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El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

El Precio De Las Oportunidades: Ecos Del Pasado

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance de oficina / CEO
Popularitas:454
Nilai: 5
nombre de autor: SakuDiHina

Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.

Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.

Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.

Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.

Y allí comprenden que nada era como les contaron.

Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.

Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.

NovelToon tiene autorización de SakuDiHina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — El hombre detrás del despacho

Aurelia llegó a FranLia al día siguiente con una sensación de que no había podido sacudirse durante el camino. Había dormido poco. La frase que había escrito en su cuaderno seguía presente en su cabeza: no confundir una respuesta conveniente con una verdad.

No pensaba contarle a nadie lo que había encontrado la noche anterior. Todavía no sabía qué significaba aquella fecha ni por qué un documento relacionado con el pasado de Franco había aparecido entre los archivos que estaba revisando. Antes de convertir una coincidencia en una historia, necesitaba hechos.

Al entrar en el edificio, descubrió que la normalidad de la oficina contrastaba con el ruido que llevaba dentro.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días —respondió una de las asistentes.

Aurelia dejó el bolso en su despacho y encendió el ordenador. Sobre la mesa la esperaba una carpeta marcada como prioritaria.

No había pasado ni una hora cuando llamaron a su puerta.

—¿Tienes un minuto? —preguntó Franco.

Aurelia levantó la vista.

—Si vienes a decirme que deje de revisar documentos antiguos, no.

Franco sonrió apenas.

—No sabía que pensabas hacer eso.

—Entonces tenemos suerte. Por ahora ninguno de los dos está imaginando demasiado.

Él entró y cerró la puerta.

—El consejo se reúne esta tarde. Quiero que revises una inversión antes de que llegue a la mesa.

—¿Qué tipo de inversión?

—Una operación importante. Los números son buenos, pero hay una cláusula que no me convence.

Aurelia abrió la carpeta.

—¿Y quieres que encuentre el problema que tú no viste?

—Quiero que me digas si existe un problema.

Ella lo observó unos segundos.

—Eso es diferente.

—Por eso te lo estoy pidiendo a ti.

Aurelia bajó la mirada hacia los documentos.

—Dame unas horas.

—Las tienes.

Franco salió sin añadir nada. Aurelia volvió al expediente, pero antes de empezar se permitió una pequeña pausa.

No había en él la actitud de un director que esperaba obediencia. Preguntaba, escuchaba y dejaba espacio para que los demás contradijeran sus decisiones. Esa forma de dirigir explicaba por qué algunos lo respetaban y otros parecían estar esperando el momento en que cometiera un error.

Durante las horas siguientes, Aurelia revisó cada página.

No buscaba una trampa. Buscaba una contradicción.

Comparó fechas, obligaciones, plazos y condiciones de salida. Volvió varias veces a una sección que, a primera vista, parecía secundaria.

Entonces se detuvo.

La cláusula permitía modificar determinados términos del acuerdo después de la firma bajo circunstancias que no estaban suficientemente definidas.

Aurelia tomó un lápiz y marcó el párrafo.

Cuando llegó la hora de la reunión, llevó la carpeta consigo.

La sala del consejo estaba casi llena. Franco ocupaba su lugar al frente, acompañado por varios directivos y dos abogados externos.

—Bien —dijo uno de ellos—. Podemos empezar con la aprobación de la operación.

Aurelia abrió la carpeta.

—Antes de aprobarla, hay un punto que debería revisarse.

El abogado principal la miró.

—¿Cuál?

—La cláusula diecisiete.

El hombre buscó el documento.

—¿Qué inconveniente ve?

—Que permite modificar una parte del acuerdo después de la firma sin establecer con suficiente precisión quién determina que se han cumplido las condiciones.

—La interpretación habitual sería bastante limitada.

—La interpretación habitual no está escrita en el contrato.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente.

Uno de los directivos intervino.

—¿Está diciendo que deberíamos detener una operación de este tamaño por una posibilidad?

—Estoy diciendo que debemos saber exactamente qué estamos firmando.

Franco permaneció en silencio.

El abogado revisó nuevamente la página.

—Podría corregirse con una modificación.

—Eso es lo que propongo.

—La otra parte podría considerar innecesaria la modificación.

Aurelia cerró la carpeta.

—Entonces tendrán que explicar por qué necesitan una cláusula ambigua.

Franco intervino finalmente.

—Se revisa.

El directivo que había hablado primero lo miró.

—¿No cree que estamos exagerando?

—No —respondió Franco—. Si una condición puede interpretarse de dos maneras, debemos decidir cuál queremos antes de firmar.

La reunión continuó durante casi una hora. Aurelia respondió preguntas, defendió sus observaciones y, en más de una ocasión, tuvo que explicar por qué una pequeña diferencia jurídica podía convertirse en un problema mucho mayor con el tiempo.

Cuando terminó, uno de los abogados se acercó a ella.

—No todos aquí agradecen que alguien encuentre problemas.

Aurelia guardó sus papeles.

—Yo tampoco disfruto encontrándolos.

—Entonces ¿por qué lo haces?

—Porque es peor encontrarlos cuando ya no se pueden corregir.

El hombre sonrió.

—Buena respuesta.

Aurelia salió de la sala.

En el pasillo se encontró con Víctor.

—¿Todo bien? —preguntó él.

—Sí.

—Escuché que hiciste cambiar la operación.

—Solo pedí que corrigieran una cláusula.

Víctor soltó una risa breve.

—Para alguien que acaba de llegar, estás consiguiendo que te escuchen bastante.

Aurelia entendió el tono.

—¿Eso es un problema?

—No. Solo digo que algunos pueden pensar que tienes demasiada influencia.

—¿Por trabajar?

—No exactamente.

Ella lo miró.

—Entonces dilo claramente.

Víctor dudó.

—La gente habla.

—La gente siempre habla.

—Sobre ti y Franco.

Aurelia sintió una molestia que no quiso convertir en una discusión.

—Si alguien tiene una pregunta sobre mi trabajo, puede hacérmela directamente.

—No te lo tomes así.

—No me lo estoy tomando de ninguna manera. Solo estoy poniendo una condición sencilla.

Víctor bajó la voz.

—Ana cree que todo esto es extraño.

Aurelia no respondió inmediatamente.

—Ana puede pensar lo que quiera. Yo voy a seguir haciendo mi trabajo.

—No quería que te enfadaras.

—No estoy enfadada. Solo prefiero las conversaciones honestas.

Víctor se marchó.

Aurelia permaneció unos segundos en el pasillo antes de volver a su despacho.

No era la primera vez que alguien confundía cercanía profesional con privilegio. Tampoco sería la última. Lo que le preocupaba era que la duda comenzara a circular antes de que nadie tuviera una razón concreta para sostenerla.

Al final de la tarde, Franco apareció en su puerta.

—La cláusula ya fue enviada para la corrección.

—Bien.

—Tenías razón.

Aurelia levantó una ceja.

—¿Eso te cuesta decirlo?

—Un poco.

Ella sonrió.

—Entonces debería guardarlo por escrito.

Franco soltó una risa.

—No abuses.

Hubo un silencio cómodo.

Después él señaló la carpeta que Aurelia tenía abierta.

—¿Todavía trabajando?

—Estoy intentando terminar.

—¿Sobre qué?

Aurelia dudó.

Podía contarle lo que había encontrado la noche anterior. Pero todavía no tenía suficiente.

—Sobre algunos archivos antiguos.

Franco cambió ligeramente la expresión.

—¿Relacionados con FranLia?

—En parte.

—Si necesitas autorización para acceder a algo, dímelo.

—No quiero que me facilites documentos solo porque te los pida yo.

Franco la miró con atención.

—¿Por qué?

—Porque precisamente quiero evitar que alguien diga que tengo acceso especial.

—Entiendo.

—Y porque si encontramos algo importante, prefiero saber que lo encontré siguiendo el procedimiento correcto.

Franco asintió.

—Eso me parece razonable.

Aurelia cerró la carpeta.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Cómo consigues trabajar aquí cuando todos esperan que sepas qué hacer antes de tener toda la información?

Franco apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—No lo consigo.

Aurelia sonrió.

—No parece.

—Aprendí a no fingir que sé lo que no sé.

La respuesta la sorprendió.

—Eso no es muy habitual en un director general.

—Tampoco es muy habitual encontrar a alguien que me diga que un contrato está mal redactado delante de todo el consejo.

—Entonces estamos empatados.

Ambos rieron.

La conversación terminó sin que ninguno de los dos supiera exactamente por qué había resultado tan fácil.

Aurelia se quedó sola cuando Franco salió.

Abrió nuevamente sus notas personales.

La fecha seguía allí.

La sociedad que había encontrado pertenecía a un período que coincidía con la muerte del padre de Franco. No podía afirmar que existiera una relación entre ambas cosas. Lo único que tenía era una coincidencia que merecía ser comprobada.

Decidió revisar primero los registros empresariales, sin entrar todavía en asuntos personales.

Durante los días siguientes, el trabajo se volvió más intenso. La operación avanzó después de corregir la cláusula, y Aurelia comenzó a ganarse el respeto de parte del equipo. Otros, en cambio, mantuvieron la distancia.

Ana fue una de las personas que observó ese cambio con mayor atención.

Una tarde se acercó al despacho de Aurelia.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

Ana cerró la puerta.

—Quería hablar contigo de algo.

—Te escucho.

—No quiero que haya problemas entre nosotras.

Aurelia dejó el documento que estaba leyendo.

—Yo tampoco.

—Entonces creo que deberíamos aclarar ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

Ana respiró profundamente.

—Tu relación con Franco.

Aurelia no se sorprendió. Solo apoyó las manos sobre la mesa.

—Nuestra relación es profesional.

—Sé que lo dices así.

—Porque así es.

—Pero él confía mucho en ti.

—Confía en mi trabajo.

Ana sonrió de una manera difícil de interpretar.

—Quizá.

Aurelia sostuvo su mirada.

—Si tienes algo concreto que decirme, dilo.

—No. No tengo una acusación.

—Entonces no conviertas una impresión en un problema.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Solo quería advertirte.

—¿De qué?

—De que en este lugar la gente puede utilizar cualquier cercanía para cuestionarte.

Aurelia comprendió entonces que aquella conversación no era una advertencia inocente. Ana estaba midiendo cuánto podía influir sobre ella.

—Gracias —respondió Aurelia—. Tendré cuidado.

Ana pareció esperar otra reacción.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Cuando Ana salió, Aurelia se quedó pensando en sus palabras.

No iba a enfrentarse con ella por una insinuación. Todavía no.

Prefería observar.

Esa misma noche, mientras revisaba documentos desde su despacho, encontró una referencia que llamó su atención. No era la sociedad que había visto anteriormente, sino un registro antiguo relacionado con una empresa intermediaria.

La fecha era anterior a la creación de FranLia.

Aurelia comparó los datos.

El nombre de uno de los antiguos responsables aparecía relacionado con operaciones que, años después, habían desaparecido de los registros principales.

Tomó nota.

No había una conclusión.

Solo una conexión.

Cuando levantó la vista, Franco estaba en la puerta.

—¿Todavía aquí?

—Sí.

—Deberías irte.

—Tú también.

—Yo soy el dueño del problema.

Aurelia sonrió.

—Y yo trabajo para él.

Franco miró los documentos.

—¿Encontraste algo?

Ella pensó antes de responder.

—Encontré una referencia antigua. No sé si significa algo.

—Entonces no hagamos que signifique más de lo que dice.

Aurelia lo miró.

—Eso mismo estaba pensando.

Franco entró.

—¿Puedo verla?

Ella giró el documento hacia él.

Franco leyó el nombre.

Su expresión cambió.

—Conozco ese apellido.

—¿De dónde?

—Era una persona vinculada a los negocios de mi padre.

Aurelia no dijo nada.

Franco volvió a leer la página.

—¿Por qué aparece aquí?

—Eso es lo que estoy intentando averiguar.

—¿Está relacionado con la sociedad que mencionaste?

—Todavía no lo sé.

Franco tomó aire.

—No quiero que investigues esto sola.

Aurelia lo miró directamente.

—Tampoco quiero que lo investigues por mí.

—No dije eso.

—Entonces estamos de acuerdo.

Franco asintió.

—Revisamos los registros juntos, pero sin sacar conclusiones antes de tiempo.

—Exactamente.

Aurelia guardó la copia en una carpeta aparte.

—Y no se lo contamos a nadie hasta saber qué tenemos.

Franco dudó.

—De acuerdo.

Durante unos segundos ninguno habló.

Aurelia recordó la noche anterior, el cuaderno sobre la mesa y aquella frase que había escrito para sí misma.

No necesitaba una respuesta rápida.

Necesitaba una respuesta verdadera.

Franco cerró la carpeta.

—Mañana seguimos.

—Mañana.

Cuando él se marchó, Aurelia volvió a mirar el documento.

El pasado todavía no había revelado su historia. Pero por primera vez desde que regresó a FranLia, las piezas empezaban a tocarse de una manera que no podía ignorar.

Y mientras apagaba la luz de su despacho, no imaginó que muy pronto una filtración interna obligaría a todos a mirar en otra dirección.

1
Betty Manzur
asta aquí llegó no le veo nada interesante todo es Ana y Ana y quien es ana
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