Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 19: El Desafío de la Costura
La atmósfera dentro de la exclusiva galería privada en el distrito de Saint-Germain-des-Prés desbordaba sofisticación francesa. Scarlett Sinclair había organizado un evento íntimo y sumamente selecto para presentar los nuevos avances de sus diseños de alta costura a los compradores, críticos y distribuidores más influyentes de Francia. El espacio, iluminado por luces tenues que destacaban la caída impecable de los textiles, estaba inundado por el sonido suave de copas de cristal y conversaciones fluidas en francés. Para Scarlett, esta noche era la consolidación de su independencia, la prueba definitiva de que su talento podía brillar con luz propia en el corazón de Europa sin necesidad de estar bajo la sombra de ningún gigante corporativo de Nueva York.
Dominic Sterling cruzó el umbral del recinto casi al inicio de la velada. Sin embargo, esta vez el escenario era drásticamente diferente al de sus habituales apariciones públicas. No llegó flanqueado por asistentes ejecutivos, ni la prensa se agolpó a su alrededor buscando declaraciones sobre fusiones comerciales. Despojado del aura de dueño absoluto del lugar, Dominic caminó con paso discreto hacia el fondo del salón y tomó asiento en la última fila de sillas dispuestas para los espectadores. Tragándose el inmenso orgullo que durante años había dictado cada uno de sus movimientos, el magnate se acomodó en la penumbra, cruzando las piernas y manteniendo la mirada fija en el escenario, aceptando su rol como un espectador más en el universo que Scarlett ahora gobernaba.
Cuando las luces principales se atenuaron y los primeros diseños aparecieron en la pasarela, la sala contuvo el aliento. Las prendas mostraban una evolución artística deslumbrante; la sensualidad y la estructura se mezclaban con una fluidez que cautivó de inmediato a los críticos parisinos. Al finalizar el recorrido de las modelos, Scarlett salió a agradecer la recepción de su público. Lucía espectacular, vistiendo un traje sastre blanco de seda de su propia colección, subida en sus impecables tacones de aguja que acentuaban su presencia imponente. Su rostro reflejaba una seguridad desbordante y una paz que Dominic hacía mucho tiempo no le veía.
Durante el cóctel posterior, Dominic permaneció en su rincón oscuro, observando cómo Scarlett era el centro absoluto de atención. Varios hombres de la alta sociedad parisina —aristócratas adinerados, editores de revistas de moda y empresarios locales— se agolpaban a su alrededor, cortejándola abiertamente con comentarios galantes, sonrisas cómplices y gestos de profunda admiración. Los celos comenzaron a quemarle las entrañas a Dominic de una manera salvaje, como un veneno caliente que le recorría el pecho al ver a otros hombres intentar ganarse la sonrisa de la mujer que amaba. Sin embargo, a diferencia del pasado, el empresario se aguantó la furia en absoluto silencio. Apretó la mandíbula y contuvo sus impulsos posesivos, obligándose a recordar que, por culpa de sus propios errores, ya no tenía el más mínimo derecho a reclamar un lugar en su vida.
Al terminar el evento, cuando los invitados comenzaron a dispersarse y el salón quedó en una calma relativa, Dominic se puso de pie. Caminó con paso firme hacia la zona de vestidores, esquivando a los operarios que desmontaban las luces, hasta encontrar a Scarlett ordenando algunos bocetos sobre una mesa tras bambalinas. Al notar su presencia, ella se tensó ligeramente, manteniendo la distancia profesional que había adoptado desde su llegada a París.
Dominic no intentó acortar el espacio físico. Con un gesto pausado, metió la mano izquierda en su abrigo y extrajo un sobre de papel grueso, sellado con discreción, y lo colocó suavemente sobre la mesa, cerca de los dedos de la diseñadora.
—Es una carta legal redactada por mis abogados personales, Scarlett —explicó Dominic, con una voz baja y desprovista de cualquier matiz de exigencia—. A través de este documento, te entrego los derechos absolutos, el control total y las patentes de la marca y la colección inclusiva en todo el territorio europeo. No hay cláusulas ocultas, no hay condiciones de por medio, ni regalías para Sterling Textiles. Es completamente tuya. Es una muestra de que no vine a París a intentar controlarte ni a comprar tu perdón con mi dinero. Solo quiero que tengas el control de tu destino.
Scarlett bajó la vista hacia el sobre y luego miró fijamente a Dominic. Por primera vez en días, sus ojos claros se detuvieron a analizar detalladamente las facciones del magnate. Detrás de la fachada del hombre poderoso, pudo ver un cansancio profundo y una devoción sincera y desarmada que empezaron a ablandar el hielo que rodeaba su corazón. Dominic la miraba con una entrega absoluta, dispuesto a perderlo todo con tal de que ella ganara.
Sin embargo, Scarlett sabía que el camino de la reconstrucción no podía ser fácil. El perdón requería más que un regalo legal; requería la destrucción completa de la arrogancia que los había separado. Con una lentitud calculada, la diseñadora apartó el sobre hacia un lado, se cruzó de brazos y se plantó firmemente sobre sus tacones, desafiando la estructura mental del hombre que tenía enfrente.
—Aprecio el gesto legal, señor Sterling, pero los papeles no borran la soberbia con la que me trataste —declaró Scarlett, con una voz serena pero implacable—. Si de verdad pretendes quedarte en París y demostrar que cambiaste, vas a tener que aprender lo que significa el esfuerzo real desde abajo. Tendrás que empezar absolutamente desde cero, despojado de tus millones y de tus secretarias.
Una pequeña sonrisa desafiante apareció en los labios de Scarlett mientras le ponía la prueba final.
—Te espero mañana a las seis en punto de la mañana en la puerta trasera de mi taller de costura. Llegarás vistiendo ropa cómoda y trabajarás bajo mis órdenes directas como mi asistente de telas, cargando los rollos pesados, organizando los hilos y limpiando los restos de costura del suelo. Si tu orgullo no puede soportar eso, eres libre de tomar el avión de regreso a Nueva York esta misma noche.
Dominic la miró por un segundo, asimilando la magnitud del desafío. Para un hombre que estaba acostumbrado a dirigir a miles de empleados y a tomar decisiones millonarias desde un piso presidencial, la propuesta de Scarlett era una humillación total a su estatus. Sin embargo, lejos de ofenderse o mostrar indignación, los ojos oscuros de Dominic se iluminaron con una chispa de esperanza.
Una sonrisa rota pero genuina apareció en sus facciones cansadas mientras asentía con la cabeza, completamente dispuesto a humillar su orgullo, a desgastar sus manos y a realizar los trabajos más sencillos del taller con tal de ganarse, centímetro a centímetro, el derecho de volver a estar cerca de ella.
—Allí estaré, jefa —respondió Dominic en un susurro, aceptando las nuevas reglas del juego antes de dar la vuelta y dejarla sola en la penumbra del camerino.