Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 9: La Sangre que se Pudre
El campo de entrenamiento de la Manada Colmillo de Plata, usualmente un templo de orgullo y ferocidad militar, se había transformado en un escenario de murmullos incómodos. Más de un centenar de guerreros de élite permanecían formados en semicírculo, observando con una mezcla de expectación y creciente desconfianza a su nuevo líder.
En el centro del terreno se alzaba el Monolito de la Sucesión: una colosal roca ceremonial de obsidiana, grabada con las runas de los antiguos Alphas. La tradición dictaba que cada nuevo soberano debía levantarla sobre sus hombros ante la manada para demostrar que su fuerza física y mística era digna de gobernar.
Logan se plantó frente a la piedra, con el torso desnudo y cubierto de sudor. Intentaba proyectar el aura imponente que siempre lo había caracterizado, pero bajo su piel pálida, una red de finas venas de un color grisáceo y enfermizo comenzaba a ascender por su cuello.
—¡Por el futuro de los Colmillos de Plata! —rugió Logan, intentando convocar la Voz de Mando para infundir respeto en sus hombres.
Sin embargo, su voz flaqueó, saliendo con un rastro de ronquera temblorosa.
Apretando los dientes, Logan flexionó las piernas y enterró las manos bajo los bordes de la pesada roca. Sus músculos se tensaron, las venas de sus brazos se hincharon al límite y el Monolito se despegó apenas unos centímetros del suelo. Los guerreros contuvieron el aliento.
Entonces, el desastre ocurrió.
La misma punzada helada y purulenta que lo había doblegado en el Gran Salón volvió a atacar, esta vez con la fuerza de un rayo directo a su corazón. El dolor fantasma no fue una advertencia; fue una demolición biológica. Las fuerzas de Logan se evaporaron en un milisegundo.
Sus rodillas cedieron con un crujido espantoso y el Monolito de obsidiana cayó de golpe, impactando contra el suelo y levantando una densa nube de polvo. Logan colapsó hacia adelante, golpeando el suelo con las manos. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en sangre, mientras su pecho se sacudía en una violenta arcada. Ante el horror y la absoluta humillación frente a todo su ejército, Logan vomitó un espeso charco de sangre negra y pestilente que salpicó las runas sagradas del monolito.
La fuerza del Alpha, el sagrado fuego de los Colmillos de Plata, se estaba drenando de su cuerpo como agua entre los dedos, dejándolo débil, expuesto y patético.
—¡Esto es inaceptable! ¡Es una maldita humillación! —los gritos de Irina Volkov resonaban en las paredes de la recámara principal de Logan, rompiendo la fastuosidad del lugar.
Irina caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado, con las manos apretadas en puños y sus costosas sedas agitándose con furia. En la cama, Logan yacía postrado, cubierto por una fina capa de sudor frío, respirando con dificultad mientras el dolor seguía carcomiendo su pecho.
A un costado del lecho, el viejo chamán de la manada, un licántropo anciano de ojos completamente blancos por la ceguera mística, retiraba sus manos temblorosas del pecho de Logan. El aire de la habitación apestaba a hierbas quemadas y a la inconfundible fragancia de la putrefacción espiritual.
—Habla de una vez, anciano —exigió Irina, deteniéndose al pie de la cama y clavando sus ojos felinos en el curandero— Dale una poción, haz un sacrificio, usa la magia de la tierra. ¡Logan tiene que estar de pie para la ceremonia de la próxima semana! Mi manada no se aliará con un Alpha que se arrastra por los suelos.
El chamán soltó un suspiro pesado, una exhalación cargada de lástima y desprecio hacia la arrogancia de la nueva Luna. Se giró lentamente hacia Logan, ignorando por completo las demandas de Irina.
—No hay poción en este mundo que pueda sanar lo que tú mismo destruiste, Logan —sentenció el chamán con una voz que sonó como el crujido de hojas secas— El ritual de la Daga de la Purga que ejecutaste contra Astra... fue una blasfemia mística.
Logan tragó saliva con dificultad, sintiendo que su garganta ardía.
—Ella... ella era solo una Omega —consiguió susurrar Logan, con la voz quebrada— Una carga. El lazo... el lazo ordinario se puede romper si el Alpha lo decide. Mi padre lo hizo una vez...
—¡Tu padre no rompió un lazo con su verdadera alma gemela, pedazo de ignorante! —lo interrumpió el chamán, su tono elevándose con una autoridad ancestral que hizo callar a ambos— Astra no era tu esclava, ni una sirvienta que pudieras desechar cuando te resultara políticamente conveniente. Ella era tu ancla mística. La Diosa Luna la había encadenado a tu alma para equilibrar la violencia de tu sangre de Alpha. Al rechazarla con odio y arrancar el vínculo a la fuerza, dejaste un vacío expuesto. Tu propia magia lobuna, al no tener un contenedor donde asentarse, se está volviendo contra ti. Se está pudriendo dentro de tus venas.
Irina soltó una carcajada histérica, aunque sus ojos reflejaban una desesperación genuina. El poder que tanto había codiciado se estaba desmoronando antes de que pudiera disfrutarlo.
—¡Eso son estupideces de viejos! —rugió Irina, dando un paso al frente y golpeando la mesa de noche— ¡Yo soy la nueva Luna de los Colmillos de Plata! Mi linaje es puro, mi sangre es la de los Volkov, los conquistadores del norte. ¡Mi poder místico debería ser más que suficiente para estabilizar el aura de Logan! ¡Yo soy su verdadera compañera ahora!
El chamán se giró hacia ella. Sus ojos blancos parecían perforar el alma de la vampiresa. Una sonrisa gélida y despectiva se dibujó en el rostro arrugado del anciano.
—Tu linaje puede ser tan puro como la nieve del norte, Irina, pero tu alma es completamente hueca —escupió el chamán con veneno— Eres un contrato político ambulante, una transacción de tierras y guerreros. La magia de la Diosa Luna no responde a los tratados de sangre de los hombres. No puedes sanar lo que Logan destruyó porque tu presencia solo infecta más la herida.
Logan cerró los ojos, apretando las sábanas con frustración. En medio de la fiebre y la agonía que le atenazaba las entrañas, un recuerdo nítido perforó su mente: el rostro de Astra en el centro del salón. Recordó sus ojos oscuros llenos de lágrimas, la forma en que le suplicó clemencia y cómo él, cegado por la ambición y el veneno de Irina, le había dado la espalda y había ordenado que la arrojaran al Bosque de las Cenizas para que fuera devorada.
Aquella Omega a la que llamó desecho era, en realidad, la única razón por la que él era un Alpha poderoso. El karma le estaba cobrando la factura en vida, desollando su orgullo frente a su propia corte.
El chamán comenzó a recoger sus viales de la bandeja de madera, dándole la espalda a la pareja real. Sus pasos pesados resonaron hacia la salida de la recámara, pero antes de tocar el pomo de la puerta de roble, se detuvo en seco.
La atmósfera de la habitación se volvió densamente fría, como si la sombra de la muerte hubiera entrado a tomar asiento junto a la cama de Logan.
—¿Qué se supone que debo hacer entonces? —bramó Logan desde la cama, su orgullo rompiéndose en mil pedazos ante el miedo real de perder su estatus y su vida— ¡Tiene que haber una forma de revertir la podredumbre! ¡Dime qué tengo que hacer!
El anciano chamán giró levemente la cabeza, dejando ver el perfil de su rostro severo bajo las sombras de la habitación. Emitió una sentencia que cayó sobre Logan con el peso de una lápida de mármol:
—Solo hay una cura para tu salvación, Alpha. —El chamán clavó sus palabras como estacas— Debes adentrarte en el territorio prohibido, encontrar a Astra, obligarla a perdonarte desde lo más profundo de su ser y encadenarla de nuevo a tu cama para que su pureza vuelva a filtrar el veneno de tu sangre... Reza para encontrarla viva, Logan, porque si ella muere en ese bosque, o si se niega a salvarte, tú morirás entre dolores indescriptibles antes de que la próxima luna llena corone el cielo.
La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Logan tiritando de frío en la cama, con la marca de la podredumbre extendiéndose implacable hacia su corazón.