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"BESSEKAI" (BL) EN ESPAÑOL "!OTRO MUNDO"

"BESSEKAI" (BL) EN ESPAÑOL "!OTRO MUNDO"

Status: En proceso
Genre:Contratadas / Romance / Supersistema / Mundo mágico / Zombis
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Macarena rios

En el mundo moderno, Yang Zhang lo tenía todo: diecisiete años, un cuerpo alto (de más de un metro ochenta y ocho), músculos definidos de atleta y la imponente masculinidad del capitán del equipo de baloncesto escolar. Era el escudo de sus amigos y el orgullo de sus padres, dos dentistas de costumbres metódicas. Sin embargo, en un parpadeo, un brutal accidente vehicular destruye su vida y se lleva a sus padres en las llamas.
En el instante previo a la muerte, una entidad fría y enigmática llamada el "Sistema" interviene para salvar su alma. Cuando Zhang abre los ojos, descubre que ha sido transmigrado a un mundo místico de cultivo y clanes marciales, adoptado como el único heredero del sabio líder del Clan Yang.
Pero el cambio no es solo de mundo: al mirarse en el reflejo del agua, Zhang descubre con estupor que ya no posee su cuerpo alto y robusto de deportista. Ahora habita la figura de un joven de facciones delicadas, tez de porcelana, contextura pequeña, delgada y frágil.

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Capitulo 1- Solo un sueño

El chasquido seco del balón estrellándose contra la madera pulida del parqué retumbó en las alturas del gimnasio, seguido por el sonido impecable de la red sacudiéndose.

—¡Intenta parar eso la próxima vez, Gao! —exclamó Zhang, aterrizando con un golpe firme de sus zapatillas sobre la cancha.

Con sus metales rozando el metro ochenta y ocho de estatura, Zhang destacaba dondequiera que pisaba. Poseía la contextura imponente y marcada de un atleta de alto rendimiento: hombros anchos, brazos bien definidos por años de entrenamiento diario y una postura masculina, sólida y erguida que proyectaba seguridad sin esfuerzo. Su rostro, de mandíbula firme y mirada directa, se complementaba con una sonrisa amplia y abierta que solía contagiar a cualquiera a su alrededor.

A sus diecisiete años, no solo ejercía como capitán e indiscutible pilar del equipo de baloncesto de la escuela secundaria, sino que disfrutaba plenamente de esa fortaleza física. Le gustaba sentir el peso real de su cuerpo al saltar, la potencia de sus zancadas y la certeza de ser alguien fuerte, capaz de proteger a los suyos y hacerse valer en cualquier situación.

—Eres un monstruo, Zhang. Eso rozó la falta técnica —protestó Gao entre jadeos, apoyando las manos en los muslos mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Técnica? Amigo mío, eso fue pura coordinación y potencia —respondió Zhang con una risotada baja, atrapando en el aire la botella de agua que le arrojaban desde la banca—. Si trabajaras más la fuerza de piernas en lugar de buscar excusas, tal vez podrías hacerme un bloqueo decente.

Las burlas y los choques de palmas resonaron en el recinto. Aquella tarde el entrenamiento había sido especialmente exigente, pero el grupo respiraba la euforia propia del último año escolar. Para Zhang, que amaba la libertad, el esfuerzo físico y el compañerismo sin tapujos, no había nada superior a la sensación de plenitud que experimentaba al terminar una buena jornada deportiva.

Al ducharse y cambiarse en los vestidores, ajustó su chaqueta escolar sobre los hombros anchos y salió junto a sus tres amigos más cercanos hacia la plaza central del distrito.

El cielo de la tarde se teñía de tonos cobrizos y violetas. Se acomodaron en una banca de madera bajo la sombra de un sauce anciano, compartiendo bolsas de papas fritas, golosinas y latas de refresco helado.

—El torneo regional es nuestro, no me cabe duda —aseguró Zhang, estirando sus piernas largas frente a él y reclinándose con los brazos cruzados tras la nuca—. Con la presencia que tenemos en la pintura y si mantenemos este ritmo de pase, no hay equipo en la provincia que nos mueva.

—Hablas con una confianza aterradora —comentó Chen, la única chica del grupo, observándolo con una sonrisa afectuosa mientras acomodaba sus libros—. Aunque hay que reconocer que cuando estás en la cancha, impones bastante. Das mucha seguridad a los demás.

—Es parte del trabajo de capitán —sonrió Zhang, guiñándole un ojo con descaro—. Además, me gusta ser el escudo del equipo. Mientras yo esté al frente, ustedes solo tienen que preocuparse por anotar.

Aquel instante sencillo quedó grabado en su memoria como un refugio de luz: el crujido de las hojas secas bajo la brisa, el sabor salado de las papas fritas y la calidez incondicional de sus amigos. Zhang se sentía invulnerable, dueño de su presente y listo para comerse el mundo con la fuerza de su juventud.

El reloj de la torre municipal dio las siete y media cuando Zhang se despidió con un fuerte apretón de manos y caminó a paso firme hacia su hogar. La casa familiar se erigía en una calle apacible y arbolada, una propiedad acogedora con un pequeño jardín frontal cargado de jazmines.

Al quitarse las zapatillas en la entrada, el aroma a estofado de ternera y té caliente lo envolvió de inmediato.

—¿Zhang? ¿Eres tú, hijo? —llamó su madre desde la cocina.

—¡Sí, mamá! Ya estoy aquí —respondió con voz sonora, encaminándose al comedor.

Sus padres eran profesionales metódicos, serenos y de costumbres tradicionales. Ambos ejercían como dentistas en clínicas locales. Eran el tipo de adultos que rechazaban la prisa de los teléfonos inteligentes y preferían informarse leyendo el periódico impreso sobre la mesa cada mañana.

Su padre, un hombre de hombros rectos y mirada serena tras sus anteojos de armadura metálica, leía la sección de noticias locales.

—Te retrasaste casi tres cuartos de hora —observó su padre alzando la vista, aunque sus rasgos duros se suavizaron al ver entrar a su hijo.

—Nos quedamos en la plaza analizando la táctica del torneo, papá —se disculpó Zhang, rodeando el sillón para darle un firme abrazo por los hombros a su padre y luego inclinarse a darle un beso a su madre, quien traía una sopera humeante.

—Nos alegra que disfrutes con tus amigos, cariño —dijo ella, acariciándole la espalda con ternura—, pero la ciudad ha estado complicada. En el periódico informan sobre accidentes de tránsito absurdos y violentos en las avenidas principales. Conductores que pierden el control de repente... No quiero que andes distraído por la calle.

—Es verdad —asintió el padre, doblando el diario con precisión—. Hoy mismo hubo un choque múltiple en el viaducto. Hay demasiada imprudencia. Con tu tamaño y tu forma de andar pareces invencible, Zhang, pero un vehículo no se detiene ante nadie. Ten mucho cuidado.

—Les prometo que ando con mil ojos —aseguró Zhang con tono reconfortante, tomándose el plato con apetito voraz.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas. A pesar del carácter reservado de sus padres, la devoción que sentían por su único hijo era absoluta, un refugio de paz donde Zhang siempre encontraba respaldo.

Al finalizar, ayudó a recoger la mesa y subir las escaleras rumbo a su habitación.

El dormitorio de Zhang reflejaba su energía física: trofeos de baloncesto alineados en repisas altas, un saco de boxeo colgado en una esquina, pósters de atletas en las paredes y su mochila deportiva junto al escritorio.

Se cambió por un pantalón de pijama holgado. Eran pasadas las diez de la noche cuando se acostó en su cama matrimonial, dispuesto a descansar plácidamente.

Sin embargo, el descanso se truncó rápidamente.

Cerca de las once, el techo comenzó a vibrar con un retumbo sordo de bajos. Los vecinos del piso superior habían comenzado otra fiesta ruidosa. El golpeteo de la música electrónica y las pisadas pesadas atravesaban el cielo raso sin piedad.

Zhang gruñó de frustración, cubriéndose la cabeza con la almohada.

—Otra noche igual... —murmuró entre dientes.

Llevaba días acumulando insomnio por culpa de aquellas reuniones inesperadas. Dobló la almohada e intentó bloquear el sonido, pero el ritmo constante parecía percutir directamente en sus sienes. Durante horas dio vueltas en el colchón, viendo el reloj digital avanzar cruelmente: 1:15 AM... 2:40 AM... 4:10 AM...

Agotado físicamente pero incapaz de desconectar el cerebro, cayó en un estado febril de somnolencia.

En medio de ese trance, el ruido del piso de arriba pareció amortiguarse hasta desaparecer. Un silencio helado y profundo ocupó su lugar. Al cerrar los ojos, Zhang no vio la penumbra de su cuarto, sino la proyección vívida de un cielo nocturno colosal, cruzado por auroras brillantes de un azul intenso y místico.

Y desde el fondo de esa luz resplandeciente, una voz fina, metálica y desprovista de emoción humana susurró en la penumbra de su mente:

“...Alma compatible detectada... Registro de fortaleza... en espera...”

Zhang se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe con la respiración agitada. Se incorporó en la cama, pasándose una mano pesada por el rostro sudoroso.

—¿Qué demonios fue eso...? —murmuró, mirando la hora: 5:00 AM.

Le quedaba apenas una hora antes de que sonara la alarma. Con el cuerpo molido por la falta de sueño pero confiando en su resistencia física, Zhang volvió a recostarse, ignorando que aquella noche marcaría el final definitivo de su fuerza terrenal y de la vida que hasta entonces conocía.

1
Micaela
La historia es muy bonita y divertida
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