Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 15: El primer peón en caer
El repique rítmico de los cascos de los caballos sobre el pavimento de piedra de la capital marcaba el compás de una tarde gris y lluviosa. Sentada en el interior de su carruaje oficial, tapizado en seda oscura, Vivianne sostenía entre sus dedos el informe oficial sellado por la tesorería del imperio. Una sutil sonrisa, fría y carente de piedad, se dibujó en sus labios.
El veneno en la tinta había completado su recorrido.
Las cartas modificadas que Lucía había enviado con tanta saña a las hijas de los condes no solo se habían convertido en el chisme más escandaloso de las altas esferas, sino que habían detonado una reacción en cadena devastadora. Al leer lo que parecía una "confesión desesperada" de puño y letra de Lucía sobre la quiebra inminente de su casa, el Banco Imperial no había tardado en actuar. Presos del pánico por perder sus activos, los gobernadores bancarios exigieron el pago inmediato e integral de todas las deudas de la familia.
Al no contar con los fondos, la auditoría que Vivianne provocó sacó a la luz la verdad más sucia: el padre de Lucía llevaba años malversando los fondos públicos de las provincias fronterizas para costear los pomposos vestidos de tul y las joyas con las que su hija pretendía brillar en la corte.
El decreto real había sido fulminante esa misma mañana. El Emperador, respaldado por las pruebas que Vivianne puso sobre su escritorio, despojó al padre de Lucía de todos sus títulos menores, embargó sus propiedades en la capital y condenó a la familia al destierro social más absoluto. En cuestión de horas, Lucía pasó de ser la confidente de la futura emperatriz a convertirse en una paria, una apestosa a la que ninguna casa noble volvería a abrirle las puertas. Su nombre había sido borrado de todas las listas de invitados de la alta sociedad.
—Su Alteza —la voz de Marie desde el asiento delantero interrumpió sus pensamientos—. Nos aproximamos al distrito bajo. Hay... un altercado en la vía principal.
Vivianne alzó la mirada justo cuando el carruaje comenzó a disminuir la velocidad debido a un tumulto de transeúntes comunes y comerciantes del mercado. A través del cristal empañado, divisó una figura empapada por la lluvia, que discutía a gritos con los guardias de la avanzada imperial.
Era Lucía.
Ya no quedaba nada de la joven altiva del vestido rosa. Llevaba una túnica gris de lana barata, empapada por el agua y manchada de lodo en el ruedo. Su cabello, antes peinado con rulos perfectos, se le pegaba al rostro demacrado por el llanto y la desesperación. Al reconocer las armas imperiales grabadas en las puertas del carruaje, Lucía perdió los papeles por completo. Se zafó del agarre de un comerciante y se abalanzó hacia la calzada, cayendo de rodillas directamente sobre el fango, frente a los caballos que frenaron en seco.
—¡Vivianne! —chilló Lucía, con la voz rota por la histeria, estirando las manos hacia la estructura de madera—. ¡Vivianne, por favor! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Tienes que escucharme! ¡Todo es una terrible confusión! Alguien falsificó mis cartas... ¡Nos han quitado todo! ¡Mi padre está bajo arresto y los guardias nos echaron a la calle!
Los soldados de la escolta real desenvainaron sus espadas, listos para apartarla del camino, pero Vivianne alzó una mano enguantada, ordenando un alto temporal.
Con una parsimonia aterradora, Vivianne deslizó la cortina de seda hacia un lado y bajó la ventanilla del carruaje apenas unos centímetros, lo suficiente para mirar a la mujer desde lo alto de su posición.
Al ver el rostro de la princesa, los ojos de Lucía se iluminaron con una chispa de vana esperanza. En su mente retorcida, aún creía que detrás de esa máscara de plata quedaba algo de la vieja amiga dócil, la niña solitaria a la que podía manipular con lágrimas y promesas de lealtad eterna.
—Vivianne, por favor... —sollozó Lucía, arrastrándose un par de centímetros en el suelo lodoso, con las manos sucias de tierra—. Dile a los guardias que me dejen subir. Éramos como hermanas... tú me conoces. No puedes dejar que me hagan esto. Ayúdame a limpiar el nombre de mi familia. No tengo a dónde ir...
Vivianne la observó desde la calidez del carruaje. Su mirada de obsidiana no contenía odio, ni rabia, ni sed de réplica; solo una indiferencia gélida, la misma con la que una soberana contempla el polvo del camino.
—Te lo advertí en el gran salón, Lucía —respondió Vivianne, y su voz, clara y perfectamente modulada, cortó el ruido de la lluvia con la precisión de una guillotina—. Como futura gobernante de este imperio, debo cuidar con quién comparto mi tiempo. No cualquiera merece estar en mi presencia.
La poca luz en los ojos de Lucía se extinguió, reemplazada por un frío terror al comprender, finalmente, que la princesa jamás volvería a ser su marioneta.
Vivianne curvó los labios en una sonrisa gélida, sentenciando el destino de la traidora.
—Disfruta del fango. Es el lugar que siempre te correspondió.
Sin darle un segundo para respirar, Vivianne subió la ventana de seda y dio un sutil golpe con su abanico en la madera del frente.
—Avancen —ordenó.
El carruaje se puso en marcha de inmediato. Las pesadas ruedas de hierro avanzaron sin contemplaciones, salpicando agua sucia y lodo directamente sobre el rostro y la ropa de Lucía, quien se quedó tirada en mitad de la calle, llorando de rabia y humillación bajo las miradas burlonas de los plebeyos. El primer peón del tablero había sido completamente destruido.
A un par de calles de distancia, oculto bajo el ala de un sombrero de ala ancha y resguardado en la sombra de un callejón, Alexander observaba toda la escena. Tenía el rostro pálido y el cuerpo rígido por el miedo. Había visto la frialdad implacable con la que la princesa había aplastado a su cómplice, sin siquiera pestañear.
Apretando los dientes para evitar que le castañetearan por el frío del pánico, Alexander dio un paso atrás en la oscuridad del callejón, sintiendo el peso invisible de una certeza aterradora: la trampa se estaba cerrando, y él era el siguiente en la lista de la ejecución.
felicidades por tus novelas.