Laura Whitmore llevaba tres años casada con Xander Blackwood, uno de los empresarios más influyentes del país. Desde el día de su boda, su matrimonio no había sido más que un acuerdo frío y distante. Aunque compartían la misma mansión y el mismo apellido, Xander jamás la había tratado como una verdadera esposa.
Todo cambia una noche cuando Xander regresa a casa completamente ebrio. Por primera vez desde que se casaron, derriba el muro que siempre los había separado y pasa la noche con ella. Para Laura, aquella noche significa mucho más que un simple encuentro; es la prueba de que aún existe una oportunidad para conquistar el corazón de su esposo.
Sin embargo, al amanecer, todo vuelve a ser como antes. Xander retoma su indiferencia y Laura se ve obligada a regresar a una vida vacía y solitaria. Lo que ninguno de los dos imagina es que aquella única noche dejó una huella imborrable.
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Capitulo 18
Desde aquella conversación, Xander no lograba apartar de su mente las palabras de Laura ni esa forma de mirarlo: sin rencor, pero también sin cariño, con una tranquilidad que le resultaba mucho más aterradora que cualquier llanto o reclamo. Cada vez que la veía sentada, pensativa o acariciando su vientre, una sospecha le golpeaba el pecho con fuerza: esa calma no era resignación, era la paz de quien ya tiene todo decidido.
Una tarde, al verla prepararse para salir, no pudo quedarse callado más tiempo y se colocó frente a ella en la entrada.
—Esa serenidad que llevas siempre ahora… me da miedo —admitió de golpe, con voz grave y sincera—. Cuando me mirabas con tristeza o esperanza, sabía que seguías aquí, de alguna forma. Pero así, tan tranquila, tan segura… siento que ya te has ido, aunque sigas estando delante de mí.
Laura se detuvo, pero no apartó la mirada.
—La calma llega cuando uno ya ha recorrido lo más difícil, Xander. He pasado por la angustia, por la espera, por el dolor. Ahora solo tengo claridad.
—¿Claridad de qué? —preguntó él, dando un paso hacia ella, con desesperación creciente—. Cada día que pasa siento que te pierdo un poco más. Temo que un día regrese a casa y ya no estés, que te hayas llevado todo lo que da sentido a este lugar sin que yo haya podido detenerte.
—Tú mismo construiste este lugar vacío —respondió ella con suavidad, pero sin ceder—. Y si algún día no estoy aquí, será porque por fin encontré el valor de buscar lo que nunca hallé entre estas paredes.
—¿Es eso lo que planeas? —insistió él, con el corazón acelerado—. ¿Irte sin decir nada, dejándome solo con todo este lujo y este silencio que ahora me ahoga?
—No iré sin saber que hice todo lo posible por sobrevivir aquí —fue su respuesta serena—. Pero tampoco me quedaré para siempre esperando que te des cuenta de lo que tienes, cuando ya te he demostrado durante años que no lo veías.
Xander se quedó inmóvil mientras ella salía. La duda se había transformado en un miedo real y frío: comprendió que el tiempo se le estaba acabando, que ella tenía tomada la decisión definitiva y que si no hacía algo grande, algo verdadero y urgente, al volver a casa un día, ella ya no estaría allí.
Xander se quedó allí de pie, con la puerta aún abierta y la sensación de que el suelo se le movía bajo los pies. Esa calma suya le resultaba mucho más temible que cualquier grito o queja; era la tranquilidad de quien ya ha cerrado todas las cuentas y solo espera el momento de partir. Caminó de un lado a otro del salón inmenso, dándose cuenta de que cada rincón le recordaba a ella, y que sin ella todo eso no sería más que un montón de piedras y muebles costosos sin alma.
No dejaba de preguntarse cuándo había dejado de ver lo que tenía justo delante. Durante años creyó que ella estaría allí siempre, esperando, como algo que le pertenecía por derecho y que nunca se iría. Pero ahora comprendía que el cariño no se puede poseer, ni asegurar con papeles ni riquezas; se gana cada día, y él había dejado pasar todos esos días sin hacer nada.
Cuando ella regresó horas después, lo encontró sentado en el mismo lugar donde ella solía esperarlo a él, con la mirada perdida y una expresión de angustia que nunca antes le había visto. Se levantó al verla llegar, y su voz sonó más suave, más vulnerable que nunca.
—Paso todo el tiempo imaginando que llegará ese día —le dijo, con los ojos fijos en ella—. Que abra la puerta y ya no estés, que te hayas llevado contigo la única luz que tenía esta casa. Y lo que más me aterra es saber que, si te vas, será totalmente culpa mía. Fui yo quien te enseñó a estar sola, quien te acostumbró a que no me necesitaras.
Laura lo miró con esa misma serenidad que tanto lo inquietaba, aunque en el fondo le dolía verlo así.
—No fui yo quien decidió vivir en la soledad —respondió despacio—. Yo estuve aquí, cerca, dispuesta a compartirlo todo, durante mucho tiempo. Hasta que entendí que para ti mi presencia no hacía ninguna diferencia. Ahora, si me voy, solo estaré buscando la vida que no pude construir a tu lado.
Xander dio un paso hacia ella, con las manos cerradas en puños por la impotencia.
—¿Y no hay nada… nada en absoluto que yo pueda hacer para que te quedes? —preguntó, y por primera vez se le quebró la voz—. No sé cómo hacerlo, no sé cómo darte lo que pides, porque nunca me enseñaron a querer de esta manera… pero aprenderé. Lo que sea necesario, solo dime qué hacer antes de que sea demasiado tarde.
Ella bajó la mirada hacia su vientre, acariciándolo con ternura, y tardó unos instantes en contestar.
—Lo que necesito ya no puedes dármelo de un día para otro, Xander. La confianza, la seguridad, la certeza de que no volveré a ser la última en tu lista… todo eso se rompió poco a poco. Y lo que se rompe así, aunque se pegue, siempre conserva las marcas de lo que fue.
Él comprendió entonces que su miedo no era infundado: ella ya no estaba esperando que él cambiara, ella ya había tomado su propio camino, y por más que él se desesperara, ahora era solo un espectador de cómo ella se alejaba poco a poco.