Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 10 - Liberto dorado
Noviembre despojó a los jardines de todo aquello que pudiera fingir abundancia.
Las rosas perdieron los últimos pétalos. El roble dejó caer hojas sobre los senderos hasta que sus ramas parecieron manos vacías. Cada jueves, Eduardo atravesaba aquel paisaje acompañado por la señora Elvira y se sentaba frente a Diane durante el tiempo establecido por el contrato.
Las visitas habían adquirido una cortesía exacta y agotadora.
Una semana hablaron de la ampliación del muelle. Otra, de una compañía de teatro que nunca llegó a Santa Lucía. La tercera, Eduardo llevó un libro sobre botánica y Diane pasó cuarenta minutos explicándole que todas sus ilustraciones de magnolias estaban mal coloreadas. Él respondió que no conocía otro modo de discutir sobre flores sin desear que se marchitaran.
Damaris interpretó aquellas conversaciones como progreso.
Iván las interpretó de otro modo.
Después de la carta manchada de sangre, guardó silencio durante dos turnos. El pañuelo blanco no apareció en el rosal y Diane comenzó a temer que Stefany hubiera activado la palabra cenizas sin advertirle. Cuando por fin llegó una nueva nota, solo decía:
«No debí escribir aquello. Pero no voy a fingir que no lo siento.»
Diane respondió en el reverso de un poema sobre una jaula abierta:
«Sentirlo no te convierte en culpable. Hacer algo contra él, sí.»
Iván no contestó esa frase. En su siguiente carta describió el gato amarillo del puerto y preguntó si Diane aún pintaba. El amor, sometido a la regla de hierro, había aprendido a caminar alrededor de sus propias heridas sin tocarlas.
El cuarto jueves de noviembre, el carruaje Valcárcel llegó con diez minutos de retraso y un ruido extraño en el interior.
No era una avería. Era un ladrido.
Diane lo escuchó desde el salón. Damaris también. Ambas se acercaron a la ventana cuando Eduardo descendió con una cesta grande entre los brazos. La señora Elvira bajó detrás de él, llevando en el rostro la expresión ofendida de quien ha compartido el carruaje con algo que no entiende de jerarquías.
—No entrará en el salón —dijo Damaris antes de que el mayordomo abriera la puerta.
—Todavía no sabe qué es.
—Tiene pelo y ladra. Es suficiente.
Eduardo apareció en el vestíbulo. La cesta se movió. Dos patas cubiertas de barro asomaron por el borde y, enseguida, una cabeza dorada emergió entre las mantas. El cachorro tenía una oreja levantada y la otra vencida hacia un lado. Una franja más clara le cruzaba el hocico. Sus ojos eran oscuros, brillantes y demasiado grandes para el rostro estrecho.
Al ver a Diane, intentó saltar.
Eduardo sujetó la cesta contra el pecho.
—Quieto.
El cachorro le lamió la barbilla.
Diane soltó una risa.
No pudo contenerla. El sonido salió limpio, sin pedir permiso, y se elevó por el vestíbulo como un pájaro que hubiese entrado por error. Damaris la miró. Elvira parpadeó. Eduardo permaneció inmóvil, con una gota de saliva descendiendo hacia el cuello de la camisa.
—Supongo que la humillación ha cumplido su propósito —dijo.
—¿Qué propósito? —preguntó Diane.
—Romper el silencio antes del té.
El cachorro volvió a forcejear. Eduardo lo dejó en el suelo y el animal corrió hacia Diane con más entusiasmo que equilibrio. Tropezó con sus propias patas, chocó contra el borde de su falda y se sentó sobre uno de sus zapatos como si hubiese alcanzado el destino previsto.
Diane se agachó.
El pelaje era áspero en el lomo y suave detrás de las orejas. Olía a paja, lluvia y un poco a pescado. Alrededor del cuello tenía una marca sin pelo, una línea rojiza donde alguna cuerda había rozado durante demasiado tiempo.
—Estaba encadenado —dijo.
Eduardo se quitó los guantes.
—A una caja, detrás de los almacenes del muelle. El dueño pensaba arrojarlo al agua porque mordía las correas.
—Hacía bien.
—Eso le dije al dueño.
—¿Y se lo entregó?
—No exactamente.
La señora Elvira se aclaró la garganta.
—El señor Valcárcel pagó una suma absurda por un perro sin raza, una cesta y el silencio de dos estibadores.
—La cesta estaba incluida —dijo Eduardo.
—Eso no vuelve sensata la cantidad.
Diane levantó al cachorro. Él apoyó las patas delanteras sobre su pecho y trató de alcanzar las perlas con los dientes.
—¿Por qué lo trajo aquí?
Eduardo miró al animal, no a ella.
—En mi casa, mi padre lo habría devuelto al muelle. Usted tiene campos.
—También tengo una madre —dijo Diane.
Damaris cruzó los brazos.
—Y esa madre no ha aceptado nada.
El cachorro abandonó las perlas y estornudó contra el vestido de Diane.
—Ya parece sentirse en casa —comentó Eduardo.
—Los animales no deben vivir dentro —sentenció Damaris—. Ensucian, rompen y atraen pulgas.
—Puede dormir en los establos —dijo Diane con rapidez—. Yo me ocuparé de alimentarlo.
—No sabes ocuparte de ti misma.
—Entonces ambos aprenderemos.
Damaris observó a Eduardo. Diane comprendió el cálculo antes de que su madre respondiera. Rechazar el regalo del pretendiente podía convertirse en un desaire. Aceptarlo podía presentarse como otra prueba del afecto que estaban fabricando.
—Se quedará en los establos —concedió—. Y no entrará en el comedor.
El cachorro mordió el lazo del vestido.
—Parece dispuesto a respetar las condiciones tanto como nosotros —murmuró Diane.
Eduardo la escuchó. Una sonrisa breve inclinó una esquina de su boca.
El té fue trasladado a la terraza cubierta porque el cachorro se negó a separarse de Diane. Damaris mandó colocar una manta sobre las losas y un plato con agua. El animal volcó el plato, caminó dentro del charco y dejó huellas sobre los zapatos de la señora Elvira. Por primera vez, la vigilancia de la viuda perdió su forma solemne.
Diane descubrió una venda limpia bajo el pelo del cuello.
—¿Quién le curó la herida?
—Un médico del puerto dijo que bastaba con lavarla y mantenerla seca.
—Eso no fue lo que pregunté.
Eduardo acomodó una esquina de la manta para no mirarla.
—Los criados de mi padre se negaron a tocarlo. Decían que mordía.
Diane examinó sus manos. Cerca del pulgar derecho había dos marcas recientes, semicirculares, demasiado pequeñas para pertenecer a una herramienta.
—De modo que lo curó usted.
—Llegamos a un acuerdo. Él dejó de morderme y yo dejé de fingir que sabía vendar un perro.
Liberto alzó una pata mojada y la colocó sobre el zapato de Eduardo. La confianza del animal parecía desmentir la indiferencia con que él contaba la historia.
—Necesita un nombre —dijo Diane.
—Mi cochero lo llama Demonio —respondió Eduardo.
—Su cochero carece de imaginación.
—Mi cochero tiene un agujero nuevo en el pantalón.
Diane observó la marca del cuello. El cachorro había encontrado una correa de jardinería y la sacudía con ferocidad, como si reconociera en ella a un enemigo antiguo.
—Liberto —dijo.
Eduardo alzó la vista.
—¿Liberto?
—Fue esclavo y dejó de serlo.
—No estoy seguro de que morder a un estibador constituya una emancipación legal.
—Firmamos un contrato con sangre. No aceptaré lecciones legales de esta familia.
Elvira fingió concentrarse en el té. Eduardo bajó la mirada hacia su taza, pero Diane vio que contenía otra sonrisa.
—Liberto, entonces.
El cachorro respondió al nombre porque ella lo pronunció mientras le ofrecía una galleta. La devoró y apoyó el hocico sobre su rodilla. El dorado del pelaje recogió la luz gris de la tarde y la devolvió tibia, como si llevara escondido un pequeño verano.
Diane acarició la franja clara de su cabeza.
—Gracias —dijo sin mirar a Eduardo.
—No me agradezca todavía. Crecerá.
—No por el perro.
El silencio que siguió no se pareció a los anteriores. No estaba hecho de hostilidad ni de obligación, sino de algo que ninguno sabía colocar dentro de las reglas del cortejo.
Eduardo giró la taza entre los dedos.
—La escuché reír durante una de mis visitas anteriores —dijo al fin.
—No recuerdo haberlo hecho.
—No fue conmigo. Estaba en el corredor y usted hablaba con Ester. Cuando entré al salón, dejó de hacerlo.
Diane levantó la vista.
—¿Por eso trajo un cachorro?
—Lo traje porque no podía dejarlo encadenado.
—Eso no responde por qué lo trajo a mí.
Eduardo miró hacia el jardín.
—No todas las preguntas necesitan una respuesta inmediata.
Diane reconoció su propia frase escondida dentro de aquella evasión. No insistió. La curiosidad que sintió no era afecto, y mucho menos amor. Era apenas una grieta en la figura oscura que había construido alrededor de él. Por esa grieta entraba una luz incierta: la de un hombre capaz de pagar por un animal condenado y recordar el sonido de una risa que no le pertenecía.
Al terminar la visita, Eduardo se inclinó para despedirse de Liberto. El cachorro le lamió los dedos y luego regresó junto a Diane.
—Traidor —murmuró él.
—Ha elegido una vida insegura.
—Algunos tienen ese privilegio.
La frase devolvió entre ambos la sombra del contrato. Eduardo se colocó los guantes y acompañó a Elvira hacia el carruaje.
Diane permaneció en la terraza mientras el cochero acomodaba la cesta vacía. Liberto aguardó hasta que la portezuela se cerró. Entonces escapó de sus manos y corrió por el jardín.
—¡Liberto!
El cachorro atravesó los rosales, saltó sobre un montón de hojas y llegó hasta la verja antes de detenerse. Olfateó la tierra, dio dos vueltas alrededor del viejo olivo y apoyó las patas delanteras contra el tronco.
Diane se acercó para sujetarlo.
Bajo las uñas del animal, la corteza mostraba siete cortes.
Liberto gimió y comenzó a escarbar entre las raíces.