Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 4: Sombras en la Casa Ducal
El médico continuó tomando el pulso de Fernando en la muñeca, ajeno al torbellino de revelaciones que sacudía la mente del hombre acostado en la cama.
Alfonso —ahora encarnado completamente en la psique y el cuerpo del duque Fernando— comenzó a procesar la vasta memoria del personaje original que empezaba a fusionarse con sus propios recuerdos. Conocía el libro El Amor del Duque como la palma de su mano. Conocía cada intriga, cada personaje y cada desenlace.
Recordó con precisión quirúrgica lo que ocurría en el capítulo cuatro de la novela original. La caída del caballo no había sido una casualidad ni un susto inocente provocado por un animal asustado. En la obra se revelaba más adelante que Cedric, el ambicioso y envidioso hermanastro de Fernando, había escondido una pequeña espuela de hierro con púas bajo la silla de montar del corcel. Cuando Fernando aceleró el galope en el bosque, la púa se clavó profundamente en el lomo del caballo, enloqueciéndolo de dolor hasta descabalgar al duque contra las rocas.
El plan del padrastro y de Cedric era sencillo: incapacitar o matar a Fernando para asumir la albacea de la inmensa fortuna ducal y controlar los territorios del norte antes de que el rey confirmara oficialmente el título de Fernando en la capital.
En mi vida anterior fui débil —reflexionó Fernando, apretando la sabana de lino grueso con una fuerza que hizo crujir los hilos—. Toleré los celos, las manipulaciones y la violencia de Julián porque tenía miedo al conflicto, porque creía que debía soportar el dolor para mantener una estabilidad ilusoria. Y eso me costó la vida. Pero aquí... aquí no voy a permitir que estos parásitos me destruyan.
Manejaba la ventaja definitiva: conocía los movimientos de sus enemigos antes de que ellos mismos los ejecutaran.
—Doctor —dijo Fernando, haciendo un esfuerzo por calibrar la potencia de su nueva voz—. ¿Dónde se encuentra mi hermanastro Cedric en este momento?
El médico parpadeó, levemente sorprendido por la frialdad dura y calculadora que emanaba de la mirada del duque. Recordaba a Fernando como un joven reservado, a menudo abrumado y apesadumbrado por las constantes críticas de su familia.
—El señor Cedric se retiró a sus aposentos privados hace poco más de una hora, mi señor —respondió el galeno mientras guardaba sus frascos de cristal en un maletín de cuero—. Afirmó estar profundamente afectado por la angustia y el agotamiento nervioso que le produjo ver su accidente. Sin embargo... me consta que antes de retirarse, ordenó enviar un mensajero a caballo directo hacia el palacio real para dar parte del suceso.
Una sonrisa amarga y apenas perceptible cruzó los labios de Fernando.
Por supuesto. Cedric quería ser el primero en dar la noticia en la corte, exagerando mi gravedad o insinuando mi incapacidad mental para gobernar la casa ducal.
—Entiendo —dijo Fernando enfáticamente—. ¿Se espera a alguien más en la villa?
El médico cerró la hebilla de su maletín y miró hacia la puerta.
—Poco antes de que usted despertara, los guardias del portón sur reportaron el avistamiento de un estandarte real. Alguien viene cabalgando desde la capital a una velocidad frenética, mi señor. Por el distintivo de las banderas, no es otro que el séquito personal de Su Alteza, el príncipe Anthony.
Al escuchar ese nombre, el pulso de Fernando dio un salto violento.