Una noche de borrachera, un auto destruido y un desconocido furioso. Así comienza la historia de Liandra: hacker, peleadora y dueña de una lengua tan afilada como su inteligencia.
Cuando destroza por accidente el auto de Henry Fernandes —multimillonario, CEO de tecnología y hombre acostumbrado a tener el control absoluto—, él le ofrece una salida que nadie esperaría: un matrimonio por contrato. Dos años. Reglas claras. Sin sentimientos.
Pero Liandra no es la esposa sumisa que la familia de Henry imaginaba. Abofetea rivales, hackea sistemas de seguridad, baila sobre mesas borracha y le dice "maridito" con una sonrisa que mezcla ironía y desafío.
Henry tampoco es lo que aparenta. Detrás de la fachada de empresario impecable se esconde un hombre con gustos peculiares… y un pasado que convirtió la intimidad en territorio de control. Cuando Liandra cruza esa línea, no retrocede. Pide más.
Lo que empieza como un acuerdo de conveniencia se transforma en algo que ninguno de los dos planeó: risas a las tres de la mañana, celos que queman, confesiones susurradas en la oscuridad y un "te amo" que tarda demasiado en llegar.
Pero cuando un primo obsesivo con trastornos psicópatas fija su mirada en Liandra, el contrato deja de importar. Lo que está en juego ya no es un acuerdo de papel.
Es la vida de la mujer que Henry ama.
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capítulo 5
En el despacho, el clima era denso.
Liandra estaba sentada frente a la mesa, todavía intentando procesar todo, mientras Henry la observaba con esa mirada calculadora.
Sin rodeos, tomó una carpeta, la abrió y deslizó un documento hacia ella.
— Tengo una propuesta para ti.
Su voz era firme, directa.
— Si aceptas, al final de este contrato recibes un millón… y resuelves tu vida. Si no aceptas… pagas la reparación de mi auto, que quedó en 35 mil. O vas presa.
Silencio.
Pesado.
— La elección es tuya.
Liandra parpadeó varias veces, sorprendida por la franqueza.
— Vaya… eres directo, ¿no?
— Siempre lo soy.
Ella tomó el contrato, curiosa… y entonces vio el título.
Contrato de matrimonio.
Su corazón dio un pequeño salto.
Él no explicó mucho. Solo continuó:
— Tienes tres días para decidir. Si aceptas, durante dos años te pago diez mil al mes. Así cubres el daño… y el resto es tuyo.
Ella escuchó todo con atención, absorbiendo cada palabra.
— ¿Y si no acepto?
Él la encaró, serio.
— Ya te dije lo que pasa.
Se quedó en silencio, pensativa… el mundo girando demasiado rápido.
Fue cuando él se levantó.
Despacio.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio con una presencia imposible de ignorar.
— No es una decisión tan difícil… — dijo en tono más bajo.
Liandra sintió el rostro arder, se mordió el labio sin darse cuenta, intentando mantener el control.
Pero él estaba demasiado cerca.
Demasiado intenso.
Por un instante, el aire entre los dos pareció cambiar.
Él sujetó levemente su cintura, firme, como si pusiera a prueba un límite invisible.
Y ella… no se alejó.
Las miradas de ambos se encontraron, cargadas de algo nuevo. Peligroso.
El beso llegó de repente.
Fuerte. Sorpresivo.
De esos que te quitan el piso por un segundo.
Liandra se perdió ahí, sin saber exactamente por qué… ni cómo parar.
Cuando finalmente se apartó, necesitando aire, todavía parecía aturdida.
— Vaya… — murmuró, sin aliento.
Henry la observó, como si ya conociera el efecto que causaba.
Se alejó con calma, retomando el control como si nada hubiera pasado.
— La elección es tuya — dijo, con un leve tono de desafío. — Piénsalo bien.
Liandra todavía estaba intentando recomponerse cuando se levantó y salió del despacho.
De vuelta en la habitación donde había despertado, encontró una muda de ropa cuidadosamente separada para ella.
Todo preparado.
Como si él hubiera planeado cada detalle.
Y ahí, en sus manos…
el contrato.
Pesado.
Tentador.
Peligroso.
Y, por primera vez…
Liandra se dio cuenta de que aquello no era solo una salida.
Era el comienzo de algo mucho más grande.
Liandra no lo pensó dos veces.
Se puso la ropa que él había dejado, tomó el contrato… y se fue.
El camino a casa fue un borrón. Su cabeza estaba demasiado llena para prestar atención a cualquier otra cosa.
En cuanto entró al departamento, tiró la bolsa al sofá, caminó de un lado a otro por unos segundos… e hizo lo que siempre hacía cuando el mundo se ponía de cabeza.
Les llamó a las chicas.
Sus tres amigas.
Su gente.
La videollamada conectó rápido.
— ¡AMIGA, DESAPARECISTE! — Mariana apareció primero, prácticamente gritando en la pantalla.
Enseguida aparecieron Bianca y Fernanda también.
— ¿Qué te pasó? — preguntó Bianca, ya con desconfianza.
Liandra respiró hondo.
— No me van a creer…
Y contó.
Todo.
Del novio traidor… al auto destruido… hasta Henry Fernandes… y, por último, el contrato.
Silencio.
Tres segundos de silencio absoluto.
Lo cual, viniendo de ellas, era preocupante.
Hasta que—
— ¿¡AMIGA?! — Mariana casi se metió por la pantalla. — ¿¡El Henry Fernandes?!
— El mismísimo… — respondió Liandra, aventando el contrato sobre la mesa. — Y ahora tengo esto.
Bianca cruzó los brazos, pensativa.
— Ok… eso es… demasiado.
Fernanda entrecerró los ojos.
— Espera. ¿Ese hombre no tiene una fama medio… peculiar?
Liandra frunció el ceño.
— ¿Peculiar cómo?
Mariana puso una cara cargada de significado.
— Digamos que… le gustan unas cosas más… intensas.
Bianca soltó una risita.
— ¡Mariana!
— ¿Qué? ¡Es lo que dicen!
Las tres rieron, rompiendo un poco la tensión.
Fernanda entonces se puso más seria, apoyando el mentón en la mano.
— Mira… siendo bien honesta: aprovecha, tonta.
Liandra levantó una ceja.
— ¿Aprovechar qué? ¿Un contrato loco con un hombre que conocí ayer?
— Un hombre que no te fue infiel — replicó Fernanda, directa. — A diferencia del otro.
Bianca asintió.
— Y seamos sinceras… nunca nos cayó bien tu ex.
— Nunca — completó Mariana. — Solo lo tolerábamos por ti.
Liandra puso los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa se le escapó.
Fernanda continuó:
— Estás sin empleo, Li. Esto te resuelve la vida. Dinero, estabilidad… y, por lo que tú misma dijiste…
Bianca interrumpió con media sonrisa:
— No parece ser un problema para la vista.
Mariana se echó a reír.
— ¿Problema? ¡Eso es una solución!
— ¡MARIANA! — dijeron las tres al mismo tiempo.
Liandra se pasó la mano por la cara, riendo a pesar de todo.
— No están ayudando…
— Claro que sí — dijo Bianca. — Solo que no de la forma que querías.
Silencio por un momento.
Liandra miró el contrato sobre la mesa.
Pesado.
Tentador.
Arriesgado.
— Tengo tres días… — murmuró.
Mariana se acercó a la cámara, seria por primera vez.
— Entonces piénsalo bien, amiga. Pero piensa en ti esta vez. No en promesas, no en el pasado… en ti.
Fernanda completó:
— Y en lo que quieres para tu vida.
Bianca le dedicó una sonrisa suave.
— Sea cual sea tu decisión… estamos contigo.
Liandra respiró hondo.
Y, por primera vez desde esa noche caótica…
no se sentía sola para decidir.