El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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1. LA NOCHE QUE EL CIELO SE ROMPIO
El viento aullaba como un animal herido.
Yo, Esmeralda Castillo, de diecinueve años, me aferraba al marco de la ventana mientras veía cómo el huracán se tragaba mi ciudad. Las palmeras se doblaban hasta besar el suelo. Los techos salían volando como hojas de papel.
Y mi casa… mi casa ya no tenía paredes.
“¡Esmeralda, apúrate!” La voz de mi madre se perdió entre el estruendo. El agua me llegaba a las rodillas dentro de lo que quedaba de nuestra sala.
Fue entonces cuando lo vi.
Un auto negro, enorme, se detuvo frente a los escombros. De él bajó un hombre alto, con traje impecable como si la tormenta no existiera para él. El cabello oscuro, húmedo por la lluvia, y unos ojos verdes que me helaron la sangre más que el viento.
No lo conocía. Juraría que nunca lo había visto.
Pero él caminó directo hacia mí, ignorando el caos, ignorando a los vecinos que gritaban, ignorando al mundo entero.
“Esmeralda Castillo”, dijo mi nombre como si lo hubiera pronunciado mil veces antes. Su voz era grave, controlada. Demasiado controlada para alguien en medio de un huracán categoría 5. “Vienes conmigo. Ahora.”
Retrocedí. El agua me salpicó el rostro. “¿Quién es usted? ¡No lo conozco!”
Él no respondió. Solo extendió su mano hacia mí. En su muñeca, un reloj de oro brilló bajo un relámpago. “Tu madre ya no puede protegerte. Yo sí.”
“¿Mi madre? ¿Dónde está mi—?”
El suelo tembló. Un poste de luz cayó a dos metros de nosotros, lanzando chispas. Grité.
Antes de que pudiera reaccionar, él me cargó. Así de fácil. Como si no pesara nada. Su traje se empapó, pero ni siquiera parpadeó. Me metió al asiento trasero del auto mientras el cielo se partía en dos.
“Suéltame! ¡Mi mamá!” Golpeé el vidrio, pero estaba blindado. Afuera, la tormenta se tragó todo.
Él se sentó frente al volante y arrancó sin decir una palabra más. En el retrovisor, sus ojos verdes se encontraron con los míos.
Y sonrió.
El corazón me martilleaba las costillas. Golpeé el vidrio blindado hasta que los nudillos me ardieron. "¡Déjeme salir! ¡Mi mamá está allá afuera!"
Él encendió el limpiaparabrisas con una calma que me heló. La lluvia y las hojas se deslizaban sobre el cristal estrellado. "Tu madre firmó, Esmeralda."
El mundo se detuvo. "¿Qué... qué dijo?"
Sacó un papel doblado del bolsillo interior de su traje y lo dejó caer en mi regazo. Lo abrí con dedos temblorosos. La firma de mi madre estaba al pie de página. Junto a una cifra con demasiados ceros.
"Me vendió", susurré. El aire se me fue de los pulmones. "Me vendió por dinero."
Emiliano arrancó el auto y se internó en la tormenta. "No te vendió, niña tonta. Te salvó. De ella, de la pobreza, de ti misma. Ahora me perteneces."
Tres días después, desperté en una habitación que no conocía. Sábanas de seda. Ventanas con barrotes dorados. Una puerta cerrada con llave desde afuera.
Y sobre el buró, una nota escrita con tinta negra:
“Bienvenida a casa, Esmeralda.
Esta es tu jaula.
Y yo soy el único que tiene la llave.
— Emiliano de la Rosa
El huracán me quitó mi casa.
Él me quitó mi libertad.