciudad de México a la una de la mañana era un animal diferente al de las ocho de la noche: más oscuro, más silencioso, con menos opciones y más peligros.
—¿Y tu plan era quedarte aquí parado toda la noche?
—Mi plan era caminar hasta encontrar un café abierto. Pero este lugar tiene buena luz y la banqueta está seca. Así que me quedé un rato.
Dante abrió la boca para decir algo. No supo qué. La cerró.
En ese momento, un trueno cruzó el cielo. No un trueno lejano y dramático, sino uno cercano, seco, como el chasquido de un hueso. Y luego el agua.
Cayó de golpe. Sin aviso, sin llovizna previa, sin la cortesía de empezar despacio. Un aguacero de julio en la Ciudad de México: vertical, denso, violento, como si alguien hubiera volcado el océano desde una azotea.
Dante corrió hacia el toldo de una tienda cerrada a tres metros de distancia. Sebastián hizo lo mismo, pero hacia el otro lado, debajo de un toldo más pequeño que apenas lo cubría. El agua le alcanzó la mitad del cuerpo antes de que llegara. La chamarra se le oscureció por los hombros. El pelo se le pegó a la frente en mechones pesados.
Y desde debajo de ese toldo diminuto, con media chamarra empapada y la mochila goteando, Sebastián lo miró.
Y sonrió.
No era una sonrisa triste. No era una sonrisa que pidiera algo. Era una sonrisa que decía: "mira en qué situación estamos" y "qué le vamos a hacer" y "buenas noches, Dante" todo al mismo tiempo. Levantó una mano mojada y la agitó una vez. Un gesto de despedida.
Dante se quedó paralizado bajo su toldo, mirándolo.
Y el recuerdo lo golpeó sin permiso.
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Prepa San Miguel. Tercer año. Once de la noche.
Dante estaba en el edificio abandonado del ala norte, el que llevaba dos años cerrado por remodelación, sentado en el piso de un salón vacío con un cigarro en la boca y el uniforme todavía puesto. Se había saltado la cena del internado y se había metido ahí por la ventana del segundo piso, como hacía cada vez que necesitaba un lugar donde nadie lo buscara.
La puerta se abrió.
Sebastián Montero, diecisiete años, delegado de disciplina del tercer año, entró al salón con una linterna en la mano y la expresión de alguien que acaba de confirmar una sospecha.
—Sabía que eras tú. Se ve el humo desde el pasillo.
Dante no se movió.
—¿Y qué? ¿Vienes a reportarme?
Sebastián lo miró. La linterna le iluminaba la cara desde abajo, afilándole los rasgos, haciéndolo parecer mayor de lo que era. Tenía la corbata del uniforme perfectamente anudada a las once de la noche, como si la disciplina fuera algo que no se quitaba ni para dormir.
—Sí —dijo Sebastián—. Voy a reportarte.
—Hazle como quieras.
—Fumar en instalaciones escolares es causa de suspensión. Lo sabes.
—Me importa una chingada, Montero. Repórtame. Suspéndeme. Expúlsame. Haz lo que se te dé la gana. —Dante le dio una calada al cigarro y exhaló el humo hacia el techo—. A ver si así me dejan en paz de una puta vez.
Sebastián no se fue. Se quedó parado en la puerta, con la linterna apuntando al piso, mirando a Dante con esos ojos fríos, calculadores, que no daban nada y lo veían todo.
Luego apagó la linterna. La oscuridad los cubrió a los dos.
—Mañana a las siete hay inspección de dormitorios —dijo Sebastián en la oscuridad, con voz neutra—. Si no estás en tu cama para entonces, el reporte se hace solo.
Y se fue. La puerta se cerró. Los pasos se alejaron por el pasillo.
No lo reportó. Dante lo supo al día siguiente cuando la inspección pasó sin consecuencias y su nombre no apareció en la lista de sancionados. Y nunca entendió por qué.
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La lluvia seguía cayendo.
Dante miró a Sebastián debajo del toldo. El pelo pegado a la frente. La mochila empapada. La sonrisa. La mano levantada diciendo adiós.
Y superpuso las dos imágenes: el Sebastián de diecisiete años con la linterna y la corbata perfecta, frío como una navaja, diciendo "voy a reportarte" sin reportarlo jamás. Y este Sebastián de ahora, parado bajo la lluvia a la una de la mañana sin un lugar a dónde ir, sonriéndole como si eso fuera suficiente.
"No tiene a dónde ir."
"Y no te va a pedir nada."
"Porque nunca te pide nada."
Dante cerró los ojos. Apretó los dientes. Se dijo que no. Se dijo que era una pésima idea. Se dijo que Sebastián Montero era un tipo lleno de secretos, con un iPhone escondido en el bolsillo interior de la chamarra y una supuesta quiebra que no terminaba de cuadrar, y que meterlo en su casa era como invitar a un desconocido con una máscara muy bonita a dormir en el cuarto de al lado.
Se lo dijo todo. Y luego cruzó la calle bajo el aguacero.
Llegó al toldo de Sebastián empapado de los hombros a los zapatos. Sebastián lo miró con los ojos abiertos.
—¿Qué haces?
—En mi casa hay un cuarto de servicio que no usa nadie —dijo Dante, con la voz rasposa del que está haciendo algo en contra de su propio juicio—. Puedes ir ahí mientras encuentras algo. No es un favor. Es porque me da hueva que andes de arrimado por ahí dándome mala fama.
Sebastián no contestó. Se quedó mirándolo con una expresión que Dante no supo descifrar: sorpresa, tal vez. O algo más blando que sorpresa, algo que no tenía nombre en el vocabulario limitado que Dante usaba para las emociones.
—Dante...
—No lo repitas. No lo agradezcas. No me hagas una escenita. Agarra tu mochila y sígueme al carro antes de que me arrepienta.
Sebastián agarró su mochila. Lo siguió al carro.
No dijo nada en todo el camino. Ni cuando se subió al Lamborghini con la ropa goteando sobre el asiento de cuero que Dante iba a tener que mandar a limpiar. Ni cuando cruzaron Insurgentes bajo la cortina de agua. Ni cuando entraron a la Condesa por Tamaulipas y Dante estacionó frente a su villa con el motor todavía encendido.
La casa estaba oscura. La lluvia había bajado a una llovizna fina que hacía brillar las piedras del camino de entrada. Dante abrió la reja y caminó hacia la puerta sin voltear.
Se detuvo cuando no escuchó pasos detrás de él.
Giró la cabeza.
Sebastián estaba parado en la entrada de la reja. Con la mochila colgando de un hombro. El pelo goteando agua de lluvia sobre la frente, sobre los pómulos, sobre los labios. La ropa oscurecida y pesada. De pie, quieto, mirando la casa como si no se atreviera a dar el último paso.
La llovizna le caía encima con la paciencia de algo que no tiene prisa.
Dante lo miró. Tragó saliva. Algo se apretó en su pecho con la fuerza de un puño cerrándose.
—¿Qué esperas? —dijo, con la voz más irritada que pudo fabricar—. Pásale.
Sebastián dio el paso. Cruzó la reja. Caminó por las piedras mojadas del camino hasta la puerta donde Dante lo esperaba con las llaves en la mano y la mandíbula tensa y la certeza absoluta de que acababa de cometer el error más grande de los últimos cinco años.
La puerta se abrió. La luz del pasillo los cubrió a los dos.
Y afuera, la lluvia siguió cayendo sobre la Condesa como si supiera que algo acababa de cambiar y quisiera asegurarse de que no hubiera vuelta atrás.