**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: El médico cómplice
El reporte del investigador llegó en un archivo encriptado a las seis de la mañana.
Manuela lo leyó en la cama, con el teléfono en la mano y el rancho todavía en silencio afuera. Tres páginas. Claras, ordenadas, sin adornos, exactamente lo que había pagado.
El doctor Fuentes había recibido cuatro pagos en efectivo de Ernesto Salazar en los tres meses anteriores a la muerte de Héctor. El primero por ochenta mil pesos. Los siguientes tres, más pequeños, más espaciados, como propinas por trabajo bien hecho. El último pago fue depositado en una cuenta secundaria que el doctor usaba para cosas que no quería que aparecieran en su declaración fiscal, dos semanas antes de que Héctor muriera.
El certificado de defunción decía insuficiencia cardíaca.
Héctor Hernández había tenido el corazón de un buey hasta los setenta años. Manuela lo sabía porque había crecido viéndolo trabajar bajo el sol sin parar y quejarse de todo menos de su salud.
Cerró el archivo. Se quedó mirando el techo treinta segundos, que era el tiempo que se permitía para procesar algo antes de decidir qué hacía con ello. Después abrió el chat con el investigador y escribió: Necesito saber dónde está el doctor Fuentes ahora. Dirección, rutina, si sigue ejerciendo. Todo.
Mandó el mensaje. Se levantó. Había una cena esta noche y tenía que prepararse para ella, aunque prepararse en este caso significaba revisar los registros del rancho que Damián había pedido que tuviera listos, no mirarse al espejo más de lo estrictamente necesario.
Damián llegó puntual, como siempre, con una carpeta nueva bajo el brazo y esa costumbre suya de entrar a un cuarto como si ya fuera suyo. Doña Carmen los dejó solos con la cena servida y la discreción de quien sabe exactamente qué está pasando aunque nadie se lo haya dicho.
Empezaron por los números, que era la parte segura.
Manuela había preparado una proyección a seis meses con tres escenarios: optimista, realista y el que llamaba internamente si Ernesto sigue suelto. Damián la revisó sin interrumpirla, haciendo anotaciones en el margen con una letra apretada y ordenada. Cuando terminó, señaló el escenario realista.
—Este es el que más se sostiene. Pero depende de que el ganado de reposición entre antes del siguiente ciclo.
—Ya está en proceso. El veterinario confirma entrega la próxima semana.
—¿Y el riego del potrero sur?
—Terminan mañana.
Damián asintió y pasó a la siguiente hoja. Manuela lo miraba trabajar y pensaba en el reporte del investigador, en el doctor Fuentes y sus cuatro pagos en efectivo, en si debía contárselo a Damián o si esa información todavía era demasiado frágil para compartirla con alguien que, por mucho que estuviera ayudando, seguía siendo el hombre que podía quedarse con su manantial si todo salía mal.
Decidió que todavía no.
—Hay algo más —dijo Damián, y cerró la carpeta—. El registro catastral del manantial tiene un error de linderos que Ernesto nunca corrigió. Si lo dejamos así y hay una disputa legal sobre las tierras, ese error puede usarse en tu contra.
—¿Qué tipo de error?
—Cuarenta metros de diferencia en el lindero norte. Pequeño en papel. Grande en litigio.
Manuela procesó eso. Cuarenta metros en el lindero norte era exactamente donde estaba uno de los jagüeyes principales. Si alguien decidía disputar ese lindero, perdía el jagüey y con él la mitad del sistema de distribución de agua.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Esta semana. —Damián la miró—. Lo menciono ahora porque si Valentina tiene un abogado bueno, y lo tiene, lo va a encontrar también.
—¿Se puede corregir?
—Con un deslinde nuevo y la firma del administrador. —Pausa—. Ernesto.
Los dos se quedaron en silencio un momento considerando la ironía de necesitar la firma de Ernesto para protegerse de Ernesto.
—Qué conveniente —dijo Manuela.
—Sí.
—¿Hay forma de hacerlo sin su firma?
—Hay una figura legal que permite la corrección catastral por error de medición histórico si el propietario la solicita directamente ante el registro. Toma más tiempo pero no necesita al administrador.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres meses si el juez que te tocó es eficiente. Cuatro o cinco si no lo es.
Manuela hizo la cuenta. Tres meses de seis que tenía. Era demasiado tiempo perdido en un trámite que Ernesto podía bloquear de otras formas mientras avanzaba.
—Lo iniciamos esta semana —dijo.
Damián asintió y pasó la siguiente hoja hacia ella sobre la mesa. Era un plano catastral con el lindero marcado en rojo. Manuela se inclinó para verlo mejor y Damián hizo lo mismo desde su lado para señalar el punto exacto, y entonces sus manos quedaron a dos centímetros una de la otra sobre el papel y los dos lo notaron al mismo tiempo.
Damián no la rozó adrede. Fue el movimiento natural de señalar algo en un mapa, el dedo índice sobre el lindero norte, y su mano quedó sobre la de ella medio segundo antes de que cualquiera de los dos reaccionara.
Ninguno se movió de inmediato.
Uno. Dos. Tres segundos. El plano catastral seguía ahí, perfectamente importante, perfectamente ignorado.
Damián retiró la mano primero. Manuela apartó la suya. Los dos miraron el plano como si acabara de volverse muy interesante.
Cuatro segundos de silencio que pesaban más que toda la conversación anterior.
—El lindero norte —dijo Damián finalmente.
—Ya lo veo —dijo Manuela, y su voz salió normal, lo cual fue un logro técnico considerable.
Terminaron de revisar los documentos en veinte minutos más. Doña Carmen trajo café sin que nadie lo pidiera, que era su forma de seguir participando en algo a lo que no la habían invitado. Cuando los papeles quedaron en orden y la proyección financiera acordada, hubo un silencio diferente al de la revisión. Menos productivo. Más incómodo.
Damián no hizo ademán de irse.
Manuela no hizo ademán de pedirle que se fuera, que también era una decisión aunque no lo pareciera.
—¿Encontraste algo más sobre el médico? —preguntó Damián.
Manuela lo miró.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque llegaste esta noche con algo en la cabeza que no eran los registros del rancho. Lo tenías desde que empezamos y lo guardaste todo el tiempo. —La miró directamente—. No es crítica. Es observación.
Maldito hombre observador.
—El investigador tiene avances —dijo Manuela, midiendo cada palabra—. Todavía no son suficientes para hacer nada con ellos.
—¿Suficientes para preocuparte?
—Suficientes para saber que voy en la dirección correcta.
Damián asintió despacio. No insistió, que era exactamente lo que Manuela no esperaba y que por alguna razón le resultó más difícil de manejar que si hubiera preguntado más.
—¿Tienes miedo de mí, Manuela? —dijo en voz baja.
No fue una pregunta de galán. Fue una pregunta directa, sin adornos, de alguien que lleva semanas viendo a una persona construir muros con la eficiencia de quien lleva años practicando y quiere saber si él específicamente es parte de lo que está del otro lado.
Manuela lo miró. Pensó en decirle que no era ese tipo de conversación. Pensó en un comentario sarcástico que le diera tiempo. Pensó en levantarse a buscar más café que no necesitaba.
—De ti, no —dijo—. De lo que me pasaría si te dejo acercarte más, sí.
Damián procesó eso sin apartar la vista.
—¿Y qué te pasaría?
Manuela recogió sus papeles de la mesa.
—Eso —dijo— todavía no te lo voy a decir.