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Votos De Sangre

Votos De Sangre

Status: En proceso
Genre:Matrimonio entre clanes / Polos opuestos enfrentados / Mujer poderosa
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: vasitos de veneno

Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.

NovelToon tiene autorización de vasitos de veneno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13

Japón

Faltaba un día.

Uno solo.

Misaki permanecía de pie en medio de su habitación observando todo lo que habían dejado allí durante las últimas horas.

Bolsas.

Cajas.

Zapatos.

Vestidos.

Dos valijas abiertas sobre el suelo de tatami y una tercera junto a la pared.

Todo era caro.

Ridículamente caro.

Seda, cuero, vestidos de diseñadores cuyos nombres apenas había mirado antes de dejar las bolsas a un costado.

Había exigido una sola cosa.

Negro.

Al menos habían tenido la inteligencia suficiente para respetar eso.

Misaki tomó uno de los vestidos.

Largo. Elegante. Ajustado en la cintura y con buena parte de la espalda descubierta.

Probablemente alguien había pensado que dejaría visible parte de la enorme serpiente tatuada sobre su piel.

Lo sostuvo durante unos segundos.

Después lo arrojó sobre la cama.

No le gustaba.

Nada de aquello le gustaba.

Ni los vestidos.

Ni los zapatos.

Ni las joyas.

Ni las malditas valijas.

Ni Nueva York.

Mucho menos la razón por la que debía viajar.

Caminó entre las bolsas hasta detenerse frente al espejo.

Llevaba pantalones negros de entrenamiento y una camiseta ajustada del mismo color. El cabello recogido en una larga trenza. El rostro limpio.

Así se reconocía.

Así entrenaba.

Así peleaba.

Así había matado.

Y así la había conocido Ren.

Misaki sostuvo la mirada de su propio reflejo.

Ren nunca le había pedido que cambiara.

Ni una sola vez.

Nunca le había dicho que escondiera sus tatuajes.

Nunca había intentado cubrir sus cicatrices.

Jamás había sugerido que se vistiera diferente o que fuera más delicada.

Ni siquiera cuando finalmente comprendió quién era realmente Misaki Kuroda.

Qué hacía.

De qué era capaz.

Él la había amado así.

Con las manos lastimadas después de entrenar.

Con los nudillos abiertos.

Con una katana cerca.

Con la enorme serpiente tatuada sobre la espalda.

Con todo aquello que los demás consideraban peligroso.

Una vez, años atrás, Ren la había encontrado sentada junto al río después de una sesión particularmente dura con su padre.

Tenía el labio roto.

Los nudillos ensangrentados.

El cabello desordenado.

Él se había sentado a su lado y, después de mirarla durante unos segundos, había dicho:

—Estás hermosa.

Misaki le había contestado que era un idiota.

Ren había sonreído.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Un recuerdo insignificante.

Uno de cientos.

Y, aun así, dolía.

Misaki apartó la mirada del espejo.

No quería recordar.

Últimamente los recuerdos parecían empeñados en perseguirla.

Volvió a mirar los vestidos.

Ahora debía ponerse todo aquello para presentarse ante otra familia.

Sentarse frente a otro hombre.

Negociar condiciones.

Territorios.

Dinero.

Y un matrimonio.

Su mandíbula se tensó.

Matrimonio.

Cerró los ojos.

No.

No iba a pensar en eso.

Unos golpes discretos sonaron en la puerta.

—Adelante.

Hiroshi entró.

Su mirada recorrió rápidamente la habitación.

Las bolsas.

Los vestidos.

Las cajas.

Después miró a Misaki.

No hizo ningún comentario.

Inteligente.

—El auto está preparado, señorita.

Misaki asintió.

—¿Las conseguiste?

Hiroshi levantó una mano.

Llevaba un pequeño ramo de flores blancas.

Sencillas.

Exactamente las que ella había pedido.

Misaki las observó durante unos segundos.

—Sí.

Hiroshi se acercó y se las entregó.

Ella las tomó con un cuidado que contrastaba demasiado con aquellas manos acostumbradas a sostener armas.

—Gracias.

—No tiene que agradecerme.

Misaki bajó la mirada hacia las flores.

—Vamos.

El viaje comenzó en silencio.

Hiroshi conducía.

Misaki permanecía en el asiento trasero mirando por la ventanilla, con las flores descansando sobre sus piernas.

Tokio fue desapareciendo poco a poco.

Los enormes edificios.

Las luces.

El tránsito.

El ruido.

Después llegaron las carreteras más tranquilas.

Las casas bajas.

Los árboles.

Las montañas a lo lejos.

Otro Japón.

El Japón de Ren.

Misaki bajó la mirada hacia las flores.

—Gracias, Hiroshi.

Él la observó brevemente por el espejo.

—No tiene que agradecerme.

—Por las flores.

—Sé cuáles le gustaban.

Misaki levantó los ojos.

Hiroshi volvió inmediatamente la mirada hacia el camino.

Claro que lo sabía.

Hiroshi había estado allí durante años.

Siempre cerca.

Siempre un paso detrás.

Siempre disponible.

Había conocido a Ren.

Había visto mucho más de lo que alguna vez mencionaba.

—Y gracias por traerme.

—Siempre.

Misaki volvió hacia la ventanilla.

—Siento que tengas que venir conmigo a Nueva York.

Los dedos de Hiroshi se tensaron ligeramente alrededor del volante.

—No lo sienta.

—Ese país...

Misaki hizo una pequeña mueca.

—Demasiado ruido.

—Demasiada gente.

Ella lo miró por el espejo.

—No te gusta.

—A usted tampoco.

Misaki casi sonrió.

Casi.

—Podrías quedarte.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Misaki levantó la mirada.

—No era una pregunta.

—Lo sé.

—Entonces quedate en Japón.

Los dedos de Hiroshi se apretaron alrededor del volante.

—Mi lugar está con usted.

Misaki frunció ligeramente el ceño.

—Tu lugar está donde yo diga.

—Entonces ordéneme que me quede.

Ella sostuvo su mirada a través del espejo.

—Te lo estoy ordenando.

Hiroshi guardó silencio.

Por primera vez, Misaki creyó ver algo extraño en sus ojos.

Algo que desapareció antes de que pudiera identificarlo.

—Con todo respeto, señorita —dijo finalmente—, esa es una orden que no puedo obedecer.

Misaki arqueó una ceja.

Hiroshi jamás desobedecía.

Jamás.

—¿Y desde cuándo decidís qué órdenes cumplir?

Él volvió la vista hacia el camino.

—Desde que una de ellas implica dejarla ir sola.

Misaki lo observó durante unos segundos.

—No necesito que me protejas.

—Lo sé.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Y era verdad.

Hiroshi sabía mejor que nadie que Misaki Kuroda no necesitaba que ningún hombre la protegiera.

La había visto pelear.

La había visto sostener una katana mientras hombres dos veces más grandes que ella retrocedían.

Había visto el miedo en los ojos de quienes escuchaban su nombre.

No era eso.

Nunca había sido eso.

Hiroshi apretó nuevamente el volante.

—Solo quiero estar donde usted esté.

Misaki lo miró.

El silencio se prolongó demasiado.

Hiroshi pareció darse cuenta.

—Por seguridad —agregó.

Misaki entrecerró los ojos.

—Claro.

Él no respondió.

Ella volvió la mirada hacia la ventanilla.

No vio cómo Hiroshi la observó durante apenas un segundo a través del espejo.

Ni cómo apartó inmediatamente los ojos.

Hiroshi llevaba años perfeccionando el arte de permanecer a su lado sin pedir absolutamente nada a cambio.

Y, sobre todo, sin decir aquello que sabía que jamás tendría derecho a decir.

El cementerio estaba casi vacío.

Era mucho más pequeño que los de Tokio.

Más antiguo.

Más silencioso.

Pertenecía al pueblo en el que Ren había crecido.

Misaki conocía aquel lugar.

Había recorrido ese camino antes.

No tantas veces como habría querido.

Las primeras semanas después del entierro había intentado regresar.

La madre de Ren había dejado suficientemente claro que su presencia no era bienvenida.

Misaki lo había respetado.

Durante un tiempo.

Pero mañana se iba.

Y no sabía cuándo regresaría.

Necesitaba verlo.

Aunque él ya no pudiera verla a ella.

Hiroshi estacionó a cierta distancia.

Bajó primero.

Misaki hizo lo mismo.

Él tomó posición automáticamente unos pasos detrás.

—Quedate acá.

Hiroshi la miró.

—Señorita...

—Quiero ir sola.

Su expresión no cambió, pero Misaki lo conocía.

No le gustaba.

—No hay peligro.

—Eso no puedo saberlo.

Misaki sostuvo su mirada.

—Hiroshi.

Una sola palabra.

Él bajó ligeramente la cabeza.

—Sí, señorita.

Misaki tomó las flores.

Y comenzó a caminar.

El sendero era largo.

Piedra.

Árboles.

Tumbas familiares.

Silencio.

El sonido de sus propios pasos era prácticamente lo único que escuchaba.

Con cada metro que avanzaba, algo se cerraba más alrededor de su pecho.

Ridículo.

Podía entrar en un edificio lleno de hombres armados sin alterar el pulso.

Podía ver sangre sin sentir absolutamente nada.

Podía escuchar a alguien rogar por su vida y mantener la mano firme.

Pero aquel camino...

Aquel maldito camino...

La destruía.

Finalmente la vio.

Se detuvo.

Ren Takashi.

Durante unos segundos no avanzó.

Simplemente miró la tumba.

Después continuó.

Se agachó frente a ella.

Colocó las flores.

Las acomodó cuidadosamente.

Una.

Después otra.

Sus dedos temblaron ligeramente.

Misaki cerró la mano.

No.

Respiró.

—Hola, mi amor.

La voz salió apenas audible.

Nadie respondió.

Nunca respondía.

Misaki bajó la mirada.

—Mañana me voy.

Silencio.

—A Nueva York.

Se sentó frente a la tumba.

Durante algunos segundos no dijo nada.

—Odiarías Nueva York.

Una sonrisa mínima apareció en sus labios.

—Demasiado ruido.

La sonrisa desapareció casi inmediatamente.

—Te extraño.

Aquellas dos palabras dolieron más que cualquier herida.

Misaki respiró profundamente.

—Sueño con vos.

Cerró los ojos.

—Todavía.

Sus dedos se cerraron sobre la tela de sus pantalones.

—A veces sueño que estamos en el río.

Una pausa.

—Otras veces...

No pudo continuar.

Su mano descendió involuntariamente hasta su abdomen.

Vacío.

Siempre vacío.

Misaki cerró los ojos con fuerza.

—Sueño con nuestro...

La palabra se quebró antes de salir.

Bebé.

No pudo pronunciarla.

Una parte de ella seguía sin poder hacerlo.

Misaki inclinó la cabeza.

Respiró.

Una vez.

Dos.

Tres.

No iba a llorar.

—Lo siento.

Su propia voz salió rota.

Eso la enfureció.

Apretó la mandíbula.

—Tu madre tiene razón.

Miró el nombre grabado en la piedra.

—Yo te maté.

El viento movió suavemente las ramas sobre su cabeza.

—No fui yo quien lo hizo.

Pausa.

—Pero te metí en esto.

Sus ojos comenzaron a arder.

—Vos no sabías nada de armas. Ni de territorios. Ni de familias.

Una pequeña risa amarga escapó de sus labios.

—Tu mayor problema era que tus alumnos no hacían la tarea.

Recordó su voz.

Las historias sobre la escuela.

Las quejas fingidas.

Los dibujos que sus alumnos le regalaban.

Las veces que Ren hablaba durante minutos de algún chico que finalmente había entendido algo después de intentarlo durante semanas.

Él había pertenecido a otro mundo.

Uno normal.

Uno bueno.

—Te arruiné la vida.

Misaki bajó la cabeza.

—Y ahora...

No.

Ni siquiera podía decirlo.

Su mano se dirigió hacia el cuello.

Los dedos buscaron debajo de la camiseta hasta encontrar una fina cadena.

Tiró suavemente de ella.

Un pequeño anillo apareció.

Sencillo.

Sin una enorme piedra.

Sin diamantes.

Nada ostentoso.

Nada que alguien esperaría encontrar alrededor del cuello de la hija de Takeshi Kuroda.

Misaki lo sostuvo entre los dedos.

—Me tengo que casar con él.

Silencio.

—Con un De Luca.

Su pulgar acarició lentamente el metal.

—Lo siento.

Una lágrima consiguió escapar.

Misaki la limpió inmediatamente.

—Siempre pensé que iba a ser con vos.

Otra respiración.

—Que íbamos a casarnos en tu pueblo.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Como querías.

Miró el anillo.

Y durante un instante ya no vio el cementerio.

Vio el río.

La noche.

Ren.

Sus manos temblando.

Habían regresado al mismo lugar donde se conocieron cuando eran niños.

Ren había hablado demasiado aquella noche.

Más de lo normal.

Misaki se había dado cuenta de que estaba nervioso.

Él había insistido en que no.

Mentía horrible.

Hasta que finalmente había sacado aquel pequeño anillo.

Nada extraordinario.

Probablemente había ahorrado durante meses para comprarlo.

—Quiero que te vengas conmigo.

Misaki lo había mirado.

—¿Adónde?

—Donde quieras.

—Eso no es un lugar.

Ren había sonreído nervioso.

—Entonces elegimos uno.

Después la sonrisa había desaparecido.

Y había pronunciado las palabras que nadie le había dicho jamás.

—Casate conmigo.

Misaki había permanecido inmóvil.

Ren se había puesto pálido.

—Podés decir algo.

—Estás temblando.

—No estoy temblando.

—Mentís horrible.

Entonces él había reído.

Y Misaki también.

Después había dicho que sí.

Tan simple.

Sí.

Había aceptado dejarlo todo.

A los Kuroda.

La organización.

Incluso a su padre.

Porque por primera vez quería algo más que sobrevivir.

Quería vivir.

Con él.

—Te dije que sí —susurró frente a la tumba.

Cerró los dedos alrededor del anillo.

—Te prometí que iba a irme.

La casa que nunca existió apareció nuevamente en su cabeza.

Pequeña.

Lejos de Tokio.

Ren enseñando.

Ella aprendiendo a vivir sin hombres armados alrededor.

Un jardín.

Y un bebé.

Su bebé.

Misaki bajó la cabeza.

—No pude salvar nada.

—¿Qué hacés acá?

Misaki quedó inmóvil.

Conocía esa voz.

Guardó rápidamente el anillo debajo de la camiseta.

Después se puso de pie.

La madre de Ren estaba a pocos metros.

Tenía una bolsa en una mano.

Su expresión pasó de la sorpresa a la furia.

—¿Qué hacés acá?

Misaki no respondió inmediatamente.

—Vine a verlo.

—No.

La mujer avanzó.

—No.

Miró la tumba.

Después a Misaki.

—Te dije que no volvieras.

—Mañana me voy de Japón.

—No me importa.

Misaki bajó la mirada.

—Solo quería despedirme.

La mujer soltó una risa quebrada.

—¿Despedirte?

Se acercó a ella.

—¿Vos?

Misaki permaneció inmóvil.

—Mi hijo tuvo que despedirse de su vida por conocerte.

La frase encontró exactamente dónde hacer daño.

Misaki no mostró nada.

La madre de Ren vio las flores.

Se agachó.

Las tomó.

—No tenés derecho.

Y se las arrojó.

Varias golpearon el pecho de Misaki.

Una rozó su rostro.

El resto cayó al suelo.

A la distancia, Hiroshi reaccionó.

Avanzó inmediatamente.

Misaki levantó una mano.

No.

Hiroshi se detuvo.

Su cuerpo entero permaneció tenso.

Los ojos fijos en la mujer.

Pero obedeció.

La madre de Ren también lo vio.

—Claro.

Miró a Hiroshi.

Después a Misaki.

—Siempre hay alguien detrás de vos.

Misaki no respondió.

—Hombres. Armas. Autos. Dinero.

Señaló la tumba.

—Mi hijo no tenía nada de eso.

—Lo sé.

—¡No, no lo sabés!

Su voz se quebró.

—Él era maestro.

—Lo sé.

—Tenía alumnos.

Misaki tragó saliva.

—Lo sé.

—Tenía amigos. Tenía una familia. Tenía una vida.

—Lo sé.

—¡Entonces dejá de decir que lo sabés!

Misaki guardó silencio.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—Si realmente lo hubieras sabido, lo habrías dejado en paz.

El golpe fue limpio.

Misaki bajó ligeramente la mirada.

—Sí.

La madre de Ren pareció desconcertarse.

—¿Qué?

—Debería haberlo dejado en paz.

Silencio.

—Entonces estaría vivo.

Misaki levantó los ojos.

—Sí.

No hubo defensa.

No hubo excusas.

No culpó a los De Luca.

No mencionó al hombre que realmente había matado a Ren.

Nada.

Porque delante de aquella mujer no podía hacerlo.

La madre de Ren respiró con dificultad.

—Te odio.

Misaki asintió lentamente.

—Lo sé.

—Ojalá nunca te hubiera conocido.

Ya se lo había dicho antes.

Dolió exactamente igual.

La mirada de la mujer descendió.

Se detuvo sobre su cuello.

Misaki no había escondido completamente el anillo.

Una pequeña parte sobresalía de la camiseta.

La madre de Ren palideció.

—Eso...

Misaki bajó la mirada.

Demasiado tarde.

—Todavía lo llevás.

Los dedos de Misaki se cerraron alrededor del anillo.

—Sí.

—Sacátelo.

Misaki levantó los ojos.

—No.

Fue la primera respuesta verdaderamente firme.

La mujer parpadeó.

—Era de mi hijo.

—Me lo dio a mí.

—Porque quería casarse con vos.

Dolió.

—Sí.

—Mi hijo quería hacer una vida con vos.

—Lo sé.

—¡Y mirá dónde está ahora!

Misaki cerró los ojos apenas un segundo.

—Lo sé.

La madre de Ren la observó durante unos instantes. Las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, pero su expresión seguía cargada de dolor y rabia.

—Él te amaba.

Misaki sintió que algo se cerraba alrededor de su garganta.

—Lo sé.

—Demasiado.

Esta vez Misaki no respondió.

—Estaba dispuesto a dejar todo por vos. Su trabajo, este pueblo, su madre...

La voz de la mujer se quebró.

—A mí.

Misaki bajó la mirada.

—Nunca quise alejarlo de usted.

—Pero lo hiciste.

Silencio.

—Desde que apareciste, empezó a hablar de irse. De empezar una vida en otro lugar. De una casa. De casarse...

La mujer miró el pequeño anillo entre los dedos de Misaki.

—Todo era vos.

Misaki sintió arder los ojos.

—Él también era todo para mí.

—Entonces tendrías que haberlo dejado ir.

Misaki no pudo responder.

Quizá aquella era la frase que más veces se había repetido desde su muerte.

Tendría que haberlo dejado.

Tendría que haberse alejado cuando todavía estaba a tiempo.

Tendría que haber entendido que amar a alguien como Ren era poner un blanco sobre su espalda.

Pero había sido egoísta.

Por primera vez en su vida había encontrado algo que quería para ella.

Y no había sido capaz de renunciar.

La madre de Ren señaló el sendero.

—Andate.

Misaki permaneció inmóvil.

—Por favor...

La voz de la mujer finalmente se quebró.

—Andate.

Misaki bajó la mirada hacia las flores esparcidas sobre el suelo.

Se agachó.

Recogió una.

La menos dañada.

La colocó nuevamente frente a la tumba.

—Te dije que...

—Puede odiarme.

La mujer guardó silencio.

Misaki se incorporó.

—Puede culparme.

La miró directamente.

—Probablemente tenga razones para hacerlo.

Sus dedos volvieron a tocar el anillo.

—Pero no puede hacer que deje de amarlo.

El rostro de la madre de Ren se quebró.

Comenzó a llorar.

Misaki sintió que algo dentro de ella hacía exactamente lo mismo.

Pero sus ojos permanecieron secos.

No se acercó.

No intentó abrazarla.

No intentó consolarla.

Ya le había quitado demasiado.

Pasó junto a ella.

—No vuelvas.

Misaki se detuvo.

No giró.

—No vuelvas nunca más a la tumba de mi hijo.

Silencio.

Misaki cerró los ojos.

Había desobedecido a hombres capaces de matarla.

Había enfrentado a su padre.

Había ignorado órdenes que habrían hecho temblar a otros.

Pero aquella...

Aquella no podía desobedecerla.

—Está bien.

Y continuó caminando.

Hiroshi la esperaba junto al auto.

No dijo nada.

No preguntó.

No miró hacia atrás.

Simplemente abrió la puerta.

Misaki entró.

Él ocupó el asiento del conductor.

Encendió el motor.

Durante varios kilómetros ninguno habló.

Misaki observaba el paisaje por la ventanilla.

Una mano permanecía cerrada alrededor del anillo debajo de su camiseta.

—¿Creés que tiene razón?

Hiroshi la miró a través del espejo.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

Silencio.

—Ren estaría vivo si nunca me hubiera conocido.

Los dedos de Hiroshi se tensaron alrededor del volante.

—Probablemente.

Misaki levantó la mirada.

No esperaba aquello.

Hiroshi continuó conduciendo.

—Podría mentirle si eso la hiciera sentir mejor.

—No lo harías.

—No.

Misaki volvió la mirada hacia la ventanilla.

—Entonces tiene razón.

—No dije eso.

Ella lo miró.

—Dijiste que estaría vivo.

—Dije que probablemente estaría vivo.

Hiroshi hizo una pausa.

—Pero también habría vivido sin conocerla a usted.

Misaki permaneció en silencio.

—Él sabía quién era usted.

—No al principio.

—Después sí.

Hiroshi la miró brevemente por el espejo.

—Y se quedó.

Misaki apretó los labios.

—Eso fue lo que lo mató.

—No.

La firmeza de la respuesta consiguió que volviera a mirarlo.

—Un De Luca lo mató.

Silencio.

—No usted.

Misaki volvió hacia la ventanilla.

—No cambia nada.

—Para usted, quizá no.

Hiroshi mantuvo los ojos sobre el camino.

—Para mí sí.

Pasaron algunos segundos.

Misaki lo observó.

—¿Lo querías?

Hiroshi tardó en responder.

—Sí.

—Nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntó.

Misaki esperó.

Hiroshi no agregó nada.

—Era un buen hombre —dijo finalmente.

Misaki bajó la mirada.

—Sí.

—Y la hacía feliz.

Aquello consiguió que levantara nuevamente los ojos.

Hiroshi seguía mirando el camino.

No había reproche en su voz.

Ni celos.

Nada que Misaki pudiera reconocer.

Solo una verdad.

—Eso era suficiente para mí.

Misaki lo observó durante unos segundos.

Después volvió hacia la ventanilla.

No vio cómo la mandíbula de Hiroshi se tensó.

Ni cómo sus dedos apretaron un poco más el volante.

Ren había tenido algo que Hiroshi jamás se había permitido desear en voz alta.

La posibilidad de ser elegido por ella.

Y mientras Misaki había sido feliz, Hiroshi había considerado suficiente verla serlo.

Cuando regresaron al templo ya era de noche.

Misaki entró sola en su habitación.

Todo seguía exactamente donde lo había dejado.

Las valijas.

Los vestidos.

Los zapatos.

Las bolsas.

Nueva York esperando en cada rincón.

Cerró la puerta.

Durante unos segundos simplemente permaneció allí.

Después caminó hasta el espejo.

Se miró.

Metió la mano debajo de la camiseta.

Sacó la cadena.

El anillo apareció nuevamente.

Pequeño.

Sencillo.

Completamente fuera de lugar entre las cajas de joyas costosas que habían dejado sobre una mesa.

Misaki abrió una.

Diamantes.

Cerró la caja.

Ni siquiera sabía cuánto costaban.

Probablemente aquel collar valía cien veces más que el anillo que sostenía entre los dedos.

No importaba.

Podían ofrecerle todos los diamantes del mundo.

Ninguno tendría aquel valor.

Porque Ren había ahorrado para comprarlo.

Ren había temblado al entregárselo.

Ren le había preguntado.

Eso era lo que más dolía.

Le había preguntado.

Nadie preguntaba a Misaki Kuroda qué quería.

Su padre decidía.

La familia decidía.

El apellido decidía.

Ren había sido diferente.

—¿Querés casarte conmigo?

Y ella había podido elegir.

—Sí.

Una palabra.

Había habido una vida entera dentro de aquella palabra.

Una vida que nunca llegó.

Misaki cerró los dedos alrededor del anillo.

Al día siguiente volverían a decidir por ella.

Subiría a un avión.

Viajaría miles de kilómetros.

Entraría en territorio De Luca.

Conocería a Dante.

Hablarían de negocios.

De territorios.

De condiciones.

De sangre.

Y de matrimonio.

Misaki volvió a colocarse la cadena.

Escondió cuidadosamente el anillo debajo de la camiseta.

Contra su piel.

Después levantó los ojos hacia el espejo.

Las bolsas de ropa seguían detrás.

Podían vestirla como quisieran.

Podían llevarla a Nueva York.

Podían sentarla frente a Dante De Luca.

Incluso podían obligarla a pronunciar unos votos que jamás habría elegido.

Pero aquello no.

Misaki apoyó la palma sobre el lugar donde descansaba el anillo.

Aquello no pertenecía a Takeshi.

No pertenecía a los Kuroda.

Mucho menos a los De Luca.

Era de Ren.

Y era suyo.

1
Kim Nava
por eso actitud de Dante sigo diciendo que estos protagonistas no deberían quedar juntos al final no se puede ojalá y este final sea distinto y cada uno por su lado y que sea diferente a todas esas historias
Kary Monte
hasta tu hijo sabe cómo debe comportarse🙎🙎🙎
Kary Monte
🤦🤦🤦🤦 como puede ser tan animal
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
Kary Monte
al parecer ren en verdad era solo un profesor enamorado de misaky porque sino su padre le hubiera echado barro
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
Kary Monte
parece me parece 😁😁😁 que el que callo fue De Luca 😁😁😁 ahora pues
Kary Monte
por fin
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
Kim Nava
ella tiene claro lo que quiere y se entiende por qué aria lo mismo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
Kim Nava
el ya cayó ante ella
Mayelin Gimenez
El está loco por ella! Y creo que Misaki no le es indiferente! Solo que se limita por el dolor de la perdida de Ren!
Mayelin Gimenez
Ese Lucio De Luca lo mató por diversión! Con razón Misaki lo dejo sin cabeza!
Kim Nava
y esa maldita viena toda vía defiende a su maldito hijo por que su hijo no es malo 😡😡😡
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
Kary Monte
horrible 😣😣😣horrible lo que vivió Misaki
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
Kim Nava
la que llevó a hi a la madre de Dante es la perra de Carmen 😡
Kary Monte: estoy de acuerdo fue esa perra de Carmen
dante de es darte cuenta de la alimaña que está en tu casa
total 1 replies
Kim Nava
no se por que esta soportando Dante a esa despechada ya la hubiera desaparecido 😡😡😡
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
Kary Monte
dante
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
Kary Monte
/Smug/ está tensión entre Hiroshi y dante me está matando
Kim Nava
bueno su venganza de Misaki es entendible
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
Kim Nava
lo que no me parece es que Hiroshi quiera interponerse el solo es la mano derecha y de confianza que tenga sentimientos hacia ella es su pedo pero no por eso va hacer una piedra para Dante
Kary Monte
no sé otras
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/
Kim Nava: jiji no eres la única 🤭
solo ellos por su ego y venganza no lo ven 🤭
total 1 replies
Kim Nava
sigo diciendo que la tal Carmen esa se alió a algun enemigo por eso ese ataque 🤔
Kary Monte: 😜😜😜😜 te gusta el peligro dante
total 1 replies
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