En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 22
La medalla unida refractaba un destello frío y perfecto en la palma de Evelyn. En el silencio atronador de la habitación, el clic del metal encajado parecía seguir resonando en las paredes de piedra, convirtiéndose en un eco insoportable.
William permaneció inmóvil sobre sus rodillas durante tres segundos eternos. El azul de sus ojos, desenfocado por el licor, se contrajo bruscamente, petrificándose en una expresión de pavor absoluto. La revelación no trajo un abraze ni un suspiro de alivio; cayó sobre su mente como una bomba de fragmentación que desarticuló cada certeza sobre la que había construido su imperio.
Lentamente, como si sus articulaciones estuvieran hechas de plomo, William comenzó a ponerse en pie.
El temblor de sus manos no era ya el de la borrachera, sino el de una convulsión interna. Su respiración se volvió un silbido errático, entorpecido por el aire helado que le quemaba los pulmones. Dio un paso atrás, tambaleándose, apartando la vista del dije brillante antes de volver a clavar los ojos en la mujer que tenía enfrente.
—No... —murmuró. La palabra salió de su garganta como un rasguño, un hilo de voz ahogado por la incredulidad.
Evelyn dio un paso hacia él, sosteniendo el círculo de plata completo entre sus dedos. Las lágrimas le resbalaban sin freno por las mejillas, limpiando el polvo de la estancia y dejando un rastro brillante bajo la luz de la luna.
—William... mira el grabado —susurró ella, con la voz rota por un dolor añejo que por fin salía a la luz—. Es la misma medalla. El corte del fuego, la marca del sauce... la he llevado conmigo desde la noche de la evacuación.
—¡NO! —el grito de William rompió la penumbra con una violencia salvaje, haciendo vibrar los cristales del ventanal.
Dio un salto rabioso hacia adelante. En un parpadeo, la distancia entre ellos se extinguió. William la agarró por ambos hombros con una fuerza descomunal, atrapando la tela de su vestido de lana entre sus puños cerrados. La sacudió con desesperación, una y otra vez, haciendo que los mechones sueltos del cabello de Evelyn cayeran sobre su rostro.
—¡Mentira! ¡Es una vil mentira! —bramó él, su rostro a escasos centímetros del de ella, las venas del cuello hinchadas por una furia ciega y aterrada—. ¡Es un truco de la resistencia! ¡Una trampa miserable de tus jefes en el sector sur para quebrarme la cabeza!
—¡No es ninguna trampa! —gritó Evelyn, intentando sostener la mirada a través del llanto que la sofocaba—. ¡Sabías que estaba viva en algún lugar! ¡Pasaste diez años buscando esto!
—¡Tú no eres ella! —le gritó él en la cara, y el aliento a licor y el calor de su fiebre la envolvieron como una ola abrasadora—. ¡Ella era una niña inocente! ¡Una niña pura que jamás me habría mirado con el asco con el que tú me miras! ¡No eres Evie! ¡Eres una prisionera, una insurgente, una conspiradora que robó ese dije de un cadáver para usarte contra mí!
Las manos de William apretaban sus hombros con tal ferocidad que los nudillos del Comandante estaban blancos. El dolor físico de la presión no era nada comparado con la devastación de ver al hombre que amó en su infancia negando desesperadamente la única verdad que podía salvarlos. Él no podía aceptarlo; aceptar que la mujer que había encadenado, amenazado, humillado y acorralado era su "Evie" significaba admitir que se había convertido en el monstruo que destruyó lo único que prometió proteger.
Admitirlo significaba el colapso definitivo de su propia alma.
—¿Crees que yo quería que fueras tú? —interrumpió Evelyn, golpeándole el pecho con los puños cerrados, intentando liberarse de su agarre sin soltar la medalla—. ¿Crees que yo quería despertar cada mañana en esta jaula y descubrir que el tirano que fusila a mi pueblo es el mismo niño que se quemó las manos por mí? ¡Odiaba tu nombre, William! ¡Odiaba cada estatua, cada decreto, cada gota de sangre que derramaste en Asque!
William apretó los dientes, sacudiéndola una vez más, buscando en la violencia un freno para el abismo que se abría a sus pies.
—¡Cállate! ¡Cállate la boca! —articuló él entre dientes, la voz quebrándose en las sílabas finales.
—¡Mírame! —le exigió ella, dejando que la medalla completa cayera entre los dos, rebotando sobre la tela de su ropa antes de quedar colgada del cordón que aún sostenían—. ¡Mírame a los ojos y dímelo! ¡Dime que no recuerdas la caminata en el barro! ¡Dime que no recuerdas la promesa bajo el sauce antes de que el batallón de la Unión entrara a sangre y fuego!
Evelyn levantó ambas manos y, pasando por alto la furia y el peligro que emanaban de él, le acunó el rostro con las palmas húmedas por las lágrimas. Sintió la piel ardiente de sus mejillas, la barba de tres días y el temblor incontrolable de sus pómulos.
—Mírame... —rogó en un susurro que atravesó la coraza del Comandante—. Soy yo. Soy tu Evie, Will.
La palabra "Will", pronunciada con el mismo tono quebrantado y dulce de la noche en que el orfanato colapsó en llamas, golpeó el pecho de William con la fuerza de un impacto de cañón.
El Comandante se congeló. El tiempo volvió a detenerse en la estancia. Sus pupilas se dilataron al máximo, buscando en las facciones de Evelyn —en el arco de sus cejas, en la pequeña cicatriz junto a su sien, en la luz verdosa de sus ojos inundados por el llanto— la sombra de la niña que había llorado sobre su hombro hace diez años.
Estaba allí. Todo encajaba con una precisión macabra. La terquedad, la botánica, la forma en que no agachaba la cabeza ni ante las bayonetas. Era ella. Siempre había sido ella.
La comprensión lo atravesó como una hoja de acero al rojo vivo. Sus manos, que antes la sujetaban con brutalidad, se aflojaron de golpe. Los dedos de William resbalaron de los hombros de Evelyn como si la tela de su vestido lo quemara.
Dio un paso atrás. Luego otro.
El rostro del gobernante de Asque se desfiguró en una mueca de horror puro. Miró sus propias manos, manchadas de la sangre de la batalla de ayer, las manos que habían firmado la orden de su encierro, las manos que la habían acorralado contra la balaustrada del balcón hours antes.
—No... —susurró él, la voz rota por un sollozo seco y desgarrador que se le escapó del pecho.
—Will, por favor... —Evelyn dio un paso hacia él, extendiendo la mano.
—¡No me toques! —aulló él, retrocediendo a tropicones hasta chocar contra la puerta abierta.
No podía mirarla. La presencia de Evelyn, la luz de la verdad sobre ella, se había vuelto un espejo despiadado que le devolvía la imagen del monstruo deforme en el que se había convertido. Cada insulto que le había lanzado, cada amenaza, cada día de encierro y frío que le había hecho pasar se convirtieron en dagas clavadas en su propia memoria. Él no la había salvado; la había torturado. Había convertido la vida de la persona que más amaba en un infierno.
William no pudo soportarlo más. Su orgullo, su autoridad y su cordura se hicieron añicos en ese instante.
Giró sobre sus talones de manera torpe, trastabillando con el marco de la puerta, y huyó hacia el pasillo. Sus botas resonaron en el mármol en una carrera desesperada y desordenada, el sonido de sus pasos alejándose como el de un animal herido de muerte que busca la oscuridad para esconderse.
En la habitación, Evelyn se dejó caer de rodillas sobre la alfombra. La medalla unida quedó frente a ella sobre el suelo, reflejando la luz de la luna, mientras el eco de la huida de William se perdía en las profundidades de la mansión, dejando tras de sí un silencio devastado y definitivo.