Un divorcio es solo el principio
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Recuerdos frios
Dante se quedó solo en el rincón más oscuro de la barra, observando el fondo de su vaso de cristal. Viktor se había marchado con esa zancada de lobo que lo caracterizaba, pero Dante no podía moverse. El aire del salón, cargado de perfumes caros y risas hipócritas, se sentía pesado.
Cerró los ojos y, por un segundo, el ruido de la gala desapareció.
Se vio a sí mismo a los ocho años, corriendo por el jardín de la casa de verano de los padres de Elena. Ella siempre iba adelante, con las rodillas raspadas y una determinación que lo asustaba y lo fascinaba a partes iguales. "¡Dante, si no saltas el muro, te quedas atrás!", le gritaba ella. Él siempre saltaba, no por valentía, sino porque la idea de un mundo sin Elena adelante era insoportable.
Luego, el recuerdo cambió a la adolescencia. El primer baile, el primer secreto compartido. Él siempre fue el protector silencioso, el que sabía que ella era demasiado fuego para un mundo tan frío.
Pero el recuerdo más amargo llegó de golpe: la tarde del anuncio.
Hacía diez años. Estaban en el muelle de la casa de campo. Elena llevaba un vestido sencillo, lejos de las sedas y diamantes de esta noche. Se veía radiante, pero con una luz que Dante no lograba comprender.
—Me voy a casar con él, Dante —había dicho ella, mirando el horizonte.
—¿Con Alberto? —Dante casi se atragantó con su propia rabia—. Elena, ese tipo no tiene dónde caerse muerto. No tiene apellido, no tiene visión... no tiene nada que ofrecerte.
Ella se dio la vuelta y lo miró con esa chispa de idealismo que hoy, en la gala, parecía muerta.
—Precisamente por eso, Dante. Él me necesita. Con él, yo no soy solo "la heredera". Con él, soy la arquitecta de algo nuevo. Voy a ayudarlo a ser el hombre que sé que puede ser.
—Te vas a anular, Elena. Vas a borrar tu nombre para escribir el suyo —le advirtió él, con la voz rota—. Estás entregando un diamante a cambio de un trozo de carbón con esperanza de que brille.
—Si yo lo pulo, brillará —respondió ella con una seguridad aplastante.
Dante abrió los ojos en el presente. Dio un trago largo al whisky, sintiendo el ardor en la garganta. Tenía razón. Había pasado una década viendo cómo ella se marchitaba en las sombras, puliendo a un idiota que terminó por ensuciarla.
Miró a Elena al otro lado del salón. Se veía más hermosa que nunca, pero ya no tenía esa luz suave del muelle. Ahora era de acero. El "carbón" nunca brilló, solo la manchó de hollín, y ella acababa de soltarlo para siempre.
—Diez años esperándote, Elena —susurró Dante para sí mismo, dejando el vaso vacío sobre la barra—. Y ahora que vuelves a ser tú, tengo a un ruso psicópata y a medio mundo queriendo un pedazo de tu libertad.
Se puso de pie, ajustándose el esmoquin. Sabía que Viktor no se detendría, pero él tampoco. Había sido el "amigo" durante demasiado tiempo, y no estaba dispuesto a perderla otra vez ante un hombre que solo viera en ella un trofeo de guerra.