Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 21: La cacería del León ha comenzado
La noche en la ciudad no traía paz para los culpables, especialmente cuando el depredador más grande de las sombras había decidido salir a marcar su territorio. En el subsuelo de su mansión, Alexander observaba las pantallas de alta definición que proyectaban los planos, las rutas y las rutinas de los hombres señalados en el dossier de manila. Sus dedos tatuados tamborileaban sobre el escritorio de vidrio negro con un ritmo constante, letal. Algo muy profundo se había encendido en su pecho tras leer el calvario de Valentina; no iba a derramar sangre todavía, porque la muerte rápida era un regalo demasiado piadoso para las ratas que habían osado pisotear la dignidad de su reina. Él prefería la asfixia lenta, el crujido del orgullo y el pánico absoluto de ver cómo el mundo que construyeron a base de burlas se desmoronaba bajo sus propios pies.
—Activa la red económica, Dominick —ordenó Alexander, sin apartar los ojos oscuros de las pantallas—. Quiero que sientan el peso del León antes de que vean mis garras. Que no quede un solo rincón donde puedan esconderse.
El operativo comenzó en la madrugada, con la precisión quirúrgica que solo los millones y los contactos de la mafia podían financiar. El primer objetivo de la lista era el doctor Esteban Peralta, un abogado corporativo influyente del buffet anterior, aquel tipo miserable que disfrutaba escondiendo los archivos de los casos de Valentina para verla tartamudear ante los jueces y que solía hacer comentarios asquerosos sobre sus curvas XL cuando ella pasaba por los pasillos. Peralta se creía un dios intocable en el mundo del derecho, protegido por sus trajes caros y su flamante automóvil deportivo alemán de alta gama, estacionado siempre en la entrada de su exclusiva residencia.
A las seis de la mañana, un ruido sordo, un crujido espantoso de metal retorcido, despertó a todo el vecindario del country.
Peralta salió corriendo en bata, con los ojos hinchados por el sueño, y se quedó petrificado en el porche. Justo en la entrada de su cochera, bloqueando por completo la salida, descansaba un cubo perfecto de chatarra compactada. Los neumáticos importados, el motor de última generación y los asientos de cuero de su adorado auto de lujo habían sido reducidos a un bloque de hierro de un metro cuadrado gracias a una prensa industrial itinerante de la mafia. Sobre el metal aplastado, sujeto con un imán de neodimio, había un simple sobre gris sin remitente. Con las manos temblando de pánico, el abogado abrió el sobre y sintió que las piernas le flaqueaban: era una notificación oficial e inapelable del Colegio de Abogados donde se informaba la suspensión inmediata de su matrícula profesional debido a una "auditoría sorpresa" por evasión fiscal y lavado de dinero. Alexander había movido un solo dedo y, en una sola madrugada, Peralta se había quedado sin auto, sin carrera y con una soga legal al cuello.
Mientras tanto, en la penumbra de su carruaje de metal negro estacionado a dos cuadras del lugar, Alexander observaba la escena a través de unos binoculares de visión nocturna. Una sonrisa gélida, calculadora y sumamente complacida se dibujó en sus labios. Le daba un sorbo pausado a su termo con café, disfrutando del espectáculo del hombrecito de traje que ahora lloraba en bata sobre el césped. Aquello era cazar de verdad; acorralar a la presa, quitarle el sustento, arrancarle la soberbia de manual y dejarla completamente desamparada en la maleza corporativa.
—Miren cómo tiembla el doctorcito —murmuró Alexander para sí mismo, soltando una risa corta y rasposa—. Eras muy valiente cuando le escondías los papeles a una mujer indefensa, infeliz. Vamos a ver cómo litigás ahora que sos un indigente legal.
La cacería continuó durante todo el día, extendiéndose como una plaga invisible sobre los otros nombres del dossier. El León de Oro no daba tregua. Los antiguos compañeros de la facultad de Valentina, aquellos que se reían en los pasillos de la universidad y le dejaban notas anónimas denigrantes en el casillero, comenzaron a experimentar el verdadero significado del terror psicológico.
A mitad de la tarde, el director de una financiera internacional —otro de los acosadores del pasado— interrumpió una junta de directorio porque su teléfono celular no paraba de vibrar. Al atender, no escuchaba ninguna voz; solo el sonido ambiente de una respiración pesada y el rugido lejano de un motor industrial. Al minuto siguiente, todas las pantallas de la sala de juntas de su empresa se bloquearon, mostrando en letras rojas gigantescas un historial detallado de sus desfalcos financieros privados y sus deudas con el juego clandestino. Las llamadas de números desconocidos e imposibles de rastrear se replicaron en los teléfonos de cada uno de los implicados. Tipos que antes se creían los dueños de la moral y el estatus social ahora sudaban frío en sus oficinas, mirando hacia los lados con paranoia absoluta, sabiendo que alguien, una fuerza invisible y monstruosa, los estaba vigilando desde las sombras, midiendo cada uno de sus movimientos antes del zarpazo final.
Alexander supervisaba el avance de la red criminal desde la pantalla de su tableta digital mientras su chofer conducía de regreso a la mansión. Disfrutaba enormemente del proceso. Para su mentalidad territorial, la justicia de este siglo era demasiado lenta y predecible, pero sus métodos, combinados con la frialdad estratégica que Valentina le estaba demostrando, eran una obra de arte destructiva. Estaba acorralando a las presas una por una, cerrando las salidas de la jaula, quitándoles el dinero, el prestigio y el aire, preparándoles el escenario perfecto para que la Emperatriz del fucsia ejecutara la sentencia definitiva en los tribunales.
—Nadie toca a mi reina y sigue durmiendo tranquilo en esta ciudad —sentenció Alexander en voz alta, guardando el dispositivo en el bolsillo de su abrigo oscuro mientras miraba la lluvia caer sobre el pavimento—. Que disfruten el miedo de la espera... porque el León apenas está jugando con la comida.
La dinastía oculta estaba marchando a la perfección, y la primera fase de la venganza épica ya había dejado a los enemigos de la antigua Valentina temblando en el barro.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.