Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 1
La tarde de abril moría sobre los tejados de la ciudad, tiñendo el cielo de un tono violáceo que presagiaba tormenta. En el interior del apartamento, ajeno al frío que comenzaba a colarse por las rendijas de los ventanales, el ambiente conservaba el aroma dulce y reconfortante del chocolate tibio y el talco infantil. Era el santuario que Leonela había construido con uñas y dientes tras el colapso de la empresa textil de su familia; un refugio de paredes blancas y muebles sencillos donde cada rincón intentaba gritar que el pasado ya no podía alcanzarlos.
Santiago, sentado sobre sus talones en la alfombra de felpa beige, tarareaba una canción sin letra mientras deslizaba un tiranosaurio de plástico verde sobre una montaña hecha de cojines. A sus cuatro años, el niño poseía una agudeza que a Leonela la desarmaba y la aterrorizaba a partes iguales; una forma de mirar fija, heredada de un linaje que solo había dejado deudas y cenizas, pero que en sus pupilas claras se transformaba en pura inocencia.
Leonela lo observaba desde el umbral de la cocina, sosteniendo una taza de porcelana desportillada entre las manos. Llevaba un jersey de lana gris que le quedaba intencionadamente grande, resbalando por uno de sus hombros y revelando la delicadeza de su clavícula y la piel pálida que contrastaba con su cabello oscuro y rebelde, recogido en un moño descuidado. A pesar de los jeans desgastados y la ausencia de los lujos que habían rodeado su juventud, emanaba una sensualidad cruda, humanizada por la maternidad y el cansancio; una belleza que residía en la tensión de su postura y en la forma en que sus ojos oscuros devoraban cada movimiento de su hijo, como si temiera que el aire se lo llevara.
—Mira, mamá —dijo Santiago, levantando el juguete con orgullo—. El dinosaurio protege la montaña para que los monstruos no suban.
Leonela dejó la taza sobre la encimera y se arrodilló a su lado. La seda de su piel rozó la lana del jersey mientras se inclinaba, envolviendo al niño en el aroma a jazmín que siempre la acompañaba. Con un gesto impregnado de una ternura infinita, le apartó un mechón de cabello castaño de la frente, acariciando la suavidad de su mejilla con el reverso de sus dedos. Sus manos, aunque pequeñas, transmitían la firmeza de quien se ha convertido en escudo.
—Eres el caballero más valiente de la montaña, mi amor —susurró ella, y su voz, una franqueza cortante para el resto del mundo, se volvió un bálsamo de seda—. Pero los caballeros también tienen que cenar. Ve a lavarte las manos mientras mamá prepara los platos.
El niño asintió, soltando el juguete con un quejido alegre, y corrió hacia el pasillo con ese galope rítmico que era la música favorita de Leonela. Ella se quedó un momento en el suelo, recogiendo los cojines, sintiendo el calor residual del cuerpo de su hijo en el ambiente. Fue en ese instante de aparente calma cuando el sonido llegó.
Un golpe seco. Algo metálico golpeando contra la madera de la puerta principal.
El corazón de Leonela dio un vuelco violento, una pulsación helada que le congeló la respiración en la garganta. No era el cartero; los envíos habituales se dejaban en la recepción de la planta baja. Se puso de pie con una lentitud táctica, sus músculos tensándose bajo el jersey gris, la agudeza de sus sentidos enfocada en el silencio sepulcral que de pronto se había instalado en el piso.
Se acercó a la entrada con pasos felinos, descalza sobre el parqué frío. A través de la mirilla, el pasillo comunitario estaba desierto, bañado por la luz mortecina de los fluorescentes. Sin embargo, en el suelo, justo debajo de la ranura del correo, descansaba un sobre de papel grueso, de un color negro mate que resultaba obsceno contra el blanco de la entrada.
Leonela abrió la puerta apenas unos centímetros, lo suficiente para deslizar la mano y recoger el objeto. El papel se sentía pesado, frío, como si guardara el invierno en su interior. Al cerrarla con llave, el chasquido del cerrojo sonó como una sentencia.
Regresó al salón, sentándose en el borde del sofá de espaldas a la entrada del pasillo para que Santiago no pudiera verla si regresaba. Con dedos temblorosos que contrastaban con la rigidez de su mandíbula, rasgó el lacre negro que sellaba el sobre. Dentro no había una carta larga, ni una explicación detallada; solo una fotografía de alta resolución y una nota manuscrita con una caligrafía impecable, casi corporativa.
La fotografía mostraba a Santiago esa misma mañana, saliendo del jardín de infancia, de la mano de Leonela. En la imagen, el rostro del niño estaba encerrado en un círculo rojo, trazado con un marcador que parecía simular una diana.
Leonela sintió que el oxígeno desaparecía del salón. Un sudor frío le perló la frente y una náusea violenta le revolvió el estómago. El terror interno no fue un grito, fue una parálisis total, un rugido de la amenaza que desmantelaba su precaria paz. Sus ojos devoraron las líneas escritas abajo:
"Los errores de tu padre no murieron con él en el incendio, Leonela. Las deudas de la textilera cambiaron de manos, y el nuevo dueño no acepta la bancarrota como respuesta. Tienes cuarenta y ocho horas para presentarte en el muelle 14 con las escrituras restantes de los terrenos del norte. Si decides huir, el círculo de la foto se cerrará. Nadie juega con el imperio Vancini y conserva su herencia."
La firma al pie era una simple inicial en tinta dorada: G.
El nombre de Gael Vancini no se mencionaba directamente, pero Leonela no necesitaba leerlo. El titán de la industria naviera, el hombre cuya sombra cubría los puertos y las finanzas del país como una marea negra, había encontrado el rastro de la última superviviente de los deudores. Su tío Alberto siempre le había dicho que la muerte de su padre había saldado las cuentas, pero aquella nota demostraba que los monstruos del pasado corporativo no se conformaban con tumbas; querían propiedad viva.
Un escalofrío que combinaba el pánico con una extraña y punzante descarga de adrenalina recorrió su espina dorsal. La sensualidad de su pánico era cruda: la blusa bajo el jersey se adhirió a su piel debido a la súbita transpiración, y sus pezones se tensaron por la violenta descarga de cortisol que recorría su cuerpo. Estaba sola. Estaba acorralada en un piso de sesenta metros cuadrados con la criatura que más amaba en el universo, y el hombre más peligroso de la ciudad acababa de ponerle precio a su seguridad.
—¿Mamá? Ya estoy limpio.
La voz de Santiago desde el umbral del salón actuó como un latigazo. Con un movimiento reflejo que exigió cada pizca de su control emocional, Leonela dobló la nota y la fotografía, escondiéndolas en el bolsillo profundo de su jersey gris. Se giró hacia su hijo, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que conservaba la dulzura necesaria para mantener el monstruo fuera de su mundo un poco más.
—Perfecto, mi amor —dijo ella, su voz saliendo con una franqueza cortante que intentaba sepultar el temblor de sus cuerdas vocales—. Siéntate en la mesa. Mamá va a servir la cena.
El niño corrió hacia la cocina, pero Leonela se quedó inmóvil en el centro del salón por unos segundos más. Observó el tiranosaurio de juguete en la alfombra, el guardián de la montaña que nada podía hacer contra los hombres de carne y hueso que acechaban en la sombra. El pasado familiar, con sus mentiras y su codicia, acababa de estallar en sus manos, y la seguridad de Santiago ya no era una garantía, sino una mercancía con fecha de caducidad.
Leonela miró hacia el ventanal, donde la noche ya se había tragado por completo los últimos rayos de sol. Sabía que las cuarenta y ocho horas ya habían comenzado a correr. No tenía los terrenos, no tenía el dinero, y el imperio Vancini no era conocido por la piedad de sus ejecuciones. Sin embargo, mientras escuchaba el sonido de la cuchara de Santiago golpeando el plato en la cocina, el terror interno comenzó a transformarse en algo distinto: una resolución mortal. La leona estaba asustada, sí, pero el rugido de la amenaza enemiga solo había conseguido despertar el instinto más primitivo de una madre que preferiría quemar la ciudad antes de permitir que una sola mano tocara a su cachorro. El capítulo uno terminaba con el silencio de la noche y el inicio de una cuenta atrás que cambiaría sus vidas para siempre.