Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Como tú
Mi teléfono sonó.
—Hola, papá.
—¿Dónde estás?
—En la oficina.
Hubo silencio.
—¿Otra vez?
Sonreí.
—Tengo trabajo.
—¿Y no has comido?
—Todavía no.
—Anastacia, tienes que cuidar tu salud.
—Estoy bien.
—No. Estás haciendo exactamente lo mismo que yo hacía.
Sonreí.
—Supongo que aprendí del mejor.
Mi padre soltó una pequeña risa.
—Por cierto, ¿cómo estuvo el viaje?
—Maravilloso. Tu madre y yo lo disfrutamos muchísimo. Ya sabes que ella quería conocer ese lugar desde hacía años.
Sentí una calidez en el pecho. Mi padre estaba bien. Después de todo lo ocurrido, verlo viajar, reír y disfrutar de la vida seguía siendo uno de los mayores regalos que había recibido.
—Me alegra mucho, papá.
—A mí me alegra que estés trabajando, pero no quiero que olvides vivir.
—Lo sé.
—Come algo.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Colgué. Unos minutos después tocaron la puerta.
—Adelante.
Edmund entró con dos bolsas.
—Traje esto para ti.
Fruncí el ceño.
—¿Para mí?
—Tu almuerzo.
Lo miré con seriedad.
—No tengo hambre.
—Eso es lo que dice alguien que lleva horas sin comer.
—¿Y cómo sabes eso?
Edmund dejó las bolsas sobre mi escritorio.
—Es que escuché tu conversación.
Abrió una de las bolsas. El olor de la comida llenó la oficina. Reconocí inmediatamente uno de mis platos favoritos.
Lo miré.
—¿Cómo sabías que me gustaba esto?
—Christian me lo dijo.
Suspiré.
—Eres un completo idiota.
Él parpadeó.
—¿Perdón?
—No necesito que vengas a traerme comida para causar una buena impresión.
Edmund me observó unos segundos.
—No lo hice para causar una buena impresión.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque quise hacerlo.
Me quedé callada.
—No tienes que agradecerme —continuó—. Y tampoco tienes que comerlo si no quieres.
Se dirigió hacia la puerta.
Yo lo llamé.
—Edmund.
Se giró.
—Lo siento.
Su expresión se suavizó.
—Yo también. Fui imprudente.
Se marchó. Miré las bolsas. No sabía por qué sus palabras me habían afectado. Finalmente abrí el recipiente y comí.
Al salir de la oficina ya era de noche. Pasé por la estación y lo vi. Edmund estaba parado cerca de la entrada. Me sorprendí. Encendí las luces del automóvil y bajé un poco la ventana
—¡Edmund!
Él levantó la mirada. Cuando me reconoció, sonrió.
—Anastacia.
—¿Qué haces aquí?
—Esperando.
—¿Mucho tiempo?
—Un poco.
Miró hacia el cielo.
—Hace bastante frío.
Sonreí.
—No es tan frío.
—Eso lo dices porque no has vivido en Londres.
—¿Viviste en Londres?
—Durante algunos años.
—Londres es una ciudad bonita.
—Sí. Aunque tiene demasiados días grises.
—Creo que me gustaría.
—Tal vez algún día deberías ir.
La conversación era sencilla. Extrañamente sencilla. Y me sentí cómoda.
—¿Dónde vives? —pregunté.
Edmund me dio una dirección.
—Sube.
—¿Estás segura?
—Sí.
Comencé a conducir. Durante el trayecto seguimos hablando de Londres, del trabajo, de Christian y de cosas sin importancia.
Cuando llegamos, Edmund abrió la puerta.
—Gracias por traerme.
—No hay problema.
Estaba a punto de bajar cuando lo llamé.
—Edmund.
Él volvió a mirarme.
—Quería disculparme otra vez por lo de esta tarde.
—Acepto tus disculpas.
—Gracias.
—Y para que conste, no estoy molesto contigo.
—Me alegra.
Él cerró la puerta, pero antes de alejarse se inclinó ligeramente hacia la ventana.
—¿Te gustaría almorzar conmigo algún día?
Negué con la cabeza.
—No puedo.
Su mirada permaneció no desapareció.
—Entonces, ¿qué tal una cena?
Lo pensé unos segundos.
—Una cena sí puedo.
—Perfecto.
—Perfecto.
Edmund se alejó. Lo observé entrar al edificio. Después emprendí el camino a casa.
Cuando llegué, me miré en el espejo antes de bajar del automóvil. Mis mejillas estaban ligeramente sonrojadas. Fruncí el ceño. No entendía qué me estaba pasando. Después de tantos años había aprendido a vivir sin necesitar a nadie y, sin embargo, aquella noche no podía dejar de pensar en una simple sonrisa.
—Eres agradable, Edmund.
Lo dije en voz baja y sonreí sin darme cuenta.
Me quedé frente al espejo durante varios minutos. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Solo iba a cenar con Edmund. Eso era todo.
Había elegido un vestido rojo, amplio y ligeramente suelto, que caía con delicadeza sobre mi cuerpo. No quería verme demasiado arreglada, aunque había pasado más tiempo del necesario escogiendo qué ponerme. Me maquillé suavemente: un poco de base, rubor, máscara de pestañas y un tono discreto en los labios. Nada exagerado.
Respiré profundamente.
—Es solo una cena.
Tomé mi bolso y salí.
Al llegar al estacionamiento y vi a Edmund estaba junto a su automóvil, intentando ponerse el saco de su traje. Se veía elegante. Demasiado elegante. Cuando me vio, abrió los ojos con sorpresa.
—¿Ana?
Comencé a reír.
—¿Qué?
—Eres tú.
—Claro que soy yo.
Él me observó de arriba abajo y luego negó con la cabeza, todavía sorprendido.
—No esperaba verte así.
—¿Así cómo?
—Tan hermosa.
Sentí calor en las mejillas.
—Gracias.
Entonces miré su corbata y me quedé callada durante unos segundos antes de volver a reír.
—¿Qué?
—Tu corbata.
Edmund bajó la mirada.
—¿Qué tiene?
—Está mal.
—Lo sé.
—¿No sabes hacer el nudo?
—No.
Volví a reír.
—Parece un moño.
—Intenté hacerlo.
—Eso puedo verlo.
Me acerqué.
—Déjame ayudarte.
Tomé la corbata entre mis dedos y comencé a arreglarla. Edmund permaneció completamente quieto. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración. Cuando terminé, levanté la mirada. Él estaba rojo.
—Listo.
—Gracias.
—Ahora sí pareces un hombre elegante.
—¿Antes no?
—Parecías un hombre que había perdido una pelea contra su propia corbata.
Edmund soltó una carcajada. Después abrió la puerta del automóvil para mí.
—Señorita Thompson.
Hice una pequeña reverencia.
—Gracias.
Entré. Él rodeó el vehículo y se sentó al volante. Pero apenas arrancó, noté algo extraño debajo de él.
—Espera.
Edmund miró hacia abajo.
Había unas flores aplastadas en el asiento.
Su rostro cambió por completo.
—Oh, no.
—¿Son para mí?
—Sí.
Me reí.
—Edmund...
—Lo siento. Estaba tan nervioso que las dejé ahí.
—¿Y te sentaste encima?
—No era mi intención.
Tomé las flores y las acomodé.
—Son hermosas.
—No tanto después de que me senté sobre ellas.
—Siguen siendo hermosas.
Me miró con sopresa.
—Como tú.