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FIRMÉ MI LIBERTAD

FIRMÉ MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:La Vida Después del Adiós / Mujer fuerte/hombre frágil / Pareja destinada / Divorcio
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

FIRMÉ MI LIBERTAD

Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.

Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.

Una noche, Aymara decide desaparecer.

Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.

Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.

Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.

Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bella Monreal

Brumaluna olía a lluvia, café y madera húmeda.

Aymara condujo despacio por la calle principal, más por cansancio que por prudencia. Había una panadería cerrando, una farmacia pequeña, una plaza con árboles enormes y, al fondo, el lago. Nada parecía diseñado para impresionar a nadie.

Eso también le gustó.

Encontró el hotel casi por accidente. Era una construcción de dos pisos con balcones de madera y un rótulo discreto junto a la entrada.

Estacionó donde podía ver la casa rodante desde la entrada.

Antes de bajar revisó dos veces que la guantera estaba cerrada. El teléfono de su vida anterior seguía apagado allí dentro.

Entró.

Un hombre levantó la vista detrás del mostrador.

No tendría mucho más de treinta años. Camisa oscura, mangas dobladas hasta los antebrazos, cabello un poco desordenado. No tenía la sonrisa automática de quien intenta vender una habitación.

—Buenas noches.

—¿Tiene una habitación?

Él miró el reloj.

—Tengo.

Aymara esperaba la siguiente pregunta con el cuerpo rígido.

—¿Una noche?

—Por ahora.

El hombre se acercó una ficha.

—Necesito un nombre.

El bolígrafo quedó suspendido entre los dedos de ella.

Aymara.

Su nombre llevaba la empresa de su familia, documentos, fotografías, registros, cuentas, una madre que probablemente estaría llamando a todo el mundo y un marido que sabía exactamente cómo encontrar un Aymara.

El hombre esperó.

No la apuró.

—Bella —dijo ella.

La palabra salió antes de que pudiera corregirse.

Él bajó la vista a la ficha.

—¿Apellido?

Aymara miró por la ventana. Al otro lado de la calle, una vieja placa indicaba la dirección hacia Monte Real.

—Monreal.

Escript.

Bella Monreal.

Durante un segundo sentí que había cometido algo imperdonable.

Después sintió alivio.

—Rodrigo —dijo el hombre.

Ella levantó la mirada.

Él señaló la pequeña placa sobre su camisa.

RODRIGO.

—Por si necesita algo.

Bella.

El nombre todavía no reaccionaba dentro de ella.

—La casa rodante es mía —dijo—. ¿Puede quedarse ahí?

Rodrigo miró hacia el estacionamiento.

—Esta noche sí. Mañana vemos un lugar mejor para dejarla. Desde esa esquina le cae toda el agua del techo.

Ella frunció el fruncido.

—Puedo moverla.

—No dije que no pudiera.

La respuesta la desarme lo suficiente para que guardara silencio.

Rodrigo tomó una llave.

—Habitación doce. La cocina ya cerró, pero puedo conseguirle algo.

—No tengo hambre.

Su estómago la contradijo.

Rodrigo fingio no haberlo oído.

—Voy a conseguirle algo.

—No hace falta.

-Perder.

Aymara habría discutido con cualquier otra persona.

Bella estaba demasiado cansada.

Subió.

La habitación era sencilla: cama grande, un escritorio, baño, una ventana que daba al lago. Cerró con seguro y dejó la maleta sin abrir.

Fue directamente al espejo.

Durante varios segundos observaron a la mujer que tenía delante.

Cabello recogido de cualquier manera. Ojeras. Labios secos. Una marca rojiza casi borrada en la muñeca.

Aymara.

—Bella —susurró.

No ocurrió nada.

Se quitó la chaqueta.

Llamaron a la puerta.

Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.

Retrocedió.

—¿Quién?

—Rodrigo. Le dejo comida.

Aymara no abrió hasta escuchar sus pasos alejarse.

En el suelo había una bandeja cubierta: sopa, sartén, una botella de agua y una nota escrita en un recibo.

«La cocina insiste en que esto cuenta como cena.»

No decía nada más.

Aymara comió sentada en el suelo, apoyada contra la cama.

Cuando terminó, subió el teléfono nuevo. No tenía contactos. No tenía fotografías. No tenía mensajes.

Marco de memoria.

Su padre contestó.

—Hola.

Aymara cerró los ojos.

—Estoy viva.

Escuchó cómo él soltaba el aire.

—Eso era todo lo que necesitaba saber.

—Estoy bien.

—No te creo, pero no voy a discutir.

Ella suena por primera vez en días.

-Papá…

—No me digas dónde estás.

Aymara miró el lago.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Hubo una pausa.

—Tu mamá está asustada.

La sonrisa desapareció.

—¿Y Sam?

—Está furioso.

Aymara apretó el teléfono.

—¿Fue a buscarte?

—Aymara, escúchame. Eso no te corresponde resolverlo ahora.

-Papá.

—Yo sé cuidarme.

—Prométeme que no vas a enfrentarlo.

El silencio tardó demasiado.

—Prométeme —repitió.

—Voy a ocuparme de algunas cosas de la empresa.

Aymara se puso de pie.

-No.

—Hay movimientos que quiero revisar.

—Papá, por favor.

—No voy a hacer ninguna locura.

Ella conocía ese tono.

Era el mismo que utilizaba cuando ya había tomado una decisión.

—Quiero volver y ayudarte.

-No.

La palabra fue firme.

—Te ayudé a salir para que salieras, no para que Sam pudiera hacerte regresar usando mi nombre.

Aymara sintió que se le llenaban los ojos.

—Te quiero.

—Yo también.

Antes de colgar, su padre añadió:

—Y no importa qué nombre estés usando ahora. No olvidés el que te di.

La llamada terminó.

Aymara dejó el teléfono sobre la cama.

Afuera, la lluvia había disminuido.

Se acercó a la ventana.

En el estacionamiento, Rodrigo estaba bajo un paraguas revisando el terreno alrededor de la casa rodante. Movió una maceta grande que estaba desviando agua hacia una de las ruedas y regresó al hotel sin mirar hacia arriba.

Aymara observó la puerta cerrarse detrás de él.

No sabía por qué aquel gesto mínimo le hizo daño.

Quizás porque llevaba demasiado tiempo acostumbrada a que cada favor tuviera precio.

Aquella noche durmió ocho horas.

Cuando despertó, tardó varios segundos en recordar quién era.

Luego vio la ficha del hotel sobre el escritorio.

Bella Monreal.

La tomó entre los dedos.

—Solo por unos días —se dijo.

En la habitación escribió el nombre nuevo en una hoja del bloque del hotel: Bella Monreal. Lo miré hasta que dejó de parecerle una ocurrencia. Después rompió el papel en cuatro y lo guardó en el bolsillo en lugar de tirarlo. Aún no confiaba en los basureros, en las cámaras ni en su propia capacidad para no dejar rastros. Pero sí empezaba a confiar en una idea sencilla: podía aprender a vivir sin pedir permiso.

Y por primera vez la mentira sonó posible.

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