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La Vida De Un Escritor Otaku

La Vida De Un Escritor Otaku

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:311
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

La vida de un escritor otaku

Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.

Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.

Todo cambia una noche en Akihabara.

Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.

Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.

Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.

La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La vida puede cambiar en una acción.

La noche había caído sobre Akihabara hacía varias horas.

Las luces de los carteles iluminaban las calles con colores que parecían no pertenecer al mismo mundo. Tiendas de electrónica, locales de videojuegos, cafeterías y pequeños restaurantes seguían abiertos a pesar de lo avanzado de la hora.

Para la mayoría de las personas, aquel lugar era simplemente uno de los barrios más conocidos de Tokio.

Para mí, era casi como estar en casa.

Caminaba tranquilamente por una de las calles secundarias mientras llevaba una bolsa con algunas cosas que había comprado de camino.

—Debí haber comprado la edición limitada...

Suspiré al recordar el juego que había visto unas horas antes.

Había estado tentado de comprarlo, pero finalmente había decidido que no necesitaba gastar dinero en otro juego cuando todavía tenía varios sin terminar en casa.

Aunque sabía perfectamente que probablemente terminaría comprándolo al día siguiente.

Tenía veintiocho años y, si alguien me hubiera preguntado cómo era mi vida, probablemente habría respondido que era bastante normal.

Bueno...

Quizá no completamente normal.

Vivía solo.

No tenía novia.

Pasaba una cantidad considerable de tiempo frente a una computadora.

Jugaba videojuegos.

Leía manga.

Y escribía novelas ligeras.

Para algunos aquello probablemente era suficiente para llamarme un otaku de manual.

No me molestaba.

Después de todo, había convertido aquella afición en mi trabajo.

Mi nombre había comenzado a aparecer con cierta frecuencia en las estanterías de las librerías de todo Japón. No era un autor famoso, pero mis novelas tenían suficientes lectores como para permitirme vivir de ellas.

Por esa razón me había mudado desde Osaka a Tokio unos años atrás.

La editorial con la que trabajaba tenía sus oficinas allí y, aunque podía escribir prácticamente desde cualquier lugar, asistir a reuniones, hablar con mis editores y participar en determinados eventos era mucho más sencillo viviendo en Tokio.

Mi casa tampoco era precisamente pequeña.

Había comprado una casa de dos pisos en una zona relativamente tranquila, no demasiado lejos de Akihabara.

No porque fuera rico.

Al contrario.

Había encontrado una buena oportunidad y había utilizado gran parte de mis ahorros para conseguirla.

El problema era que ahora vivía completamente solo en ella.

Y algunas noches aquello podía resultar bastante silencioso.

Seguí caminando.

Fue entonces cuando las vi.

Al principio pensé que eran simplemente dos chicas descansando junto al 7-Eleven.

Había un pequeño espacio al lado del establecimiento donde algunas personas solían sentarse.

Sin embargo, cuanto más me acercaba, más extraño me parecía.

Las dos estaban sentadas en el suelo.

Una de ellas parecía tener unos veinte años. Llevaba el cabello largo y estaba abrazándose las piernas mientras miraba fijamente el suelo.

La otra era algo más joven.

Tenía el cabello ligeramente despeinado y una expresión de cansancio que me llamó inmediatamente la atención.

Ninguna parecía estar utilizando un teléfono.

Tampoco hablaban entre ellas.

Simplemente estaban allí.

Me detuve unos metros después de pasar junto a ellas.

Miré hacia atrás.

«No es asunto mío.»

Seguí caminando.

Di otros cinco pasos.

Me detuve otra vez.

—Maldición...

No sabía por qué me preocupaba tanto.

Quizá porque una de ellas parecía estar temblando ligeramente.

Regresé.

—Perdón.

Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Sus miradas se encontraron con la mía.

La mayor frunció ligeramente el ceño.

—¿Sí?

—No quiero molestarlas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Su tono era desconfiado.

Era comprensible.

Un hombre desconocido acercándose a dos chicas durante la noche no era precisamente una situación tranquilizadora.

Levanté ligeramente las manos.

—Solo quería preguntar si están bien.

Las dos se miraron.

—Estamos bien —respondió la mayor.

La respuesta fue demasiado rápida.

Miré sus rostros.

—Claro...

No insistí.

Saqué mi teléfono y miré la hora.

Después miré hacia el 7-Eleven.

—¿Han comido?

La chica más joven bajó la mirada.

Aquello fue suficiente respuesta.

—Ya veo.

Entré al establecimiento.

Compré tres comidas preparadas, un par de bebidas, algunos onigiri y un paquete de dulces.

Cuando salí, las dos seguían exactamente en el mismo lugar.

Me acerqué y dejé las bolsas frente a ellas.

—Tomen.

La mayor me miró sorprendida.

—¿Qué es esto?

—Comida.

—Eso ya lo veo.

—Entonces no necesitabas preguntarlo.

Por primera vez, la expresión de la chica cambió ligeramente.

Casi parecía que quería sonreír.

—¿Por qué nos compras comida?

Me encogí de hombros.

—Porque tienen hambre.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

—Nada.

Me senté a cierta distancia de ellas.

—Pero tampoco me cuesta demasiado comprarles algo.

Las dos permanecieron calladas.

Después de unos segundos, la más joven tomó uno de los onigiri.

—Gracias...

—De nada.

La mayor también terminó tomando uno.

Durante varios minutos no dijimos nada.

Solo se escuchaban los sonidos de la calle.

Cuando terminaron de comer, les hice una pregunta que llevaba un rato rondándome la cabeza.

—¿Tienen dónde quedarse esta noche?

Las dos se quedaron inmóviles.

Aquella reacción respondió por ellas.

—No.

La respuesta vino de la mayor.

—¿Ni siquiera un hotel?

Negó con la cabeza.

—No tenemos dinero suficiente.

Miré a la chica más joven.

Ella evitó mi mirada.

—¿Y sus familias?

Esta vez ninguna respondió.

Comprendí que estaba entrando en un terreno delicado.

—Lo siento.

—No importa —dijo la mayor.

Se levantó.

—Ya comimos. Gracias.

Parecía querer marcharse.

Pero no tenía a dónde ir.

Eso era evidente.

Suspiré.

—Tengo una casa.

Las dos volvieron a mirarme.

—¿Qué?

—Una casa de dos pisos. Vivo solo.

La expresión de ambas cambió inmediatamente.

—Espera —dijo la mayor—. ¿Estás diciendo que vayamos a tu casa?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tienen frío, están cansadas y no tienen dónde dormir.

—¿Y qué quieres a cambio?

La pregunta me dejó desconcertado.

—¿A cambio?

—Sí.

Entendí entonces lo que estaba pensando.

—No quiero nada.

—¿Nada?

—Nada.

La chica más joven me observó en silencio.

La mayor cruzó los brazos.

—Un hombre de veinti pico de años que vive solo invitando a dos chicas a su casa en mitad de la noche... ¿de verdad esperas que creamos que no quieres nada?

Sentí que mi cara comenzaba a calentarse.

—¡No estoy pensando en eso!

Las dos me miraron.

—Solo...

Me pasé una mano por el cabello.

—Las vi aquí. Parecían necesitar ayuda. Eso es todo.

—Eres otaku, ¿verdad?

Parpadeé.

—¿Cómo lo sabes?

—Por tu bolsa.

Miré la bolsa que llevaba.

Había un llavero de uno de mis videojuegos favoritos colgando de ella.

—Ah.

No pude evitar sentirme avergonzado.

—Sí.

—Entonces es todavía más sospechoso.

—¿Por qué?

—Un otaku adulto...

—¡Eso no significa que quiera acostarme con ustedes!

Las dos se quedaron calladas.

Yo también.

—...

—...

—Lo siento.

La chica más joven fue la primera en apartar la mirada.

—Está bien.

La mayor suspiró.

—¿Realmente podemos dormir en tu casa?

—Sí.

—¿Sin pagar?

—Sí.

—¿Sin hacer nada?

—Sí.

—¿Incluso si no confiamos en ti?

—Eso sería bastante razonable.

La mayor me observó durante varios segundos.

Finalmente asintió.

—Está bien.

Caminamos juntos hasta mi casa.

Durante el trayecto apenas hablamos.

Cuando abrí la puerta, ambas se quedaron completamente inmóviles.

La casa tenía dos pisos y varias habitaciones.

No era una mansión ni mucho menos, pero estaba bastante bien cuidada.

—¿Vives aquí solo? —preguntó la más joven.

—Sí.

—¿Eres rico?

—No.

Las dos me miraron con incredulidad.

—Entonces, ¿cómo tienes una casa así?

—Escribo novelas ligeras.

—¿Eres escritor?

—Sí.

—¿Conocido?

Me encogí de hombros.

—Un poco.

La mayor entrecerró los ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

—Saito Takahara.

Las dos intercambiaron una mirada.

La más joven abrió ligeramente los ojos.

—¡Espera! ¿Tú escribiste "El sueño de un gran futuro"?

—Sí.

—¡La he leído!

No pude evitar sonreír.

—Entonces supongo que ya no soy un completo desconocido.

La mayor también pareció reconocer mi nombre.

—Así que realmente eres escritor...

—Eso parece.

Dejé mis cosas y me giré hacia ellas.

—Por cierto, deberíamos presentarnos correctamente.

Las dos asintieron.

La mayor dijo tener veintiún años.

La menor tenía dieciocho.

Ambas dieron sus nombres.

Izumi la mayor.

Akane la más chica.

Yo hice lo mismo.

—Bienvenidas.

Las dos permanecieron en silencio.

No parecían saber cómo reaccionar.

—Pueden utilizar el baño. Les prepararé algo para comer.

—¿Otra vez? —preguntó la menor.

—Eso fue solo un tentempié.

Subieron después de que les indicara dónde estaba el baño.

Mientras tanto, fui a la cocina.

Preparé arroz, sopa de miso, pescado y algunos acompañamientos sencillos.

Nada especial.

Pero cuando las dos bajaron después de bañarse y se sentaron frente a la mesa, sus expresiones cambiaron.

Parecían mucho más tranquilas.

Comimos juntos.

Al principio hubo silencio.

Después comenzaron las preguntas.

—¿De verdad escribes todos los días?

—Prácticamente.

—¿Cuántas horas?

—Depende.

—¿Y cómo se te ocurren las historias?

—No siempre lo sé.

La conversación continuó durante bastante tiempo.

Me preguntaron por mis novelas, mis personajes y mi trabajo.

Por primera vez desde que las había encontrado, las vi comportarse como dos chicas normales de su edad.

Y, extrañamente...

Me sentí bien.

No sabía por qué.

Solo sabía que aquella sensación era agradable.

Después de cenar, les mostré la habitación que podían utilizar.

—Pueden dormir aquí.

Había dos camas.

Las chicas se miraron.

—Gracias —dijo la mayor.

—No tienen que agradecerme.

Me alejé hacia la cocina para comenzar a limpiar.

Mientras lavaba los platos, escuché unos pasos detrás de mí.

Era Akane.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—Entonces...

Se quedó unos segundos en silencio.

—Gracias por la comida.

Sonreí.

—No hace falta.

—Pero...

—Lo hice de corazón.

Ella me observó.

—¿De verdad?

—Sí.

La chica bajó la mirada.

—Entiendo.

Subió las escaleras.

No sabía que alguien más había estado escuchando.

La Izumi permanecía inmóvil unos escalones más arriba.

Había escuchado cada palabra.

Y aunque no dijo nada, su expresión había cambiado.

Esa noche creí que finalmente podría irme a dormir tranquilo.

Me equivocaba.

Porque aproximadamente una hora después de que las dos chicas se encerraran en su habitación, escuché un ruido en el piso superior.

Después otro.

Me levanté.

—¿Qué fue eso?

Subí lentamente las escaleras.

Cuando llegué al pasillo, la puerta de la habitación estaba entreabierta.

Y entonces escuché una voz.

—No podemos quedarnos aquí.

Era Izumi.

—Lo sé.

Akane respondió en voz baja.

—Entonces tenemos que irnos antes de que él descubra la verdad.

Me quedé paralizado.

¿La verdad?

No sabía de qué estaban hablando.

Pero antes de que pudiera acercarme un poco más, escuché algo que hizo que mi corazón se detuviera durante un instante.

—Si nos encuentran le daríamos problemas.

Retrocedí silenciosamente.

Por primera vez desde que las había encontrado frente al 7-Eleven, sentí que quizá había cometido un grave error.

No sabía quiénes eran realmente aquellas dos chicas.

Y mucho menos por qué estaban huyendo.

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