Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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UN MATRIMONIO APRESURADO MARATON 2/4
La melodía del vals llenaba el gran salón del palacio mientras cientos de luces iluminaban los rostros de la nobleza reunida para celebrar uno de los acontecimientos más importantes de la temporada.
El anuncio del compromiso entre el príncipe Aurelio y lady Alana había sido recibido con sonrisas, felicitaciones y brindis. Sin embargo, detrás de la elegancia de los vestidos y los saludos respetuosos, la corte continuaba siendo el lugar donde nacían los rumores más peligrosos.
Alana intentaba ignorar las miradas que se posaban sobre ella.
Desde que Aurelio había abandonado el salón junto a Isabella, había sentido una extraña sensación de vacío. No quería admitirlo, pero esperaba que su prometido permaneciera a su lado aquella noche. No porque estuviera enamorada de él, pues apenas comenzaban a conocerse, sino porque creía que aquel compromiso significaba que ambos debían mostrar unión ante el reino.
Por eso, cuando Maximiliano se acercó y le ofreció bailar, aceptó con cierta sorpresa.
A diferencia de muchos hombres de la nobleza, él no parecía interesado en presumir su apellido ni en demostrar su importancia.
Simplemente conversaba con ella.
Y eso era algo que Alana no había experimentado desde su llegada al palacio.
—¿Siempre ha sido tan tranquila en medio de una celebración como esta? —preguntó Maximiliano mientras la guiaba por la pista.
Alana sonrió ligeramente.
—No estoy segura de que la palabra correcta sea tranquila. Creo que estoy intentando no parecer perdida.
Maximiliano soltó una pequeña risa.
—Me cuesta creer que alguien pueda sentirse perdido aquí.
Ella observó a su alrededor.
—Todos parecen saber exactamente qué hacer. Cuándo sonreír, qué decir, a quién saludar... Es como si todos siguieran un guion.
—Porque muchos lo hacen.
La respuesta de Maximiliano llamó su atención.
—¿Usted también?
Él negó con la cabeza.
—Intento no hacerlo. Prefiero saber quién es una persona cuando nadie la está observando.
Alana guardó silencio durante unos segundos.
Aquella frase quedó en su mente.
—Eso es difícil en la corte.
—Lo sé.
Maximiliano bajó un poco la voz.
—Por eso creo que debemos tener cuidado con lo que creemos conocer de los demás.
Alana lo miró con curiosidad.
—¿Se refiere a alguien en particular?
Él dudó antes de responder.
—Al príncipe Aurelio.
La expresión de Alana cambió ligeramente.
—¿Qué ocurre con él?
Maximiliano no quería ser cruel ni causar una herida en una mujer que apenas conocía.
—Solo digo que los hombres de la realeza suelen cargar con muchas responsabilidades. A veces esas responsabilidades los convierten en personas difíciles de comprender.
Alana sonrió con suavidad.
—Creo que Aurelio es un buen hombre.
—¿Está segura?
Ella no dudó.
—Quiero creer que sí.
Maximiliano notó la sinceridad en sus palabras.
Alana no estaba defendiendo a Aurelio porque lo conociera profundamente.
Lo hacía porque necesitaba creer que el destino que comenzaría junto a él no era una condena.
—Entonces espero que nunca tenga motivos para perder esa confianza —respondió Maximiliano.
Mientras tanto, en otra parte del palacio, Aurelio e Isabella permanecían lejos de las miradas de la corte.
Durante mucho tiempo habían intentado convencerse de que podían mantener sus sentimientos separados de las obligaciones que los rodeaban.
Pero aquella noche había sido diferente.
El anuncio del compromiso había convertido una realidad difícil de aceptar en algo imposible de ignorar.
Aurelio sabía que al amanecer seguiría siendo el prometido de Alana.
Sabía que las responsabilidades de su título continuarían esperándolo.
Pero durante esas horas junto a Isabella dejó de pensar en el deber y se permitió recordar al hombre que era antes de que el reino decidiera su futuro.
Isabella también sabía que cada momento junto a él podía acercarlos más a una tragedia.
—Ojalá hubiéramos nacido en una vida diferente —susurró ella.
Aurelio la miró con tristeza.
—En cualquier vida te habría elegido.
Ella sonrió, aunque sus ojos reflejaban dolor.
—Pero esta es la vida que tenemos.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Porque ambos sabían que el amor no siempre era suficiente para vencer las reglas de un reino.
Cuando finalmente llegó la mañana, ninguno de los dos imaginaba que las consecuencias de sus decisiones ya comenzaban a moverse dentro del palacio.
La emperatriz llevaba años aprendiendo a leer los silencios de la corte.
Sabía que un rumor podía ser más peligroso que una espada y que una pequeña sospecha podía convertirse en una guerra entre familias nobles.
Por eso, cuando escuchó los comentarios de algunos sirvientes sobre la noche de su hijo, decidió comprobar la situación personalmente.
No necesitó más que unos segundos para comprender.
Su rostro permaneció sereno, pero en su interior sintió una profunda preocupación.
Aurelio era su hijo antes que un príncipe.
Pero también era un símbolo para todo el reino.
—¿Has pensado en las consecuencias? —preguntó ella.
Aurelio no respondió.
La emperatriz observó a Isabella.
No había odio en sus ojos, pero sí una enorme decepción.
—El amor puede ser poderoso, pero no puede protegerlos de las consecuencias de sus actos.
Después de esas palabras, se retiró.
Esa misma tarde, el emperador recibió la visita de su esposa.
—La boda debe adelantarse.
El emperador levantó la mirada sorprendido.
—¿Por qué tanta prisa?
La emperatriz explicó lo ocurrido y mencionó el peligro de que el duque Adrián llegara a conocer los rumores antes de que el matrimonio se realizara.
El silencio invadió la habitación.
Ambos conocían el carácter del duque.
Una ofensa hacia su familia podía romper años de alianzas políticas.
Finalmente, el emperador tomó una decisión.
—Prepararemos todo. La boda se celebrará lo antes posible.
Cuando Aurelio recibió la noticia, esperaba sentir resignación.
Pero sintió enojo.
No contra Isabella.
No contra su familia.
Sino contra la situación que parecía arrebatarle cualquier posibilidad de elegir su propia vida.
Y, aunque sabía en lo más profundo de su corazón que Alana no tenía culpa alguna, comenzó a verla como la representación de una obligación que nunca pidió.
Los días siguientes fueron difíciles.
Cada intento de Alana por acercarse era recibido con distancia.
—Espero que podamos conocernos mejor antes de la boda —dijo ella una tarde.
Aurelio apenas levantó la mirada.
—No creo que sea necesario.
Aquella respuesta la hirió más de lo que quiso demostrar.
—Pensé que al menos podríamos intentar ser amigos.
Él guardó silencio.
Antes, habría respondido con amabilidad.
Ahora solo veía en ella el recordatorio de una vida que sentía perdida.
Alana se marchó intentando mantener la dignidad.
Pero por primera vez desde que llegó al palacio, se permitió preguntarse si realmente estaba destinada a ser feliz junto al hombre que pronto sería su esposo.
Y mientras Aurelio se alejaba de ella, sin darse cuenta estaba destruyendo la única oportunidad que tenía de descubrir que Alana era mucho más que un compromiso impuesto.
Era una persona capaz de comprenderlo.
Solo que él todavía no estaba preparado para verlo.
la union hace la fuerza