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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Daños Colaterales

Base Aérea de Aviano, Norte de Italia.

04:30 Horas.

El tren de aterrizaje del MH-60 Black Hawk golpeó el asfalto mojado de la pista secundaria con un doble impacto seco. Las turbinas comenzaron a desacelerar en un aullido decreciente, barriendo una llovizna helada contra las balizas de emergencia azules.

En el momento en que la compuerta blindada se deslizó hacia atrás, el equipo médico de respuesta rápida del hospital militar se precipitó sobre la rampa con dos camillas rígidas, monitores portátiles y kits de intubación para traumatismos por inhalación química.

—¡Sujeto uno con herida de bala en extremidades inferiores! —gritó el paramédico jefe, asegurando al General Vance en la primera camilla entre un cerco de policías militares armados.

La segunda camilla fue directa hacia el interior del compartimento.

Dante Cruz intentó ponerse de pie apoyando una bota en el suelo metálico, pero las piernas se le doblaron por pura falta de oxígeno. El sargento médico le encajó una mascarilla de flujo alto de inmediato, sujetándole el cuello:

—¡No intente hablar, teniente! Los niveles de carboxihemoglobina y halón en sangre deben estar por las nubes. Saturación al ochenta y dos por ciento. Directo a la cámara hiperbárica.

Dante apartó la mano del médico con un manotazo tosco, arrancándose la máscara apenas unos milímetros de la boca, con la respiración silbándole en el pecho como una caldera agrietada:

—Quita... tus manos... de encima —jadeó Dante, con los ojos inyectados en sangre clavados exclusivamente en la rampa, donde Sienna acababa de descender hacia el asfalto.

Ella no había usado la camilla ni había permitido que los enfermeros tocaran su arnés. Avanzó bajo la llovizna con la espalda recta, el rostro limpio de hollín gracias a una toalla desinfectante y su maletín de titanio cerrado bajo el brazo. Detrás de ella, Julian Montgomery caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón de esmoquin destrozado, conversando con el oficial de enlace de la CIA como si estuvieran saliendo de una función de ópera en Viena.

—Comandante Intocable —dijo el coronel del puesto de mando italiano, cuadrándose ante Sienna al pie de la escalinata con un respeto reverencial—. El avión de transporte C-37 del Departamento de Estado está listo en el hangar cuatro para trasladar el paquete a Washington. El Secretario de Defensa está en línea segura esperando su reporte de confirmación.

—El paquete está asegurado, Coronel —respondió Sienna con una voz limpia, pausada y sin una pizca de temblor—. El topo está neutralizado y la red de Voronin no tiene respaldo operativo. Proceda a la entrega bajo cadena de custodia nivel cinco.

El oficial tomó el maletín de titanio con dos manos enguantadas y se retiró con su escolta.

Sienna se detuvo bajo la marquesina de hormigón del hangar, sacando un paquete de toallitas húmedas para limpiarse una mancha de grasa militar en la muñeca.

—Sienna.

La voz era de Liam.

Sus cuatro hermanos estaban allí, a tres metros, todavía equipados con los chalecos balísticos pesados, los fusiles colgados al pecho y las caras tiznadas por el humo de las ametralladoras rotativas. Parecían cuatro gigantes desarmados. En sus posturas no quedaba un gramo de la condescendencia con la que durante años habían gobernado la casa familiar; estaban rígidos, desconcertados, como si estuvieran contemplando a una extraña que llevaba su mismo apellido pero que operaba en una galaxia inalcanzable para ellos.

Gael dio un paso al frente, quitándose los guantes de asalto con torpeza:

—Sienna... en la fortaleza... lo que hiciste en la terraza...

—Fue una maniobra de repliegue estándar —cortó ella, arrojando la toallita a un contenedor metálico con un chasquido seco—. Nada que no estuviera en los manuales de extracción de alta intensidad.

—No me refiero a los manuales —dijo Bruno, con la voz quebrada por una emoción que sus noventa kilos de músculo no lograban disimular—. Nos salvaste la vida en Bielorrusia. Desmantelaste un sindicato que el Estado Mayor llevaba dos años intentando cazar. Y hoy... bajaste a ese infierno sola. Si te pasaba algo... si no lográbamos abrir esa compuerta...

—Para eso me entrenaron, ¿no? —replicó Sienna, levantando la vista y clavando sus ojos castaños en los cuatro a la vez, con una media sonrisa tan gélida que los hizo retroceder un paso—. Diez años recordándome que el dolor es solo información bioquímica. Que si lloras, mueres. Que las muñecas de cristal no sobreviven a la guerra. Deberían estar celebrando: el producto salió exactamente como ustedes lo diseñaron.

Liam bajó la cabeza, con la mandíbula apretada hasta el dolor. El remordimiento le quemaba las entrañas con más fuerza que cualquier herida de metralla.

—Sienna, papá está en la sala de comunicaciones —susurró Mateo, el menor de los hermanos varones, con los ojos vidriosos—. Quiere hablar contigo. Lleva horas pegado a la pantalla...

—El General Keller recibirá mi informe por los canales oficiales a las ocho de la mañana —sentenció ella sin pestañear—. Ahora vayan a las duchas y entreguen sus armas en la armería. Están despedidos de mi misión.

Les dio la espalda y caminó hacia los pasillos interiores de la base.

Julian, que había permanecido a unos pasos contemplando la escena, la alcanzó con su andar relajado, adaptando el paso al de ella mientras cruzaban las puertas dobles hacia el área médica:

—Fue una estocada precisa, 774. Tus hermanos parecían haber sido bombardeados por su propia artillería.

—Se lo buscaron ellos solitos durante diez años, Julian —respondió ella, mirando al frente.

Julian ladeó la cabeza, esbozando esa sonrisa astuta y perceptiva que lo convertía en un analista peligroso:

—Cierto. Pero no fue a tus hermanos a los que fuiste a buscar al borde del helipuerto bajo fuego de ametralladora pesada.

Sienna se detuvo en seco en medio del pasillo de linóleo blanco. Giró el rostro hacia él con la mirada entrecerrada:

—Cruz es un activo táctico bajo mi responsabilidad en esta operación. No dejo soldados tirados en territorio hostil. Es reglamento militar básico.

Julian soltó una risa baja, elegante y suave, acercándose un paso más a ella sin que en sus ojos verdes hubiera reproche, sino una honestidad desarmante:

—Princesa, a mí puedes venderme cualquier informe clasificado del Pentágono y probablemente lo firme sin leerlo. Pero los dos sabemos que si yo me hubiera quedado tirado en esa nieve, me habrías gritado que gateara más rápido por el comunicador. A Cruz... a Cruz fuiste a levantarlo con tus propias manos.

Sienna mantuvo el silencio durante dos segundos eternos. El zumbido de los fluorescentes del techo parecía medir la tensión entre ambos.

—¿Tienes algún problema con mis decisiones de campo, Montgomery?

Julian sonrió con esa nobleza innata que le impedía ser mezquino. Levantó ambas manos en un gesto de rendición caballerosa:

—Ninguno en absoluto. Solo digo que ese hombre está en la bahía médica negándose a que le pongan oxígeno porque cree que vas a desaparecer de nuevo. Y considerando que me ahorró tener que dispararle a cuatro mercenarios en las escaleras... creo que se ganó cinco minutos de tu tiempo.

Julian le tocó el hombro con un roce ligero y afectuoso antes de girar hacia el ala de oficiales:

—Te veo en el avión de regreso a Washington, 774. No tardes demasiado; no me gusta viajar sin mi comandante favorita.

Bahía de Recuperación Médica, Nivel -1.

05:15 Horas.

La habitación individual olía a desinfectante cítrico, gas medicinal y suero fisiológico.

Dante Cruz estaba sentado en el borde de la camilla metálica con los pies descalzos sobre el suelo de baldosas frías, vestido únicamente con un pantalón quirúrgico de algodón azul. Tenía el torso desnudo cubierto de hematomas morados en las costillas, una vía intravenosa fijada al dorso de la mano izquierda que amenazaba con arrancarse cada vez que tensaba el brazo, y la mascarilla de oxígeno colgando suelta alrededor de su cuello.

Dos médicos italianos discutían en susurros airados junto a la puerta, desesperados ante la negativa rotunda del soldado a tumbarse o dejarse sedar.

La puerta corredera se abrió.

Sienna entró sola. Ya se había quitado la camiseta táctica manchada y vestía una sudadera negra limpia de cuello redondo, con las mangas recogidas sobre los antebrazos y el pelo húmedo recogido en una coleta baja.

Los dos médicos la miraron, pero un simple gesto seco de la cabeza de Sienna bastó para que ambos profesionales recogieran sus carpetas y abandonaran la estancia sin decir una sola palabra, cerrando la mampara de cristal a su espalda.

El silencio que quedó en la habitación cayó como una losa de hormigón.

Dante levantó la vista despacio.

Tenía los ojos enrojecidos, los labios partidos y secos, y la piel cenicienta por el esfuerzo titánico de la noche. Pero al verla allí, de pie frente a él a escasos dos metros, todo el dolor físico pareció evaporarse de sus facciones, reemplazado por esa hambre oscura, culpable y desesperada que no lo dejaba respirar desde hacía seis meses.

—Ponte la maldita máscara, Cruz —dijo ella, con una voz baja y tranquila que sonó como una orden de cuartel.

Dante no se movió. Ni siquiera parpadeó.

—No me voy a poner una mierda —rascó él con una voz tan áspera que parecía salir de una lija—. Si me duermo, te vas. Y no pienso volver a despertar en una base sin saber en qué rincón del mundo estás metida.

Sienna dio dos pasos firmes hacia la camilla. Se plantó frente a él, obligándolo a levantar la cabeza para sostenerle la mirada.

—No me voy a ir a ninguna parte en las próximas dos horas. El avión a Washington no despega hasta las siete. Así que deja de actuar como un recluta histérico y respira el oxígeno antes de que te dé un edema pulmonar sobre el linóleo.

Dante soltó una risa rota, amarga, negando con la cabeza:

—¿Y qué si me da? Si me muero aquí, al menos habré cumplido la única orden que me importaba: asegurarme de que volvieras entera.

Sienna apretó los dientes, sintiendo cómo una llamarada de ira genuina le encendía la sangre. Estiró la mano, tomó la máscara de plástico por los bordes y se la estampó contra la nariz y la boca con una fuerza que no tuvo nada de delicada, obligándolo a inhalar la mezcla fría del gas medicinal:

—¡Eres un imbécil arrogante, Dante Cruz! —le siseó en la cara, tan cerca que sus frentes casi se tocaron—. ¿Crees que eres un héroe por meterte en una sala de servidores llena de halón a jugar al mártir? ¡Arriesgaste la extracción de los códigos! ¡Pusiste en peligro la misión por una estúpida rabieta de culpa!

Dante levantó la mano izquierda —la que tenía la aguja de la vía clavada— y, en lugar de apartar la máscara, rodeó con sus dedos anchos y temblorosos la muñeca de Sienna.

La piel de ella estaba caliente; su pulso latía desbocado bajo la presión de sus dedos.

Dante respiró hondo dos veces a través del plástico, llenando sus pulmones dañados, y luego bajó la mascarilla despacio sin soltarle la muñeca:

—No fue culpa, Sienna —susurró él, y la verdad en su voz sonó tan cruda, tan sangrante y desprovista de cualquier defensa que a ella se le cortó el aliento en la garganta—. No fue la maldita culpa. Me metí en ese conducto porque la idea de un mundo donde tú no respires me resulta invivible. Porque cada noche desde que te fuiste de esa casa ha sido un infierno donde lo único que escucho es mi propia voz llamándote frágil... cuando la única persona rota, cobarde y miserable en esa historia siempre fui yo.

Sienna intentó tirar de su brazo para soltarse, pero Dante no apretó con violencia: simplemente apoyó la frente contra el dorso de la mano de ella, cerrando los ojos con una rendición absoluta.

—Me equivoqué, Cristalito —murmuró él contra su piel, usando el apodo prohibido no con burla, sino como una plegaria desgarrada—. Tenías razón en todo. Fui un estúpido que no supo qué hacer con el miedo que me daba darme cuenta de que la niña de la que siempre estuve enamorado... se había convertido en una mujer que estaba completamente fuera de mi alcance.

Sienna sintió un escalofrío violento recorrerle la espina dorsal.

Las palabras de él cayeron sobre las cicatrices de su orgullo como agua hirviendo sobre hielo seco. Durante años había soñado con escuchar esa confesión; pero ahora no era la adolescente del porche la que estaba allí, sino la soldado que había aprendido a desconfiar de las palabras bonitas antes del fuego cruzado.

No apartó la mano de inmediato. Dejó que la respiración de Dante calentara sus nudillos durante un segundo más.

Luego, muy despacio, liberó sus dedos del agarre del soldado con una firmeza que no admitió súplicas.

—Llegas tarde, Dante —dijo ella, con una voz que recuperó su compostura de acero, aunque sus ojos castaños no pudieron ocultar una sombra de turbulencia—. El amor de infancia no sobrevive a un invierno en Black Site Four. La chica que te esperaba en el porche se quedó en esa fiesta de graduación.

Dante levantó la cabeza, mirándola con los ojos brillantes por una determinación salvaje que el cansancio no lograba apagar:

—Esa chica ya no me importa, Sienna. La mujer que tengo enfrente... la que me apuntó con una pistola a la cabeza en el búnker y luego vino a buscarme a la nieve... esa es la que no voy a dejar ir jamás.

Sienna dio un paso atrás hacia la puerta, ajustándose los puños de la sudadera:

—Ponte la máscara, teniente. A las siete despegamos. Y en Washington... volvemos a ser dos soldados en bandos distintos del Pentágono.

Tocó el sensor de la puerta corredera. La mampara de cristal comenzó a abrirse, pero antes de que saliera al pasillo, la voz de Dante, más firme y recuperada gracias al oxígeno, la detuvo en seco:

—Podrás tener el mando de la división, comandante Intocable. Pero en la nieve te diste la vuelta por mí. Y los dos sabemos que de esa orden... no hay manual que te pueda salvar.

Sienna no contestó. Cruzó el umbral y dejó que la puerta se cerrara tras de sí, mientras en el pasillo desierto de la base italiana, se llevó una mano al pecho para intentar calmar un corazón que volvía a latir con el peligroso ritmo de la guerra.

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