Miriam Bloomson debía ser la protagonista de la historia.
Pero cuando el destino cambió y el futuro que recordaba desapareció, comprendió que ya no tenía un lugar en la trama.
Así que tomó una decisión:
desaparecer junto con ella.
Sin embargo, fingir su muerte fue mucho más fácil que escapar de las consecuencias.
La historia que conocí desapareció… así que decidí desaparecer con ella.
NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Los hombres son complicados.
La verdad era que estaba molesta.
Y eso me irritaba más de lo que debería.
Porque no tenía ningún derecho a estar molesta.
Ninguno.
Leonhart no era mi amigo.
Bueno, sí era mi amigo.
Pero tampoco éramos tan cercanos.
O tal vez sí.
No lo sabía.
Y justamente ahí estaba el problema.
Habían pasado días.
Muchos días.
Y no había aparecido.
Ni una sola vez.
Al principio no le di importancia.
Seguramente estaba ocupado.
Luego pensé que habría salido de viaje.
Después imaginé que simplemente tenía cosas más importantes que hacer.
Lo cual era perfectamente normal.
Hasta que pasaron más días.
Y más días.
Y más días.
Y sin darme cuenta comencé a mirar la puerta cada vez que sonaba la campanilla.
Lo peor era que ni siquiera lo hacía conscientemente.
Simplemente ocurría.
Y cuando descubría que no era él...
sentía una pequeña decepción.
Una muy pequeña.
Ridículamente pequeña.
Tan pequeña que definitivamente no importaba.
---
—Señorita Lina.
Levanté la cabeza.
Daniel sostenía una espada corta.
—¿Qué ocurre?
—Este cliente pregunta si vale la pena comprar acero reforzado o acero imperial.
Observé la espada.
—Depende de cuánto quiera gastar.
—¿Y si quiere calidad?
—Entonces acero imperial.
—¿Y si quiere ahorrar?
—Entonces que deje de mirar espadas caras.
El cliente soltó una carcajada.
Daniel también.
Yo seguí trabajando.
Porque alguien tenía que hacerlo.
Claramente.
La campanilla sonó nuevamente.
No presté atención.
Estaba revisando una caja de dagas recién llegadas.
—Hola.
Mi mano se congeló.
Conocía esa voz.
Perfectamente.
Demasiado perfectamente.
Levanté la cabeza.
Y allí estaba.
Leonhart.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera desaparecido durante días enteros.
Como si yo no hubiera estado preocupada.
Lo cual no había ocurrido.
Obviamente.
—Ah.
Hola.
En cuanto las palabras salieron de mi boca comprendí que habían sonado secas.
Muy secas.
Pero ya era tarde.
—¿Cómo has estado?
Preguntó.
—Bien.
Respondí.
—¿Solo bien?
—Sí.
Bien.
Perfectamente bien.
Maravillosamente bien.
No había ninguna razón para mencionar que llevaba días preguntándome dónde demonios estaba.
Porque eso sería extraño.
Muy extraño.
Y definitivamente yo no era una persona extraña.
Por suerte Daniel apareció en ese momento.
—Señorita Lina, ¿podría revisar esta espada?
—Claro.
Tomé la espada inmediatamente.
Agradecida por la interrupción.
Aunque también un poco molesta.
Porque ahora era consciente de algo incómodo.
Estaba enfadada con Leonhart.
Y ni siquiera sabía por qué.
No me debía explicaciones.
No tenía que avisarme dónde estaba.
Ni cuándo regresaría.
Ni nada parecido.
Entonces...
¿por qué me sentía así?
Mientras revisaba la espada podía sentir la presencia de Leonhart observándonos.
Era extraño.
Muy extraño.
Especialmente porque Daniel no estaba haciendo nada raro.
Solo trabajaba.
—¿Esta hoja tiene un defecto?
Preguntó Daniel.
—Aquí.
Señalé una pequeña irregularidad.
—¿La ves?
—Ahora sí.
—Por eso debes revisar siempre los bordes.
—Entendido.
Daniel tomó nota mentalmente.
Era un buen empleado.
Aprendía rápido.
Y además era responsable.
Una combinación difícil de encontrar.
Cuando finalmente levanté la vista, encontré a Leonhart observándonos.
Tenía el ceño ligeramente fruncido.
Lo cual resultaba curioso.
Porque normalmente parecía una estatua emocional.
—Parece que estás ocupada.
Dijo.
—Un poco.
—La tienda ha crecido bastante.
—Sí.
—Eso es bueno.
—Lo es.
El silencio apareció durante unos segundos.
Y por alguna razón se sintió incómodo.
Muy incómodo.
---
Entonces él se marchó.
Así de simple.
Sin quedarse a conversar.
Sin bromear.
Sin ayudar a mover cajas.
Nada.
Simplemente se fue.
Y cuando la puerta se cerró...
sentí algo extraño.
Como si hubiera cometido un error.
—¿Señorita Lina?
Parpadeé.
Daniel me observaba.
—¿Sí?
—¿Ocurre algo?
—No.
—Parecía preocupada.
—Estoy perfectamente bien.
—Entiendo.
No parecía convencido.
Y sinceramente tampoco yo.
Porque después de que Leonhart se marchó descubrí algo muy molesto.
Ahora me sentía peor que antes.
Muchísimo peor.
Y eso era injusto.
Completamente injusto.
Porque había sido él quien desapareció durante días.
Él quien apareció de repente.
Y él quien se fue otra vez.
Sin explicar absolutamente nada.
Solté un suspiro.
—Los hombres son complicados.
Murmuré.
—¿Perdón?
Preguntó Daniel.
—Nada.
Absolutamente nada.
Y mientras decía eso, no pude evitar mirar la puerta una vez más.
Solo una.
Definitivamente solo una.
...Mentira.
La miré otras cinco veces antes de que terminara la tarde.
Después de que Leonhart se marchó aquella noche, subi al segundo piso cerré la puerta y me apoyé unos segundos contra ella.
Solo unos segundos.
Definitivamente no estaba pensando en él.
Para nada.
Subí al segundo piso.
Me senté en el sofá.
Intenté leer.
No funcionó.
Intenté revisar cuentas.
Tampoco funcionó.
Intenté organizar mentalmente los pedidos de la próxima semana.
Y sorprendentemente eso también falló.
Solté un suspiro.
—Esto es ridículo.
Me levanté.
Di una vuelta por la sala.
Luego otra.
Y otra más.
Hasta que finalmente me rendí.
—Voy a salir.
Porque claramente el problema era estar encerrada.
Sí.
Eso tenía que ser.
Las calles nocturnas estaban llenas de vida.
Faroles mágicos iluminaban los caminos.
Los vendedores seguían trabajando.
Los músicos callejeros tocaban melodías alegres.
Y el aroma de la comida flotaba por todas partes.
Normalmente aquello mejoraba mi humor inmediatamente.
Esa noche no.
Compré unos pinchos de carne.
Me los comí mientras caminaba.
No funcionó.
Compré un pastel relleno.
Tampoco funcionó.
Incluso adquirí una bolsa de dulces.
Y seguía igual.
—Increíble.
Murmuré.
—Estoy desperdiciando dinero.
Continué caminando entre los puestos.
Observé algunas joyas.
Luego telas.
Después libros.
Y finalmente terminé frente a un comerciante de armas.
Otra vez.
Porque aparentemente mi destino era mirar armas incluso durante mi tiempo libre.
—Esta espada es excelente.
Dijo el vendedor.
—Tiene demasiado peso adelante.
Respondí automáticamente.
El hombre parpadeó.
—¿Cómo lo supo?
—Porque la estoy viendo.
Seguí caminando antes de que intentara venderme algo.
---
Pasó casi una hora.
Y seguía pensando.
Lo peor era que cuanto más intentaba dejar de hacerlo...
más lo hacía.
Era absurdo.
Leonhart había desaparecido unos días.
Nada más.
Las personas tenían obligaciones.
Viajes.
Trabajo.
Responsabilidades.
Era normal.
Completamente normal.
Entonces...
¿por qué seguía molesta?
Porque desapareció sin avisar.
Respondió una voz en mi cabeza.
—No me debe explicaciones.
Murmuré.
Una anciana me miró raro al pasar.
Me alejé rápidamente.
Cuando finalmente decidí regresar ya era bastante tarde.
Las tiendas comenzaban a cerrar.
Los clientes desaparecían.
Y la ciudad poco a poco se volvía más silenciosa.
Era una noche agradable.
Fresca.
Tranquila.
Perfecta para despejar la mente.
Una pena que no estuviera funcionando.
Doblé la esquina de mi calle.
Y me detuve.
Porque había alguien sentado frente a mi tienda.
Inmóvil.
Esperando.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Antes incluso de reconocer quién era.
Luego distinguí el cabello oscuro.
La figura alta.
La postura recta.
Y tuve que contener un suspiro.
Leonhart.
Otra vez.
Sentado sobre los escalones.
Como si llevara allí muchísimo tiempo.
—¿Qué haces aquí?
Pregunté acercándome.
Él levantó la cabeza.
—Esperarte.
—¿Por qué?
—Porque quería hablar contigo.
Lo observé varios segundos.
Luego crucé los brazos.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Silencio.
—Leonhart.
—...
—Leonhart.
—Tal vez una hora.
Abrí mucho los ojos.
—Eres un idiota.
—Eso también me lo dijo mi hermana.
—Tu hermana tiene razón.
Por primera vez vi una pequeña sonrisa aparecer en su rostro.
Y eso hizo que mi enojo disminuyera un poco.
Solo un poco.
Aunque jamás lo admitiría.
pinta interesante 🤭🥰🤭🤣