Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 6: Un nuevo tipo de cercanía
Alex miró los ojos de Daniel. Vio la súplica silenciosa escondida detrás de su oferta de pizza, el miedo latente a que todo se rompiera entre ellos si se tocaba el tema de Camila.
Desvió la mirada hacia el tablero del auto y tomó una decisión rápida. «No ahora», se dijo. Daniel había sido su escudo todo el día; ahora le tocaba a él proteger la paz de su amigo, al menos hasta que entendiera qué hacer con el torbellino que sentía en el pecho.
—Una pizza gigante suena como el mejor plan del mundo, Dani —respondió Alex, forzando una sonrisa lo más natural posible.
El suspiro de alivio que soltó Daniel fue casi audible. Sus hombros se relajaron visiblemente y la chispa habitual regresó a sus ojos en un parpadeo.
—¡Perfecto! Pero tú cargas la maleta, guardaespaldas VIP no hace trabajo pesado dos veces —bromeó Daniel, bajándose del auto con su energía renovada.
Mientras subían en el ascensor, Alex ya no pudo volver a ver a Daniel con los mismos ojos de antes. Cada pequeño detalle cobraba un significado completamente nuevo. Cuando Daniel se estiró para presionar el botón del piso, Alex se fijó en la línea de su mandíbula, en la curva de sus pestañas y en cómo su fragancia parecía llenar el pequeño cubículo.
No era una sensación incómoda; al contrario, descubrió que su propio cuerpo buscaba esa cercanía de forma casi magnética.
Al entrar al departamento, Daniel dejó las llaves en la barra de la cocina y sacó su teléfono.
—Bien, ¿mitad pepperoni y mitad cuatro quesos? Sé que eres un aburrido que no arriesga con los ingredientes, pero hoy soy un dios generoso —dijo Daniel sin levantar la vista de la pantalla.
Alex caminó hacia él. En lugar de quedarse a una distancia prudente o sentarse en el sofá como siempre hacía, se detuvo justo al lado de Daniel, rompiendo la invisible barrera del espacio personal.
Pegó ligeramente su hombro al de su amigo y se inclinó un poco para mirar la pantalla del teléfono junto a él.
Daniel se congeló instantáneamente. Alex notó cómo la respiración de su amigo se detenía por completo y cómo sus dedos se quedaban inmóviles sobre la pantalla. La cercanía física provocó una corriente eléctrica que se sentía casi tangible en el aire de la cocina.
—Pepperoni está bien —murmuró Alex. Su voz sonó más baja y suave de lo normal debido a la proximidad.
En lugar de alejarse, Alex estiró la mano y, con una lentitud deliberada, rozó los dedos de Daniel que sostenían el teléfono, subiendo sutilmente hasta darle un pequeño y cálido apretón en la muñeca.
—Gracias por defenderme hoy, Dani. De verdad. No sé qué habría hecho si no hubieras estado ahí.
Daniel tragó saliva con dificultad. Alex pudo ver de reojo cómo un sutil tinte rojizo trepaba por el cuello de su amigo hasta teñirle las orejas.
Daniel intentó carraspear para recuperar su voz y, con un esfuerzo sobrehumano, obligó a sus labios a formar una pequeña sonrisa torcida, aunque no se atrevió a mirarlo directamente a los ojos.
—O-oye, ya te lo dije... el servicio de seguridad viene incluido con el paquete de mejor amigo —respondió Daniel, con un ligero tartamudeo que delató por completo el caos que llevaba dentro
—. No te acostumbres, la próxima vez te cobraré impuestos por sentimentalismo.
Alex sonrió para sí mismo, sintiendo un latido cálido y dulce en el centro del pecho. Ver el poder que sus pequeños gestos tenían sobre Daniel, notar cómo lograba desarmar al chico que siempre tenía un chiste listo, encendió algo completamente nuevo dentro de él. Ya no era solo gratitud.
Era una curiosidad genuina y el inicio de un sentimiento que empezaba a asustarse de lo mucho que le gustaba.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Daniel sentía que estaba caminando sobre un campo minado descalzo.
La pizza había llegado hacía veinte minutos, pero él apenas había podido pasar dos bocados. Todo en su apartamento se sentía diferente, como si alguien hubiera cambiado las leyes de la gravedad sin avisarle. Y esa persona era Alex.
Normalmente, cuando cenaban juntos en el sofá, Alex se tiraba en un extremo con las piernas cruzadas y él se echaba en el otro, dejando un espacio seguro en el medio donde cabían tres cajas de pizza y dos controles de videojuegos. Pero hoy, Alex no había respetado el protocolo.
Daniel miró de reojo la pantalla del televisor, donde parpadeaba el menú de inicio de una película de acción que ni siquiera estaba registrando.
A su lado, pegado a él de una manera que desafiaba cualquier concepto de "espacio personal entre amigos", estaba Alex.
No había una caja de pizza dividiéndolos. Alex se había sentado tan cerca que Daniel podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo a través de la tela de sus pantalones.
Cada vez que Alex respiraba, su hombro rozaba el de Daniel. Era una tortura deliciosa, un fuego lento que estaba desgastándole la poca fuerza de voluntad que le quedaba tras el desastre con Camila.
«¿Qué demonios le pasa hoy?», gritaba Daniel en su mente, con el corazón martilleándole las costillas a un ritmo alarmante.
«¿Es por el shock de la ruptura? ¿Se siente solo? ¿O es que... por fin se dio cuenta de algo?».
El pánico le apretó la garganta. La acusación de Camila seguía flotando en su cabeza como un fantasma pegajoso.
Daniel se obligó a tensar la espalda, pegándose lo más que pudo al respaldo del sofá para no ceder a la abrumadora tentación de estirar el brazo y rodear los hombros de Alex.
—Oye, Al —soltó Daniel, intentando con todas sus fuerzas que su voz sonara con la burla ligera de siempre, aunque le salió un poco más ronca de lo habitual
—. El sofá es bastante grande, ¿sabes? Si te sigues pegando así voy a pensar que estás intentando robarme el calor corporal o que quieres que te adopte como mascota.
Se giró ligeramente para lanzarle una de sus sonrisas ensayadas, esperando que Alex se riera, hiciera un comentario sarcástico y se alejara.
Pero Alex no se movió. Al contrario, se giró también para quedar frente a él, apoyando un brazo en el respaldo del sofá, acortando aún más la distancia. Sus ojos, oscuros y extrañamente brillantes, se clavaron directamente en los de Daniel con una fijeza que le cortó la respiración.
—¿Te molesta que esté cerca, Dani? —preguntó Alex en un susurro suave, ladeando un poco la cabeza.
Daniel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
El tinte rojizo que había intentado ocultar en la cocina amenazó con volver a encenderle la cara. Tragó saliva, atrapado entre el pánico de ser descubierto y la abrumadora dulzura de tener a Alex mirándolo de esa manera. Su máscara de bromista profesional se estaba cayendo a pedazos, y por primera vez, no sabía qué chiste inventar para salvarse.