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La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance paranormal / Completas
Popularitas:173
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.

Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.

Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.

Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.

Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.

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capítulo 8

El castillo se hallaba en ruinas silenciosas. No por las paredes quebradas ni por los corredores agrietados, sino por la verdad que comenzaba a emerger como una herida antigua, finalmente expuesta.

El aura azul dejada por Andreia aún parecía suspendida en el aire, un recordatorio constante de que algo mayor que todos ellos había pasado por allí y los había juzgado.

En la sala del consejo, la tensión era casi palpable. Alister permanecía de pie junto a la ventana abierta, por donde la luna lanzaba su luz pálida.

El viento nocturno le agitaba levemente el manto, pero él parecía ajeno a cualquier cosa que no fuera el peso aplastante de lo que estaba a punto de decir. Máximo iba y venía de un lado a otro, los puños cerrados, los ojos enrojecidos de rabia y frustración.

Montana, sentado a la mesa de piedra, los observaba con semblante duro, aún intentando comprender lo que había presenciado horas antes.

MONTANA— Me van a explicar —dijo, rompiendo el silencio, la voz cargada de autoridad e irritación— cómo una sola loba entró en mi castillo, derribó guardias entrenados, destruyó mi casa, humilló a mi hijo y desapareció con una criatura de cuya existencia yo ni siquiera estaba enterado.

Máximo dejó de caminar.

MÁXIMO— Yo también quiero respuestas —dijo, clavándole la mirada a Alister—. Porque todo lo que sabía sobre Andreia… era mentira, o verdades a medias.

Alister cerró los ojos un instante, como si reuniera fuerzas. Cuando habló, la voz le salió más baja, pero firme.

ALISTER— Mi rey… le debo esta verdad desde hace muchos años.

Montana frunció el ceño.

MONTANA— Hable de una vez.

Alister se giró hacia los dos, encarándolos por fin de frente.

ALISTER— Andreia no nació de una unión común —comenzó—. Y nunca fue una loba común.

MÁXIMO— Eso ya lo noté —gruñó—. Pero ¿qué es ella?

Alister respiró hondo.

ALISTER— Es hija de la Luna. La verdadera. Y también mía.

Montana se levantó de un salto, golpeando la mesa con ambas manos.

MONTANA— ¡No diga herejías! —gritó—. ¡La Luna es fuerza, es símbolo, es entidad ancestral! No se acuesta con lobos. La hija de la profecía sería la unión de dos dioses, como Helena aseguró ser.

ALISTER— Se llama Selena —respondió, con calma dolorosa—. La conocí en una noche sin luna. Brillaba. Era seductora.

Montana se quedó inmóvil.

MONTANA— ¿Está diciendo… —la voz le vaciló— que se acostó con la propia Luna?

ALISTER— Sí. Por elección de ella y deseo mío.

Comenzó a caminar lentamente por la sala, cada paso marcado por el arrepentimiento.

ALISTER— Hace años, cuando mi manada estaba al borde de la ruina, la encontré en el bosque sagrado. No vino como diosa distante, sino como una mujer maravillosa. No necesitó mucho para que me entregara a ella. Meses después regresó con un bebé en brazos. Dijo que la criatura traería equilibrio, no dominio, y que a ella y a su descendencia les correspondería regir el futuro de los lobos. Ese bebé era Andreia.

MÁXIMO— Andreia…

ALISTER— Desde el primer momento —continuó—, el poder era innegable. Los ancianos lo percibieron, la luna respondió. Y yo… tuve miedo.

Montana apretó los puños.

MÁXIMO— ¿Miedo de qué?

ALISTER— De perderlo todo —respondió—. Ya tenía esposa, hijos legítimos, un trono sostenido por alianzas frágiles. Una hija de la Luna destruiría ese equilibrio político. —Bajó la cabeza—. Entonces la convertí en ilegítima —confesó—. Oculté su origen, dije que la había adoptado, encubrí sus poderes. Me dije a mí mismo que era por protección… pero fue cobardía.

MÁXIMO— Entonces la profecía… —murmuró—. Siempre habló de ella.

ALISTER— Sí —respondió—. Pero ustedes buscaron poder, no verdad. Yo no dije nada porque ustedes ya se habían convencido de que la otra era la Hija de la Luna.

Montana respiraba con dificultad ahora, el rostro enrojecido.

MONTANA— ¿Y Helena? —preguntó, con la voz tensa—. Mi nuera aseguraba ser la Hija de la Luna.

MÁXIMO— No aseguraba —corrigió, con rabia—. Lo juraba. —Se volvió hacia su padre, los ojos ardiéndole—. Mintió desde el inicio. Manipuló símbolos, usó textos antiguos, escenificó visiones. Yo quise creerle… porque era conveniente. Perdí a Andreia por culpa de ella.

Montana descargó un golpe en la mesa.

MONTANA— ¡Esa mujer me engañó a mí también! —bramó—. ¡Convencí a los ancianos, permití la boda, fortalecí alianzas basándome en una mentira! Lo único que quería era el poder de la manada.

Su rabia era distinta a la de Máximo. Más fría, más profunda, más peligrosa.

MÁXIMO— Nos dejamos convencer.

MONTANA— Usó mi nombre —continuó—. Usó a mi manada. Nos hizo creer que la Luna había elegido nuestro linaje.

MÁXIMO— Y mientras tanto —completó, amargo—, la verdadera heredera estaba lejos, con mi hija lejos de nosotros.

Alister asintió con lentitud.

ALISTER— Kim es algo más raro aún —dijo—. No solo nieta de la Luna, sino nacida del amor entre dos linajes marcados por el destino. El poder que presenciaron… fue apenas un reflejo de lo que puede llegar a ser.

Montana se pasó la mano por el rostro, conmocionado.

MONTANA— Y nosotros intentamos encerrarla en una habitación noble —murmuró—. Como si fuera una posesión.

Máximo cerró los ojos. La culpa superaba al fin a la rabia.

MÁXIMO— La perdí —dijo—. Perdí a Andreia… porque elegí el trono. Perdí a mi hija… porque elegí creer en mentiras.

ALISTER— La perdiste porque quisiste controlar —respondió, con firmeza—. Andreia nunca quiso poder. Quiso protección. Quiso amor. Por eso yo también perdí a mi hija.

Montana se acercó a la ventana, contemplando la luna.

MONTANA— ¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué sucede cuando la Luna retira su bendición de una manada entera?

Alister se aproximó también.

ALISTER— La Luna no retira —dijo—. Observa. Y espera.

Máximo levantó la mirada.

MÁXIMO— ¿Espera qué?

ALISTER— Que aprendamos —respondió—. O que seamos reemplazados.

El silencio final solo fue roto por el viento nocturno, que traía incertidumbre.

CON ANDREIA

Lejos de allí, protegidas por la luna y por la magia antigua, Andreia y Kim descansaban a salvo.

Y aquella noche, tres hombres poderosos comprendieron una verdad tardía y cruel: la Luna no elige reyes. Elige madres.

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