Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 1
Sentada frente al escritorio de su padre, Madeline mantenía las manos unidas sobre el regazo mientras escuchaba el interminable sermón. El despacho del conde Fairchild era tan impecable como intimidante; los estantes repletos de libros, el pesado escritorio de madera oscura y el silencio opresivo que parecía envolver cada rincón hacían que el lugar se sintiera más como una sala de juicio que como el despacho de un padre.
—La hija de los Beaumont ya recibió tres propuestas de matrimonio este año.
El hombre ni siquiera levantó la vista de los documentos que revisaba.
—Y aun así sigues sin convertirte en una duquesa.
Madeline bajó ligeramente la mirada. No respondió. Había aprendido hacía mucho tiempo que discutir con su padre era inútil. Nada de lo que dijera cambiaría su opinión, y cualquier intento de justificarse solo terminaría convirtiéndose en una nueva razón para decepcionarlo.
—Tu compromiso con el duque Ashford debería haber sido suficiente para asegurar tu posición.
La voz del conde se endureció.
—¿O acaso ni siquiera eres capaz de retener la atención de tu propio prometido?
Las palabras golpearon más fuerte de lo que deberían. No porque fueran nuevas, sino porque eran ciertas. Durante años había intentado acercarse a Elías Ashford, llamar su atención, provocar aunque fuera una pequeña reacción en él. Sin embargo, todo había sido inútil. Para el duque, ella parecía no ser más que una obligación que debía tolerar.
Madeline sonrió suavemente.
Una sonrisa cansada.
—Lo intentaré más, padre.
El conde finalmente levantó la vista de los documentos. Sus ojos la recorrieron con frialdad antes de asentir.
—Eso espero.
La conversación terminó ahí.
Como siempre.
Sin afecto.
Sin orgullo.
Sin una sola palabra de aliento.
Madeline hizo una pequeña reverencia y abandonó el despacho. La puerta se cerró a su espalda con un sonido suave, pero para ella fue suficiente para sentir que podía volver a respirar.
Nadie la llamó para detenerla.
Nadie preguntó si se encontraba bien.
Nadie pareció notar el cansancio que ocultaba detrás de aquella sonrisa educada.
Caminó por los largos pasillos de la mansión Fairchild con la misma elegancia que le habían enseñado desde niña. La espalda recta. El mentón en alto. Los pasos tranquilos. La imagen perfecta de una dama noble.
Era una actuación que conocía demasiado bien.
Cuando finalmente llegó a su habitación, cerró la puerta tras de sí y dejó escapar un suspiro apenas audible.
Solo entonces permitió que sus hombros se relajaran.
Solo entonces dejó de fingir.
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales, envolviendo la estancia en una melancolía difícil de describir. El cielo gris parecía extenderse hasta el infinito, tan vacío como la expresión de la joven mientras se acercaba a la ventana.
Sobre la pequeña mesa de té reposaba una bandeja intacta y, a su lado, una carta arrugada por haber sido abierta y cerrada demasiadas veces. Había llegado aquella misma mañana desde la capital.
No era una carta de amor.
Tampoco una disculpa.
Ni siquiera unas palabras dirigidas a ella.
Era un informe oficial enviado por uno de los asistentes del duque.
Su prometido no regresaría esa semana.
Otra vez.
Madeline bajó la mirada hacia el papel y una sonrisa amarga apareció en sus labios.
Ni siquiera se había molestado en escribir personalmente.
No debería dolerle.
Después de tantos años, debería haberse acostumbrado.
Sin embargo, el corazón humano era extraño. Incluso cuando sabía que no debía esperar nada, una parte de ella seguía haciéndolo.
Una parte pequeña y obstinada que se negaba a morir.
La joven cerró los ojos por un instante.
Recordó a la niña que había sido años atrás. Aquella que sonreía cada vez que escuchaba el nombre de Elías Ashford. La que soñaba con caminar a su lado durante los bailes. La que creía que algún día él la miraría con el mismo cariño que ella le profesaba.
Qué ingenua había sido.
Una suave risa escapó de sus labios.
Ni siquiera podía culparlo.
Elías jamás le había prometido amor.
Jamás le había susurrado palabras dulces.
Jamás le había dado falsas esperanzas.
Había sido ella quien, durante años, se aferró a sentimientos que nunca fueron correspondidos.
Las lágrimas no llegaron.
Hacía mucho tiempo que había dejado de llorar.
Estaba cansada.
Terriblemente cansada.
Cansada de intentar ser suficiente.
Cansada de justificarlo.
Cansada de decepcionar a su padre.
Cansada de amar sola.
Su mirada volvió al jardín.
Las rosas florecían pese a la lluvia.
Hermosas.
Silenciosas.
Indiferentes.
De alguna manera, las envidió.
El peso que oprimía su pecho desde hacía años parecía crecer con cada respiración. No era dolor físico. Era algo más profundo. Algo que se había acumulado lentamente con el paso del tiempo, como pequeñas grietas que terminaban por romper incluso el cristal más resistente.
Una tristeza que ningún médico podía curar.
Un vacío imposible de llenar.
Madeline apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón mientras observaba las gotas resbalar por el cristal.
Sus párpados comenzaron a volverse pesados.
Solo quería descansar.
Por una vez en su vida, quería dejar de luchar.
Por una vez, quería dejar de esperar.
La oscuridad comenzó a envolverla lentamente.
Y mientras su conciencia se desvanecía, una única idea cruzó su mente.
Quizá en otra vida...
...podría ser feliz.
Entonces todo desapareció.
Silencio.
Oscuridad.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada