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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 1
...Palabras de la Autora...
...Queridos lectores,...
...Sean bienvenidos a este viaje a través de la niebla, los secretos de los pueblos antiguos y el inevitable llamado del destino. "La Doncella y el Alfa" es una historia nacida de la pasión por el misterio, el romance fantástico y la fuerza de esos lazos que ni el tiempo ni el peligro pueden romper....
...Quiero agradecer profundamente a cada uno de ustedes por abrir estas páginas y adentrarse conmigo en el espeso bosque de Oakhaven. Esta novela está escrita con el corazón, pensando en aquellos que disfrutan de las emociones intensas, de los héroes imponentes pero protectores, y de las heroínas que descubren su propia fuerza en medio de la adversidad....
...Espero que disfruten de la historia de Alondra y Caleb tanto como yo he disfrutado dándoles vida. Dejen que la luna llena los guíe....
...Con todo mi cariño,...
...Luna Azul...
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El frío de la madrugada calaba hasta los huesos, pero no tanto como el terror que atenazaba el corazón de Alondra. Sus manos, atadas firmemente con una soga de cáñamo áspero, temblaban sin control. Caminaba a trompicones por el Sendero de las Sombras, empujada cruelmente por los mismos hombres que antes llamaba vecinos, tíos, amigos. Nadie la miraba a los ojos. En el pueblo de Oakhaven, mirar al sacrificio a la cara se consideraba una maldición.
—Camina, Alondra. No hagas esto más difícil —susurró el alcalde, un hombre de rostro severo y ojos hundidos por el miedo. En su mano derecha sostenía una antorcha cuya luz vacilante apenas lograba rasgar la densa niebla del bosque.
—¿Por qué yo? —preguntó ella por centésima vez, con la voz quebrada. Las lágrimas habían trazado surcos limpios sobre sus mejillas cubiertas de polvo—. Mi familia... mi padre... pagamos los tributos.
—La manada exige carne fresca, una vida humana para renovar el pacto de no agresión. Tu nombre salió en el sorteo. Es el destino. Tu muerte salvará a cien niños este invierno —respondió el alcalde, aunque sus palabras sonaban vacías, como un mantra memorizado para acallar su propia conciencia.
Mentiras. Alondra sabía que el sorteo había sido manipulado. Su padre era un humilde leñador viudo, sin oro para sobornar al consejo del pueblo. Los hijos de los comerciantes ricos dormían seguros en sus camas tibias mientras ella era conducida al matadero.
Llegaron al Gran Límite: un claro circular donde los árboles colosales se alzaban como guardianes mudos. En el centro, una piedra rectangular de granito negro, manchada por la lluvia y los líquenes, servía de altar. Era el lugar donde los humanos dejaban ofrendas de ganado, trigo y, cada cincuenta años, una doncella.
Los hombres la obligaron a arrodillarse junto a la piedra. Con rapidez y manos torpes por la prisa, amarraron el extremo de su soga a una argolla de hierro incrustada en la roca. Alondra no gritó; el pánico la había paralizado por completo, reduciendo su respiración a jadeos superficiales.
—Que los dioses se apiaden de tu alma, Alondra —dijo el alcalde.
Sin perder un segundo, los hombres se dieron la vuelta y corrieron de regreso por el sendero. Sus antorchas se alejaron rápidamente hasta convertirse en pequeñas chispas naranjas que finalmente se ahogaron en la oscuridad.
Alondra se quedó completamente sola. El silencio del bosque era absoluto, denso, casi tangible. Cada crujido de una rama seca resonaba en sus oídos como un trueno. Sabía lo que decían las leyendas de los ancianos: los lobos de las tierras altas eran monstruos sedientos de sangre, bestias demoníacas gigantescas capaces de desgarrar a un hombre en un abrir y cerrar de ojos, liderados por un Alfa despiadado que disfrutaba con el sufrimiento humano.
Cerró los ojos fuertemente, esperando el dolor, las garras, los colmillos atravesando su garganta. El frío del suelo de piedra se filtraba a través de su delgado vestido blanco de lino, el atuendo ritual del sacrificio. El tiempo pareció dilatarse. Minutos que se sentían como horas.
De repente, la niebla comenzó a agitarse. El olor del bosque cambió; el aroma a tierra húmeda y pino fue reemplazado por algo más intenso, una fragancia almizclada, a tormenta eléctrica y ozono. Un escalofrío completamente diferente recorrió la espina dorsal de Alondra.
Un gruñido sordo, vibrante y tan profundo que hizo eco en el suelo, rompió el silencio. Alondra abrió los ojos con horror.
Frente a ella, emergiendo de la bruma como una aparición de las peores pesadillas, apareció una silueta colosal. Un lobo. Pero no era un lobo común. Era del tamaño de un caballo percherón, con un pelaje espeso y erizado de un color rojo oscuro, tan profundo que parecía sangre coagulada bajo la pálida luz de la luna llena. Sus patas eran gruesas, armadas con garras que dejaban surcos en la tierra húmeda, y sus hombros desbordaban una musculatura pura y letal.
Sin embargo, lo que congeló la sangre de Alondra fueron sus ojos. No eran los ojos amarillos y vacíos de un animal salvaje. Eran de un dorado ardiente, inteligentes, antiguos y fijos enteramente en ella.
La bestia se acercó con pasos lentos y calculados, sin hacer el menor ruido a pesar de su inmenso tamaño. Alondra se encogió contra la piedra de granito, deseando que la tierra se la tragara. La soga le impedía moverse más de unos pocos centímetros. El lobo rojo se detuvo a escasos pasos. Su aliento cálido, que salía en columnas de vapor blanco por el frío, golpeó el rostro de la joven.
Alondra contuvo la respiración, las lágrimas resbalando en silencio. "Este es el fin", pensó, apretando los puños.
El inmenso lobo inclinó la cabeza, olfateando el aire con insistencia. Sus ojos dorados se abrieron de par en par, y de repente, una sacudida pareció recorrer todo el cuerpo del animal. El gruñido amenazante cesó por completo. En su lugar, el monstruo emitió un sonido que Alondra jamás habría esperado: un gemido bajo, casi quejumbroso, lleno de una extraña urgencia.
La bestia dio un paso más, acortando toda distancia, y presionó su enorme y húmedo hocico directamente contra el cuello de Alondra, justo sobre el latido frenético de su pulso. Ella ahogó un grito, esperando la dentellada, pero los colmillos nunca llegaron. El lobo solo inhalaba su aroma, temblando visiblemente, como si hubiera encontrado algo que había buscado durante mil vidas.