La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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Anna.2
—Suerte con tu monja, Lorenzo —murmuró Sebastián con sarcasmo—. Yo voy a buscar a mi misterio de vestido plata.
Toda la noche no pudo quitarle la vista de encima a esa chica que reía y bailaba con ternura torpe como si jamás lo hubiera hecho
Cuando vío que parecía que ya se iba y me acerque.
—Es un poco pronto para que el hechizo se rompa, ¿no crees, Cenicienta? —dijo él, apoyándose contra el marco de la puerta con esa confianza letal que lo caracterizaba.
—El hechizo no se rompe. Simplemente... se me acabó el permiso —respondió ella, tratando de recuperar el aliento y la compostura.
—Un permiso muy corto para alguien que baila como si estuviera celebrando haber nacido hoy —él dio un paso hacia ella, bajando el tono de voz, haciendo que el bullicio del club se desvaneciera—. No te voy a pedir tu nombre otra vez, sé que eres una mujer de palabra. Pero dame algo. Un lugar, un recuerdo... algo que me asegure que no te he imaginado.
— Talvez sea mejor que creas que soy producto de tu imaginación y así me dejas de molestar.— dijo Anna.
Sin pensarlo dos veces Sebastián tomo de la cintura a Anna y la beso de tal forma que Anna sintió sus piernas temblar y su corazón tan rápido, las manos de Sebastián la atraparon aún más contra su cuerpo.
!Anna, Vámonos.!— le gritó una de sus amigas, mientras el calor de sus manos rozaban mi pecho.
Y salió corriendo hacia el coche que la esperaba, dejando a Sebastián con el corazón latiendo a un ritmo que no reconocía y el aroma de su perfume.
Sebastián todavía podía sentir el sabor de Anna en sus labios. Había pasado la noche entera repasando ese beso, maldiciéndose por no haberla retenido más tiempo, por dejar que esa "alucinación"
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A la mañana siguiente.
Esa misma noche, Sebastián no pudo dormir pensando en la "chica del vestido plata". Por eso, cuando entró al comedor de la mansión para la cena de compromiso de su hermano, estaba de mal humor, cansado y cínico.
Hasta que la puerta se abrió.
Su madre, con voz orgullosa, anunció:
—Les presento a Anna, la futura esposa de Lorenzo.
Sebastián, que estaba sirviéndose un trago de espaldas, se quedó petrificado al oír el nombre. Se giró lentamente, rogando al cielo que fuera una coincidencia. Pero ahí estaba ella.
Ya no llevaba el vestido plata ni el cabello desordenado por el baile. Llevaba un vestido recatado, el cabello recogido y una expresión de terror absoluto.
Lorenzo se levantó, ajustándose la corbata con una sonrisa de suficiencia.
—Vaya... —dijo Lorenzo, acercándose a Anna— parece que mi "monja" es mucho más hermosa de lo que imaginé.
Sebastián apretó el vaso de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su hermano estaba a punto de tocar a la única mujer que le había hecho sentir algo real en años.
— hola buenos días— dijo Anna con timidez.
La cena transcurría entre copas de vino caro y risas forzadas. Lorenzo, sentado al lado de Anna, no dejaba de acariciar su mano de manera posesiva, ignorando que ella retiraba los dedos cada vez que podía.
Sebastián, sentado justo frente a ellos, no probaba bocado. Solo bebía y observaba a Anna con una mirada cargada de desprecio y una furia fría que ella sentía quemarle la piel.
—Dime, Anna —soltó Sebastián de repente, interrumpiendo una charla aburrida sobre la boda—, ¿qué es lo que más extrañarás de tu vida en el internado? Porque pasar de un internado de monjas a los brazos de mi hermano... debe ser un cambio drástico. ¿O acaso ya estabas acostumbrada a relaciones con hombres?
La madre de Anna Lucrecia se puso rígida.
—Sebastián, por favor. Anna es una señorita ejemplar.— dijo la madre de Sebastián Romina madre de Anna
—Oh, no lo dudo, madre —replicó él, clavando sus ojos verdes en los de Anna, que estaban llenos de lágrimas contenidas—. Es solo que anoche vi a alguien que se le parecía mucho. Una chica que bailaba como si no tuviera dueño y que besaba a extraños en la oscuridad como si fuera su profesión. Pero claro, debe haber sido mi imaginación, ¿verdad, Anna?
Anna sintió que el mundo giraba. El desprecio en la voz de Sebastián le dolía más que la idea de casarse con Lorenzo. Él pensaba que ella sabía quién era él; pensaba que lo había engañado a propósito.
—No sé de qué hablas, Sebastián —susurró ella, con la voz quebrada—. Yo... yo no soy la mujer que crees.