«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 3
El Pabellón del Dragón no parecía la habitación de un hombre vivo; parecía un mausoleo bañado en oro y sombras.
Cuatro guardias de armadura pesada me escoltaron a través de pasillos interminables de madera lacada en negro hasta empujarme dentro de las puertas dobles. Cuando los cerrojos de bronce cayeron con un chasquido sordo a mis espaldas, el silencio que me rodeó fue absoluto.
Caminé despacio, con el corazón apretado en la garganta. El lugar era inmenso. El suelo era de mármol pulido tan oscuro que reflejaba las pocas velas encendidas en las esquinas. Al fondo, tras unas cortinas de seda carmesí translúcida, descansaba una cama imperial lo bastante ancha para albergar a diez personas. En una esquina había una mesa baja de ébano con herramientas de tallado de precisión, cinceles de plata y varios bloques de jade en bruto. Todo olía a madera de sándalo y a un aceite medicinal amargo que raspaba el fondo de la nariz.
Me quedé de pie en el centro de la estancia, cruzada de brazos. Me dolían las muñecas donde los soldados me habían apretado, pero me negué a sentarme en sus cojines de terciopelo. No iba a ponerme cómoda en la guarida de una bestia.
Las horas pasaron con una lentitud desesperante. Afuera, la campana de la torre del palacio anunció la medianoche con tres tañidos huecos.
Poco después, los cerrojos crujieron.
Las puertas se abrieron y una silueta alta cortó la penumbra. Li Yan entró solo. No llevaba la espada ni la corona alta; su pelo negro caía suelto, desordenado sobre los hombros, y la pesada túnica ceremonial de dragones estaba medio desabrochada en el pecho.
Caminaba con paso rígido, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano. Tenía una mano apoyada contra la sien y la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello parecían cuerdas a punto de romperse.
Cerró la puerta de un golpe con el talón. Ni siquiera me miró de inmediato; avanzó hacia una mesa auxiliar donde reposaba una jarra de licor y se sirvió un cuenco con manos que, por primera vez, noté que temblaban ligeramente. Se bebió el trago de golpe, arrojando el cuenco de cerámica contra la pared, donde se hizo pedazos.
El estrépito retumbó en la habitación. Yo no retrocedí ni un centímetro.
—¿Por qué sigues de pie? —preguntó. Su voz no era la del patio; era más ronca, áspera por la fatiga y cargada de un dolor contenido que intentaba ocultar tras su fachada de soberano.
—Porque nadie me ha dado una orden contraria, Su Majestad —respondí, escupiendo el título con el sarcasmo suficiente para dejarle claro lo que pensaba de su corte.
Li Yan soltó un bufido seco, casi una risa amarga que no le llegó a los ojos. Se dio la vuelta y clavó su mirada en mí. Bajo la luz amarillenta de las velas, sus ojeras eran más profundas de lo que parecían a la distancia; sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre, consumidos por un insomnio violento.
—Aún conservas la lengua —dijo, dando pasos lentos hacia mí. El calor que desprendía su cuerpo al acortar la distancia era sofocante—. Los ministros se orinan encima cuando desenvaino el acero, pero una artesana muerta de hambre cree que puede desafiarme en mis propios aposentos.
—Si quisiera matarme, ya lo habría hecho en el patio —repliqué, sosteniéndole la mirada aunque cada fibra de mi cuerpo me gritaba que retrocediera—. Pero aquí estoy. ¿Para qué me trajo? ¿Para tallar sus piedras o para ser su entretenimiento antes de que decida cortarme la cabeza?
Li Yan se detuvo a un solo paso de mí. Era mucho más alto de lo que parecía; su sombra me cubría por completo, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Olía a licor fuerte, a lluvia nocturna y a ese calor febril que parecía quemarlo por dentro.
—Quítame esto —ordenó con voz baja y peligrosa, señalando el broche de jade ceremonial que sostenía el cuello cerrado de su túnica interior.
Entrecerré los ojos.
—No soy su sirvienta personal.
—Ahora eres lo que yo decida que seas —susurró él, inclinándose apenas hacia mí. Su aliento cálido me rozó la frente—. Tienes dos opciones, Lian: o desabrochas el broche con esas manos que tanto alabas, o haré que los guardias te aten a los postes de la cama para ver cuánto te dura ese orgullo.
Un nudo de furia me quemó la garganta. La amenaza era directa, pero había algo en su respiración entrecortada, en la forma en que sus pupilas dilatadas me buscaban, que no cuadraba con la pura tiranía. Parecía un hombre al borde del colapso, desesperado por una chispa de alivio.
Levanté las manos despacio. Mis dedos estaban fríos en comparación con el aire caliente que lo rodeaba. Me acerqué al cuello de su túnica y toqué el broche de piedra verde. El jade estaba tibio, impregnado de su calor corporal.
Comencé a deslizar la traba de plata, pero mis dedos resbalaron sobre la seda y rozaron la piel desnuda de su clavícula y la base de su garganta.
El impacto fue como un rayo cayendo directo en mi cráneo.
El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo ahogado. La habitación desapareció en una fracción de segundo, devorada por una ráfaga de imágenes tan nítidas y violentas que el suelo pareció abrirse bajo mis pies:
Vi un cáliz de vino plateado humeando con un vapor grisáceo mientras Li Yan lo llevaba a sus labios... Vi sombras con dagas cortas deslizándose por los techos del pabellón entre la lluvia... Y luego, la visión cambió de golpe, arrastrándome a un calor sofocante: vi mi propia espalda arqueada sobre sábanas de seda roja deshechas, el peso del cuerpo de Li Yan aplastándome contra el colchón, sus manos grandes y callosas sujetando mis muñecas sobre mi cabeza mientras su boca bajaba devorando mi cuello con una sed demencial, susurrando mi nombre entre gruñidos roncos que me hacían estremecer de puro fuego...
—¡Ah! —solté un grito sordo, intentando apartar las manos de su pecho como si me hubiera quemado con brasas al rojo vivo.
Pero no pude.
Li Yan reaccionó con la velocidad de un felino. Antes de que pudiera dar un solo paso atrás, su mano grande y pesada se cerró con fuerza de hierro alrededor de mi muñeca izquierda, aprisionándome contra él.
Estaba a punto de forcejear, de gritarle que me soltara, pero me quedé helada al ver su rostro.
La rigidez de sus facciones se había desmoronado por completo. Li Yan tenía los ojos muy abiertos, clavados en los míos, respirando hondo como si acabara de salir a la superficie tras ahogarse bajo el agua. La tensión asesina de su mandíbula cedió; el temblor de su cuerpo se detuvo en seco en el instante exacto en que mi piel tocó la suya. El fuego místico que lo estaba devorando parecía haberse apagado de golpe con mi simple contacto.
—¿Qué... qué eres? —murmuró con la voz rota, casi sin aliento, apretando mi muñeca con una fuerza desesperada, como si temiera que, al soltarme, la locura volviera a desgarrarle la cabeza.
Mi corazón golpeaba con violencia contra mi pecho, aturdida por la sobrecarga de lo que acababa de ver en mi mente. La visión de su cuerpo sobre el mío aún me quemaba la sangre, pero la otra imagen era la urgente.
—Si bebe del cáliz de plata que le traigan mañana al amanecer... —dije con la respiración entrecortada, mirándolo con puro pánico y rabia—, estará muerto antes del mediodía.
Li Yan no parpadeó. Su mirada bajó lentamente de mis ojos a mis labios entreabiertos, y luego volvió a subir, oscura, intensa y cargada de una posesividad que me erizó la piel hasta el último rincón.
—No me importa el cáliz —susurró, tirando de mi muñeca hacia arriba hasta obligarme a pegar mi pecho contra el suyo—. Dime por qué mi dolor se detiene cuando me tocas.