dónde estés siempre serás tu
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21
Por otro lado, Moscú se revelaba ante sus ojos con toda su majestuosidad invernal, cobijada por una densa capa de blanca nieve y un frío gélido que de inmediato sonrojaba las mejillas de cualquiera. Caminando por las calles decoradas llegaron a un centro comercial, Roberta sostenía con firmeza la pequeña mano de su sobrina, abriéndose paso entre la gente que lucía pesados abrigos de piel.
—No te separes, Cami —le advirtió , ajustándole el gorro de lana con orejitas de oso que amenazaba con resbalarse.
—Tía… —soltó la pequeña, dando un brinco para esquivar un charco de lodo congelado.
—Mmm… —respondió Roberta, atenta al tráfico de la avenida.
—¿Tú sabes qué le gusta a mi papá? —preguntó Camila con total inocencia, balanceando la bolsa vacía con la que planeaban cargar los obsequios familiares.
—Sí… tu mamá —contestó Roberta con ligereza, sin pensar demasiado en el peso de sus palabras.
Camila ladeó la cabeza, deteniendo su caminata por completo en medio de la acera. Sus enormes ojos azules brillaron con una genuina y analítica curiosidad infantil antes de lanzar la siguiente interrogante.
—¿A mi papá le gusta mi mamá?
En ese preciso instante, Roberta sintió un frío interno que superaba por mucho al clima siberiano. Se llevó una mano a la frente. Ya era demasiado tarde para retractarse; las palabras habían salido volando de su boca y no había forma de atraparlas. Se maldijo internamente por su falta de filtro, pero tuvo que componer una sonrisa rápida para no levantar sospechas en la perspicaz mente de su sobrina.
—Obviamente, cariño —respondió, agachándose un poco para quedar a su altura—. Si no fuera así, tú no estarías aquí con nosotras.
—Ah… —Camila asimiló la información con una seriedad que daba miedo—. Entonces, cuando te gusta una persona, ¿esa persona hace un niño para ti?
—Este… algo así… —tartamudeó Roberta, sintiendo que el piso se le movía tal como le había pasado a Azul . Desesperada por desviar el rumbo de la conversación antes de terminar explicando biología reproductiva en plena vía pública, apuntó con el dedo hacia un enorme aparador iluminado—. ¡Mira! ¡Ahí hay una tienda de peluches gigante!
—¡Sí! ¡Vamos, vamos, tía Rob! —exclamó la pequeña, olvidando los misterios del amor y corriendo entusiasmada hacia la entrada del establecimiento.
Roberta soltó un largo suspiro de alivio, limpiándose el sudor frío de la frente. Logró sortear el peligro, pero a veces se le olvidaba por completo que Cami era una niña extremadamente perspicaz e inteligente. La mañana iba de maravilla para ellas dos entre juguetes y dulces, pero en ese mismo sector de la ciudad, para otra persona, el día estaba resultando sumamente difícil.
—Mendigo osito… me deja todas las cosas complicadas a mí —refunfuñaba Taras, caminando a zancadas por los pasillos del lujoso centro comercial con los hombros tensos bajo su abrigo de diseñador—. Se supone que es su hijo. Él debería saber perfectamente qué regalarle a su madre por su cumpleaños, pero no, el osito cree que soy su subordinado o su asistente personal de compras.
Iba tan distraído en su propio mal humor, repasando la enorme lista de pendientes que Dmitriy le había encargado, que no iba prestando la menor atención a su entorno. No supo en qué momento sus largas piernas impactaron contra un pequeño bulto rosa que corría en dirección contraria.
—¡Auch! —chilló una vocecita, y la pequeña princesa terminó sentada en el suelo tras el impacto.
—¡Nena! ¿Estás bien? Lo siento muchísimo, de verdad no te vi. ¿Te lastimaste? —exclamó Taras, cambiando su semblante rudo por uno de genuina preocupación.
Haciendo gala de su caballerosidad, el imponente ruso se acuclilló de inmediato frente a ella y le extendió una de sus enormes manos para ayudarla a incorporarse.
—Gracias… Sí, estoy bien —respondió Camila, limpiándose el abrigo y aceptando el apoyo del desconocido sin el menor rastro de miedo.
Taras la observó con atención mientras la ponía de pie. Le extrañó ver a una criatura tan pequeña moviéndose sola en un lugar tan concurrido.
—¿Estás sola? ¿Dónde están tus papás? ¿O vienes con tu mamá? —le preguntó, mirando a los lados buscando a un adulto responsable.
—Vengo con mi…
—¡Camila! ¿Cuántas veces te he dicho que no corras? —una voz autoritaria y cargada de pánico resonó a pocos metros de distancia—. ¿Te lastimaste? ¿Estás bien? ¿Te hizo algo este hombre?
Taras se quedó completamente petrificado en su sitio, como si el tiempo se hubiera detenido de golpe. Sus ojos se abrieron de par en par y el aire se le atoró en la garganta. Reconocería esa voz en esta y en cualquier otra vida. Sabía perfectamente, sin el menor margen de error, a quién le pertenecía ese tono firme, apasionado y puramente mexicano.
—Estoy bien, tía Rob. Choqué con el señor grandote —explicó la niña, señalando al ruso con el dedo.
—Disculpe, mi sobrina salió corriendo y cuando me di cuenta ya estaba… —comenzó a decir Roberta, acercándose a toda prisa mientras acomodaba las bolsas de compras en sus manos.
Pero las palabras murieron en sus labios. Roberta se freno en seco, perdiendo todo el color del rostro. Lo vio. Lo reconoció de inmediato. A pesar de los años,era él: su soldado sexy. El hombre que la había enamorado con promesas de caballero andante para luego resultar ser un lobo con piel de oveja que la abandonó sin dejar rastro.
Taras se acomodó los lentes con una mano temblorosa, respiró profundo para intentar controlar el sismo que sacudía su pecho y pronunció su nombre con una devoción infinita.
—Roberta…
—Me confunde, señor —respondió ella de inmediato, recuperando la postura, con la voz fría . Tomó a Camila del brazo y la jaló hacia atrás de su cuerpo—. No sé quién es usted. Vámonos, Cami.
—Eres tú, preciosa… Espera, por favor. Necesitamos hablar —insistió Taras, dándose cuenta de que la oportunidad de su vida se le estaba escapando entre los dedos. Estiró la mano y la tomó suavemente del brazo para impedir que se diera la vuelta.
—¡Sueltame! Te dije que no te conozco —le espetó ella, intentando zafarse del agarre con furia.
—Rob . Claro que me conoces, amor… Por favor, deja que te explique por qué me fui. Te lo ruego, escúchame —suplicó el ruso, con los ojos inyectados en una mezcla de desesperación y dolor.
Esa última palabra fue la gota que derramó el vaso . Escuchar que la llamaba «amor» después de haberla dejado tirada con el corazón roto encendió una chispa de pura rabia en su interior. Roberta cerró la mano con fuerza, formó un puño firme y, canalizando toda la frustración y el dolor de los últimos años, lo impactó con una precisión impecable directo en la quijada del ruso.
¡ZAS!
El golpe fue tan seco y potente que Taras se tambaleó un par de pasos hacia atrás, completamente descolocado. Jamás esperó que su hermosa mexicana lo recibiera con un derechazo digno de un boxeador profesional. Sin embargo, en medio del dolor del impacto físico, el ruso no se impresionó negativamente; en el fondo de su alma sabía que eso era lo mínimo que se merecía por haberse largado de México sin decirle absolutamente nada.
—¡Vámonos, Cami! ¡Ahorita mismo! —sentenció Roberta, tomando a la niña de la mano y emprendiendo la huida a paso veloz.
Salió del centro comercial lo más rápido que sus piernas se lo permitieron, arrastrando al pequeño caos que miraba hacia atrás con los ojos muy abiertos. Para cuando Taras logró sacudirse el aturdimiento del golpe, acomodarse la mandíbula y reaccionar para correr tras ellas, ya era demasiado tarde. La multitud del complejo comercial y las puertas automáticas se las habían tragado. Las había perdido de vista en medio del frío moscovita.