Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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Capítulo 5
... Reglas nuevas...
No dormí.
Cada vez que cerraba los ojos veía la palabra grabada en la piel de aquel hombre.
Esposa.
No era un título romántico.
Era una marca de guerra.
A la mañana siguiente, la mansión estaba en movimiento. Más guardias. Más vehículos. Más miradas vigilantes.
Thiago ya estaba en el comedor cuando bajé.
Impecable. Como si la sangre de la noche anterior no hubiera existido.
—Buenos días —dije con calma medida.
Él levantó la vista del teléfono.
—Dormiste poco.
—Tú también.
Silencio breve.
—Desde hoy habrá cambios —anunció.
—Ya empezamos.
—No es negociable.
Me senté frente a él.
—Habla.
—Tendrás dos escoltas permanentes. Uno visible, otro no. Tu teléfono será reemplazado por uno seguro. Tus salidas serán notificadas.
—Eso suena exactamente a estar encerrada.
—Suena a estar viva.
Su tono no era agresivo. Era firme. Estratégico.
—¿Esto durará todo el año?
—Durará lo que sea necesario.
Apoyé las manos sobre la mesa.
—No voy a convertirme en una sombra dentro de tu casa.
—No lo harás.
—Entonces dame algo de control.
Sus ojos se entrecerraron levemente.
—¿Qué propones?
—Seguiré con mis estudios. Presencialmente.
Silencio.
—Demasiado expuesto.
—No puedes quitarme lo único que era mío antes de firmar ese contrato.
Él me observó con atención real esta vez.
No como pieza.
Como persona.
—Universidad privada —dijo al fin—. Seguridad discreta. Horarios controlados.
—Sin interferir en mis clases.
—Sin interferir en tus clases.
Acepté con un leve asentimiento.
Pequeña victoria.
—Hay algo más —añadió.
Su voz cambió. Más fría.
—Tu padre.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué pasa con él?
—Anoche intentaron acceder a su casa.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Está bien?
—Sí. Pero ya no puede quedarse allí.
—¿Lo trajiste aquí?
—No.
Eso me sorprendió.
—Lo trasladé a un lugar seguro. Vigilado.
—¿Por qué no aquí?
—Porque esta casa ahora es un blanco.
No pude discutir eso.
Me levanté.
—Quiero verlo.
—Lo harás. Pero no hoy.
—Thiago.
Mi voz no fue desafiante. Fue urgente.
Él se levantó lentamente y rodeó la mesa hasta quedar frente a mí.
—Escúchame con atención, Alessia —dijo en voz baja—. Lo que ocurrió anoche fue una advertencia. No un ataque real.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Que si hubiera sido real, no estaríamos hablando ahora.
El escalofrío fue inmediato.
—Los Ivanov quieren que reaccione con impulsividad —continuó—. No lo haré.
—¿Y yo? ¿Qué se supone que haga?
—Confiar en que tengo todo bajo control.
Lo miré fijamente.
—Eso es lo que más me preocupa.
Un silencio cargado se instaló entre nosotros.
Entonces sonó su teléfono.
Contestó sin apartar la mirada de mí.
—Habla.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió.
No a furia.
A algo peor.
Cálculo.
—Estoy en camino —respondió antes de colgar.
—¿Qué pasó ahora?
—Interceptaron una llamada.
—¿De quién?
Su respuesta tardó apenas un segundo.
—De tu padre.
El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—¿Qué significa eso?
—Significa que alguien le ofreció protección… a cambio de información.
—No —negué de inmediato—. Él no haría eso.
Thiago no dijo nada.
Ese silencio fue una acusación indirecta.
—Mi padre cometió errores financieros —dije con firmeza—. No es un traidor.
—Todos tienen un precio cuando están asustados.
La frase me dolió más de lo que debería.
—¿Insinúas que vendría tu información?
—Insinúo que alguien está intentando usarlo para llegar a mí.
Me acerqué un paso.
—Si tocas a mi padre por sospechas, el contrato no significará nada.
Su mirada descendió apenas hacia mis labios antes de volver a mis ojos.
—No amenaces algo que no puedes romper.
—Pruébame.
El ambiente se tensó de inmediato.
Durante unos segundos, ninguno retrocedió.
Finalmente, él habló:
—No haré nada sin pruebas.
—Quiero estar presente cuando hables con él.
—No es seguro.
—No es opcional.
Thiago respiró lentamente.
—Eres más complicada de lo que esperaba.
—Y tú más controlador.
Una sombra casi imperceptible de sonrisa apareció en su rostro.
—Prepárate. Salimos en veinte minutos.
—¿A dónde?
—A descubrir si tu padre sigue siendo solo un hombre endeudado…
O algo más.
El peso de sus palabras quedó suspendido en el aire.
Y por primera vez desde que firmé ese contrato, comprendí que el mayor peligro quizá no estuviera fuera de la mansión.
Podría estar dentro de mi propia sangre.