"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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La furia de Rodrigo
—¿Qué te pasa? —aunque no podía ver el rostro de Thalia, Mariana adivinó por su tono de voz que su amiga estaba molesta.
—Nada —mintió Thalia. Pero Mariana no se tragó su respuesta así como así.
—Tú no sirves para mentir, Thalia, así que mejor dime la verdad —insistió Mariana desde el otro lado de la línea.
Al final, Thalia se rindió y le contó sobre la presencia de Rodrigo en su pensión.
—Quieran o no, siguen siendo marido y mujer, y como esposo y padre de Santi, Rodrigo tiene derecho a estar con ustedes, Thalia —no era su intención darle sermones a su amiga, ni mucho menos entrometerse en su matrimonio, pero Mariana sentía que debía recordárselo.
Después de conversar con Mariana por teléfono, Thalia regresó a la habitación. Desde el umbral de la puerta, observó a Rodrigo cambiando con toda destreza el pañal del pequeño Santi.
—Déjame a mí, Rodrigo —no era que dudara de su habilidad, pero Thalia sentía que era su responsabilidad.
—Tú descansa. Yo me encargo —la voz de Rodrigo sonó de lo más dulce.
Thalia no respondió. Se sentó en el borde de la cama mirando el rostro apacible de su hijo. De cuando en cuando, le echaba un vistazo a Rodrigo, que estaba concentrado en su tarea.
—Listo —murmuró Rodrigo al terminar de cambiar el pañal.
—¿Qué haces, Rodrigo? —Thalia se sobresaltó al ver que se quitaba la camisa, quedándose con una simple camiseta blanca pegada al pecho. En realidad, la temperatura de la habitación era agradable, pero Rodrigo tenía la costumbre de dormir sin nada encima. No obstante, esta vez dejó puesta la camiseta interior.
—Perdón, pero no estoy acostumbrado a dormir con camisa, amor —le dijo con franqueza.
—¡Deja de llamarme así, Rodrigo! Me da escalofríos oírlo —le espetó Thalia mientras se dirigía al armario para sacar una cobija.
—Gracias, am... digo, mamá de Santi —al notar la mirada filosa de Thalia, Rodrigo se corrigió de inmediato. Extendió la cobija gruesa en el suelo y se recostó sobre ella.
—Aquí tienes la almohada —Thalia le alcanzó una.
—Gracias —dijo Rodrigo con una sonrisa encantadora. Aunque era la primera vez en su vida que dormía sobre un piso frío, se sentía agradecido de poder estar cerca de su esposa y de su hijo.
Thalia, por su parte, lo había obligado a dormir en el suelo a propósito, con la esperanza de que la incomodidad lo hiciera rendirse y marcharse. Pero nada de eso ocurrió, porque el padre de su hijo actuaba como si estuviera perfectamente a gusto.
A la mañana siguiente.
Al abrir los ojos, Thalia miró hacia el piso donde Rodrigo había pasado la noche, y estaba vacío. La cobija que usó tampoco se veía por ningún lado. Respiró aliviada: al parecer, Rodrigo se había dado por vencido y ya se había ido. O al menos eso creyó.
Como el pequeño Santi aún no despertaba, Thalia aprovechó para preparar el desayuno, puesto que necesitaba alimentarse bien antes de amamantarlo. Al llegar a la cocina, descubrió que el desayuno ya estaba servido sobre la mesa. Toda una variedad de platillos la esperaba.
La mirada de Thalia se detuvo en un papel sobre la tapa del platón: "Me fui a trabajar. No olvides desayunar, amor. Bueno, quise decir: mamá de Santi". Sin poder evitarlo, Thalia contuvo una sonrisa al leer el mensaje que su marido le había dejado en aquella nota.
*
Esa noche.
—¿Hasta cuándo voy a tener que alimentar de a gratis a los mosquitos de aquí...? —se quejó Oscar, que llevaba casi dos horas vigilando la pensión. Y es que durante todo ese tiempo no había habido el menor movimiento, o más bien, la persona que esperaba no daba señales de vida—. ¿Y si esa mujer ya no vive aquí? ¿Será que el tío Alfredo tiene información equivocada? —enfrascado en sus propios pensamientos, Oscar no advirtió la presencia de un auto que se detuvo a poca distancia de él.
Un puñetazo que le aterrizó de lleno en la cara lo trajo de vuelta a la realidad. Y no fue uno solo: Rodrigo le asestó varios golpes, cegado por la rabia. La motocicleta grande que usaba el sujeto era prueba suficiente para Rodrigo de que se trataba del mismo individuo de la noche anterior.
Para no armar un escándalo en la zona, Rodrigo metió al hombre en su auto y le ordenó a Federico que se alejara de allí de inmediato.
Rodrigo escudriñó el rostro del sujeto con intensidad. Le resultaba familiar, pero ¿de dónde? Intentó recordar, pero por más que pasaron los minutos, no logró identificarlo.
—¿Quién eres en realidad? ¿Qué pretendes vigilando la casa de mi esposa? —aunque estaba furioso, Rodrigo hizo un esfuerzo por controlarse. Si hubiera sido por él, lo habría molido a golpes hasta dejarlo irreconocible, pero sabía que primero necesitaba averiguar quién era el cerebro detrás de las acciones de ese desconocido.
Cinco minutos, diez minutos, media hora pasó y el sujeto no abrió la boca, agotando la paciencia de Rodrigo.
—Muy bien... Como desperdiciaste la oportunidad que te di, no me culpes si me veo obligado a hacerte algo —fue lo último que dijo Rodrigo antes de ordenarle a Federico que los llevara a cierto lugar.
Rodrigo empujó al hombre fuera del auto. Varios hombres corpulentos lo recibieron cuando llegaron a su destino.
—¿Acaso perdiste la razón? —protestó Oscar cuando lo arrastraron a la fuerza los hombres de Rodrigo.
Rodrigo hizo oídos sordos.
—¡Llévenselo adentro! —ordenó Rodrigo con un rostro que a Oscar le resultó aterrador.
Ay, ¿qué hago? ¿Le digo la verdad? Pero, ¿y si el tío Alfredo se enoja conmigo? Aunque, si no hablo, puede que este maldito de Rodrigo me haga desaparecer... Oscar estaba en un dilema, sin saber qué decisión tomar.
—¿Podrían ser un poco más suaves? —se quejó Oscar mientras lo arrastraban al interior de una residencia lujosa de tres pisos. De no ser porque recordaba lo que tenía entre las piernas, probablemente habría soltado un alarido de puro terror ante la posibilidad de perder la vida.
Una vez dentro de la mansión, Rodrigo volvió a clavar la mirada en Oscar. Luego se dirigió a sus guardaespaldas.
—¡Enciérrenlo en el sótano! ¡No lo suelten hasta que esté dispuesto a hablar!
—Sí, señor.
El corazón de Oscar latió cada vez más desbocado. ¿Acaso su vida terminaría de una manera tan lamentable?
Sin la menor compasión por la cara suplicante de Oscar, Rodrigo echó a andar.
—¡Espera! —el grito de Oscar detuvo los pasos de Rodrigo.
—¡No me hagas perder el tiempo con algo que solo me enfurezca más! —dijo Rodrigo sin voltearse.
Si alguien se preguntaba por qué Rodrigo estaba tan seguro de que su esposa era el objetivo de aquel individuo, la respuesta era simple: antes de golpearlo, Rodrigo alcanzó a ver una foto de Thalia en la pantalla del celular del sujeto.
—Le juro que yo no conozco a esa mujer llamada Thalia, y tampoco tengo ninguna mala intención con ella. Mi tío me pidió que verificara si era cierto que ella vivía en esa pensión. Eso es todo.
La confesión de Oscar hizo que Rodrigo se volviera hacia él.
—Créame o no, esa es la verdad —agregó Oscar.