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Antiguo Amor

Antiguo Amor

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amor-odio / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Peor de las mordeduras

Las antorchas del almacén de tesoros confiscados proyectaban sombras alargadas y lúgubres sobre las hileras de cofres. Tras salir de las celdas de tortura, Yan Jincheng avanzaba como un espectro, con la respiración entrecortada y el rostro demudado*. El aire del lugar olía a polvo. Con un movimiento brusco de su bota, el general reventó el candado de bronce del cofre que contenía las pertenencias personales de la Princesa Li Xue'er.

Vació el contenido en el suelo de piedra con desesperación: collares de perlas, horquillas de oro y talismanes de jade rodaron por el polvo. Al fondo del baúl, envuelto en un pañuelo de seda fina manchado de hollín viejo, encontró lo que buscaba. Sus dedos temblorosos deshicieron el nudo.

Allí estaban. Los fragmentos rotos del amuleto de jade blanco.

Era la misma pieza que él, siendo un joven teniente lleno de esperanzas, había tallado con sus propias manos y regalado a Li Xiaowei en los jardines secretos del palacio. El jade, que alguna vez simbolizó una promesa de amor eterno y pureza, estaba partido en cuatro pedazos de bordes afilados. Al unirlos sobre la palma de su mano, Jincheng notó unas diminutas manchas oscuras y secas incrustadas en las comisuras del tallado: sangre vieja. Las palabras del guardia Meng resonaron en sus oídos con la fuerza de un cañonazo: “Aceptó la condición de la princesa: romper el amuleto frente a los ministros y leer la falsa acusación pública para mantenerlo vivo”.

Jincheng cerró el puño con tanta fuerza que los bordes del jade roto le cortaron la palma de la mano. La sangre fresca de sus heridas se mezcló con las manchas antiguas del amuleto. El dolor rn la mano no era nada comparado con la agonía que le destrozaba el pecho. La verdad era cruda, nítida y devastadora: el príncipe nunca lo había traicionado; se había dejado arrastrar por el lodo de la plaza pública, encerrar en una celda y azotar por su propia familia solo para evitar que él bebiera veneno. Y él, en su ceguera de odio y paranoia, había regresado cinco años después para convertirse en el peor de sus verdugos.

El general se dio la vuelta y corrió por los pasillos de piedra, impulsado por un pánico animal. Necesitaba ver a Xiaowei. Necesitaba arrancar la mentira que había construido.

Cuando la puerta de la alcoba privada se abrió de golpe, la única vela de la habitación parpadeó, amenazando con apagarse. Li Xiaowei se encontraba sentado en el borde de la cama, intentando curar por sí mismo las ampollas abiertas de sus manos con un trozo de lino limpio. Al escuchar el impacto de la puerta, su cuerpo entero se tensó de inmediato de forma instintiva. Enderezó la espalda contra la cabecera, apretó los labios partidos y fijó sus ojos en la imponente figura de su esposo, desplegando esa fachada de jade frío que usaba como su última línea de defensa.

Sin embargo, el comportamiento de Jincheng destruyó por completo el guion que el príncipe esperaba.

El general no avanzó con paso firme, ni gritó acusaciones, ni extendió su mano para agarrarlo de la mandíbula. Jincheng caminó tres pasos erráticos, con los hombros caídos y el pecho agitado por sollozos ahogados que ya no podía contener. De repente, las piernas del comandante flaquearon. El hombre que había tomado la capital sin encontrar resistencia, el demonio de la guerra de las estepas heladas, se desplomó de rodillas directamente sobre el suelo frío, a los pies de la cama de Xiaowei.

—Xiaowei... lo sé todo —consiguió articular Jincheng. Su voz era un susurro roto, una súplica desgarradora que carecía de cualquier rastro de autoridad militar—. Encontré el amuleto. Interrogué a Meng en las celdas. Sé lo que pasó hace cinco años... Sé lo que te hicieron por mi culpa.

Jincheng inclinó la cabeza hacia el frente, apoyando la frente contra las sábanas de lino, justo al lado de los pies descalzos del príncipe. Sus hombros se sacudían violentamente mientras las lágrimas, calientes y amargas, empapaban el tejido blanco. Abrió la palma de su mano y dejó caer los cuatro fragmentos de jade rotos sobre la cama.

—Perdóname... por los dioses, Xiaowei, perdóname —lloró el general, golpeando el suelo con el puño cerrado en un arrebato de autodesprecio puro—. Te lastimé. Te arrastré por el patio, te obligué a vestir ese traje... y en esta misma cama, te traté como a un animal. Fui un monstruo, un maldito ciego. Odié la única mano que se extendió para salvarme la vida. Mátame si quieres, toma mi espada y córtame el cuello, pero no me mires con ese desprecio... no me mires así.

Xiaowei miró los pedazos de jade que descansaban sobre la sábana. Al ver el objeto que había marcado el inicio de su calvario, el dique de contención que había construido en su alma durante cinco largos años de sufrimiento, desvelos y culpa silenciosa se rompió por completo.

Una primera lágrima, pesada y ardiente, rodó por la mejilla pálida del príncipe, seguida de inmediato por un llanto que se transformó en un sollozo desgarrador. Xiaowei se cubrió el rostro con sus manos heridas, doblando el torso hacia el frente. No era un llanto de rabia, sino el colapso emocional de un hombre que había cargado el peso del imperio y la vida de su amado en total soledad. Lloró por el joven príncipe celeste que solía ser, por los azotes en la prisión imperial, por el desgarro físico de sus noches y por la injusticia de haber sido odiado por el único hombre al que entregó su existencia.

—Te perdono, Jincheng... —susurró Xiaowei entre los sollozos, con una voz suave que quebró el corazón del general—. Te perdono porque nunca dejé de amarte... y porque sabía que el norte te había cambiado. Solo quería que vivieras... solo quería que regresaras a salvo.

Al escuchar el perdón, una chispa de esperanza desesperada se encendió en el pecho de Jincheng. El general levantó el rostro, con los ojos enrojecidos y empañados por las lágrimas, e intentó incorporarse para estrechar al príncipe entre sus brazos, buscando desesperadamente consolar el llanto del joven y curar, mediante el contacto físico, la carnicería que había provocado.

Pero en cuanto la mano de Jincheng se extendió y sus dedos rozaron la rodilla del príncipe, el terror y el trauma acumulado reclamaron su lugar en la habitación.

Xiaowei soltó un grito ahogado de pánico y, con un movimiento violento y desesperado, arrastró su cuerpo hacia atrás, pegando la espalda contra la madera de la cabecera de la cama. Sus pupilas se dilataron por el miedo absoluto y un temblor incontrolable volvió a sacudir cada uno de sus músculos, haciendo que sus dientes castañearan de forma ruidosa. Sus manos totalmente heridas se colocaron al frente en un gesto defensivo, bloqueando el espacio entre ambos, mientras su respiración se volvía rápida, superficial y deficiente, como si le faltara el aire.

A pesar de que sus labios pronunciaban palabras de perdón, su sistema nervioso rechazaba por completo la cercanía de su esposo. El trauma del abuso sexual y el dolor interno que aún persistía en sus zonas íntimas y el resto del cuerpo eran barreras de carne viva que no se borraban con un llanto. Su mente entendía la culpa del general, pero su cuerpo recordaba la crudeza de sus manos hundiéndose en su piel, el dolor del desgarro, las humillaciones del patio de armas y los golpes.

—¡No... no me toques! —suplicó Xiaowei. Su voz suave se convirtió en un hilo aterrorizado que reflejaba una desconfianza absoluta—. Te lo ruego, Jincheng... da un paso atrás. No te acerques.

Jincheng se congeló en su posición, con las manos suspendidas en el aire. Ver el pánico puro en los ojos de Xiaowei, ver cómo el hombre que acababa de perdonarlo temblaba de terror ante su simple contacto físico, fue el castigo más crudo y destructivo que pudo recibir. Comprendió que las cicatrices de la carne y los traumas de la mente no sanaban con una confesión de que encontró en el sótano.

—Está bien... no te voy a tocar. Me alejo, mira, me alejo —dijo Jincheng con presteza, dando pasos hacia atrás con las manos levantadas, intentando infundir una calma que él mismo no poseía, mientras el corazón se le partía en mil pedazos al ver la distancia que los separaba.

Xiaowei permaneció encogido en la esquina de la cama, abrazándose el vientre bajo para aplacar el dolor que el movimiento brusco había despertado en sus partes heridas. Sus ojos fijos en el general reflejaban una profunda y dolorosa desconfianza. El príncipe no podía evitarlo; el miedo le advertía que este arrepentimiento podía ser solo una fase temporal, una tregua emocional antes de que el general cambiara de opinión, la paranoia regresara a su mente y los maltratos físicos volvieran a comenzar. Había aprendido a sobrevivir en un nido de víboras, y la amabilidad repentina de un depredador siempre precedía a la peor de las mordeduras.

Jincheng se sentó en una silla en el rincón más alejado de la habitación, hundiendo el rostro entre sus manos. El silencio volvió a reinar en la alcoba, un silencio frío donde los pedazos de jade roto sobre la sábana blanca testificaban que, aunque el secreto de la traición se había desmoronado, el camino hacia la redención de Jincheng apenas comenzaba, pavimentado con el pánico de un príncipe que ya no sabía cómo dejarse amar sin temer por su propia vida.

*Demudado: significa que el semblante ha cambiado repentinamente, mostrando palidez, congoja o una expresión alterada.

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Idalmis Piña
esperemos que mejores después de esos masajes tu salud del cuerpo, la espiritual está muy lastimada .
Skay P.: ¡Claro que sí, amor!🤭
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Idalmis Piña
el perdón que anhelas, nunca llegará general .
Idalmis Piña
en realidad es muy difícil perdonarlo .
Idalmis Piña
comandante como reparar tanto sufrimiento .?
Idalmis Piña
al fin su corazón se hablando comandante, pero el corazón y el cuerpo del principe están muy lastimados .
Idalmis Piña
La culpa se hará cargo de ti .
Idalmis Piña
veremos, general
Adeb Acuña
me encantó /Sob/
Adeb Acuña
me encantó
Skay P.: ¡Gracias mi Chickis! Revisa el perfil para más historias 😘😘
total 1 replies
pryz
Nada que decir más que excelente
pryz: Te lo mereces belleza
total 2 replies
pryz
Me encanto, aunque le hizo daño jamás lo traicionó y apesar de todo lo amaba, ninguna queja
Skay P.: ¡Gracias, mi Chickis!💋
total 1 replies
pryz
Oye pero si ya tiene su marido, que emperatriz de la onde, ministros babosos
pryz
Sufre, te lo mereces por no investigar antes de dañar😈
pryz
En tu cara perra, te lo mereces por tatar mal al niño
Skay P.: ¡Uuf! 🤭
total 1 replies
pryz
Espero con ancias que te pudras en el dolor y sin derecho a perdón 😈 😊
pryz
Desgraciado ahora si preguntas pero rapidito le creiste a la bruja
pryz
Solo deseo que esa bestia bruta no quede con mi niño
pryz
Pobre de mi niño, mal nacido general me caes mal ojalá se te caiga el pitó
pryz
Este general me cae mal
pryz
Empieza pisando duro /Angry/
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