Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 6 VACACIONES
El mes que siguió fue una vorágine de olores, sabores y horas interminables de pie frente a los fogones. El profesor se volvió extremadamente exigente, casi obsesivo con la perfección: si una salsa tenía un gramo de más de sal, la tirábamos; si el corte de una verdura no era idéntico al resto, empezábamos de nuevo; si la presentación del plato tenía una gota de caldo en el borde del plato, lo limpiábamos y volvíamos a empezar. Se pasaba horas caminando entre las mesas de trabajo, con la espalda derecha como una vara, los ojos entrecerrados revisando cada detalle, y sin levantar la voz nos decía: —La cocina no es solo alimentar el cuerpo, es arte. Y el arte no admite errores—. A veces nos tenía repitiendo el mismo movimiento treinta, cuarenta veces seguidas, hasta que nuestras manos lo hacían solas, sin que la mente tuviera que ordenárselo. Pero ese esfuerzo tenía sentido: justo cuando cumplimos ocho meses desde que pusimos un pie en la academia, anunció que habíamos terminado la primera etapa, y que por fin nos íbamos de vacaciones. Dos semanas completas sin clases, sin platos que lavar, sin cuchillos que afilar.
Una semana antes de partir, estábamos todos reunidos en mi pequeño departamento. La televisión estaba encendida, y la consola de Tim —que rara vez prestaba, porque decía que su compañero de cuarto la dejaba caer al suelo o se olvidaba de apagarla— estaba conectada, con los mandos repartidos entre nosotros. Los cinco estábamos apretujados en el único sillón que cabía en la sala: yo en el centro, con el corazón dándome saltos de la risa, porque era la más baja de todos con mi metro sesenta y siete, y al lado mío se alzaban como torres. Adrián medía casi un metro ochenta, Enrique un metro setenta y cinco, Tim rozaba el metro ochenta y seis y Agustín superaba el metro ochenta y dos. Todos ocupaban cada centímetro del mueble, con las piernas cruzadas o estiradas hacia la mesa, y aunque éramos cinco personas en un espacio hecho para tres, se sentía el lugar más cálido del mundo. No había nada más que amistad entre nosotros: ninguna mirada cargada de segundas intenciones, ningún roce que no fuera el de un hermano, ninguna frase que se saliera de la confianza que habíamos construido entre ollas y cuchillos. Eran mi familia aquí, mi refugio.
—Bueno —dijo Adrián, dejando el mando sobre la rodilla y sonriendo como a escondidas—, ya compré los boletos. Voy a ir a ver a Rosa.
—¿En serio? —exclamé, dándole un empujón suave en el hombro— ¡Qué emoción! Por fin.
Antes de que pudiera decir nada más, Enrique se lanzó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, con los ojos brillantes de entusiasmo.
—¡Si tú vas, nosotros también! —gritó, y Tim asintió con fuerza a su lado, mientras Agustín levantaba los brazos celebrando.
—¿Qué? —pregunté, y una risa se me escapó— ¿Ustedes también?
—¡Claro que sí! —dijo Tim, con esa seriedad que siempre ponía cuando decía algo importante—. Ocho meses más hasta las próximas vacaciones, Camila. No saldremos de nuevo hasta entonces. Tenemos que aprovechar ahora que podemos.
Y así, sin planearlo mucho más, cambiamos los boletos: los cinco iríamos a Canadá. Pasaríamos una semana en mi casa, con mi familia, saldríamos a conocer los alrededores, y los tres días restantes los pasaríamos en una cabaña pequeña, escondida entre los bosques, a las afueras de la ciudad.
Llegó el día del viaje. Caminábamos por el pasillo principal del aeropuerto, entre la gente que corría y los anuncios que resonaban por los altavoces. Yo iba en el centro, con Adrián y Agustín a mi derecha, Enrique y Tim a mi izquierda. Cada uno llevaba su maleta rodando al lado, y todos abrazábamos nuestra almohada para el viaje, porque ninguno quería dormir apoyado en los asientos duros del avión. El aire olía a café recién hecho, a perfume de las tiendas libres de impuestos y al metal frío de las estructuras. Todo parecía perfecto, hasta que de repente una figura alta y ancha salió de entre la multitud y chocó contra mí con fuerza.
Caí al suelo de golpe, el aire se me escapó de los pulmones y mi almohada rodó hasta unos metros más allá. El hombre no se movió ni un paso atrás: se quedó de pie, mirándome desde arriba, sin hacer el menor ademán de ayudarme.
—¿Y tú qué piensas? —le dije, recuperando el aliento— ¿No vas a ayudarme a levantarme?
Enrique se agachó en un segundo, me tomó de las manos y me puso de pie con suavidad, mientras sacudía el polvo de mi ropa.
—Disculpe —dijo entonces una voz apresurada, a mi lado—, vamos tarde a una reunión muy importante, le pido mil disculpas.
Lo miré. El hombre que había chocado conmigo era aún más alto de lo que parecía desde el suelo: medía casi un metro noventa, con una complexión fuerte y trabajada, no de gimnasio exagerado, sino de alguien que sabía moverse con soltura, con músculos firmes bajo la tela de su traje. Era pelinegro, de un tono claro como el trigo maduro, con la piel blanca y sin una sola mancha, y sus ojos eran de un verde intenso, como el agua de un lago en primavera, pero tan fríos que parecían cortar el aire. Tenía la mandíbula marcada, la nariz recta y unos labios finos que no se curvaron ni un milímetro. Llevaba un traje gris oscuro hecho a la medida, tan impecable que no tenía ni una sola arruga, una camisa blanca inmaculada y una corbata azul oscuro. En su muñeca izquierda brillaba un reloj Rolex con incrustaciones de diamantes, que revisó impaciente sin dejar de mirarme con una expresión de aburrimiento, como si yo fuera un estorbo que se le había cruzado en el camino.
—No se preocupe —dijo el otro hombre, que iba detrás suyo, con un traje más sencillo y una sonrisa forzada—. Soy Roberto, su asistente y secretario. Mucho gusto. —Me extendió una tarjeta de cartulina gruesa y blanca—. Él es el señor Emiliano Fierro Félix.
En cuanto escuché el nombre, Tim se acercó a mí, inclinándose hasta que su boca quedó casi pegada a mi oreja.
—Es el hombre más rico de Alemania —susurró—. Dueño de los Grupos Empresariales F.F., la compañía más grande del país, con sucursales en toda Europa y Estados Unidos. Controlan desde hoteles hasta cadenas de restaurantes y fábricas de alimentos.
Levanté la vista hacia él. Emiliano Fierro seguía ahí, mirándome con esos ojos verdes que parecían juzgar cada detalle mío. Yo llevaba un top blanco sencillo, unos pantalones color café, el pelo suelto cayéndome por los hombros y mis ojos cafés fijos en él. Lo miré un segundo más, luego volví la vista hacia Tim, y al final hacia el hombre del traje.
—Pues su nombre, señor Félix —dije con voz clara, sin apartar la mirada—, me importa un comino quién sea. Lo que sí sé es que fue muy grosero. Debería disculparse de verdad.
Él entrecerró los ojos, y respondió en alemán, con un tono cortante y arrogante. Yo ya entendía el idioma bastante bien, aunque todavía me costaba hablarlo con la misma soltura:
—No tengo por qué disculparme. Tú fuiste la que se cruzó sin poner atención.
Una risa se me escapó, seca y sin ganas. Di un paso hacia él, y Roberto puso rápidamente la mano entre nosotros, como si temiera que yo fuera a tocarlo.
—No voy a discutir con usted —le dije en inglés, para que no tuviera excusas—, pero mire bien: iba caminando en línea recta. Fue usted quien se salió de su camino.
Él me sostuvo la mirada, sin parpadear, con esa altivez de quien cree que todo el mundo debe cederle el paso. No dijo nada más, solo volvió a mirar su reloj, como si yo ya no mereciera ni un segundo de su tiempo.
Me di la vuelta hacia mis amigos, que seguían ahí de pie, observando todo en silencio.
—Vámonos —les dije, y ellos asintieron de inmediato.
Nos alejamos hacia la zona de embarque, guardé la tarjeta que me había dado Roberto en el bolsillo de mi pantalón, y no volví la vista atrás. Éramos cinco, todos juntos, y aunque aquel hombre creyera estar por encima de cualquiera, yo tenía algo que él no parecía tener: gente que cuidara de mí.
Subimos al avión, y yo me quedé en el asiento de la ventana, mirando cómo las nubes se quedaban atrás mientras el aparato ganaba altura. Pasaron diez horas de viaje, en las que a veces cerraba los ojos y me venía a la mente su mirada fría y sus palabras altivas, pero luego sentía el hombro de Enrique a mi lado, o la risa de Adrián hablando con Rosa por mensaje, y se me pasaba. Así, cruzando océanos y fronteras, llegamos a Canadá.