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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 8

El sonido de la ganzúa rascando el metal del cerrojo se detuvo con un chasquido casi imperceptible.

Detrás del biombo de jade, apenas me atrevía a respirar. Apreté la empuñadura de la daga corta contra mi palma sudorosa hasta que los bordes del marfil me lastimaron los dedos. A través de los calados de la piedra tallada, la silueta de Li Yan era apenas una sombra más densa pegada al muro, inmóvil como una gárgola de piedra.

La pesada hoja de la puerta se entreabrió despacio, sin un solo crujido.

El primer asesino entró con el cuerpo agazapado, cubierto con túnica oscura y el rostro tapado por un paño negro. Traía una cuchilla corta en la mano derecha, apuntando directo hacia las cortinas carmesí de la cama imperial. Detrás de él se colaron dos sombras más, y al final, un hombre de hombros anchos con una coraza de cuero reforzada con placas de hierro: el General Wu. La empuñadura blanca de su espada curva brillaba opaca bajo el escaso reflejo de la luna.

—En silencio —susurró Wu a sus hombres, con voz áspera—. Degüellen al bastardo en las sábanas antes de que despierte.

No dieron ni dos pasos.

Li Yan se movió como un rayo en la penumbra.

El silbido de su espada ancha cortando el aire fue el único aviso. La hoja pesada cruzó el cuello del primer asesino antes de que el hombre pudiera girar la cabeza; un sonido húmedo y espeso llenó el cuarto, seguido por el golpe sordo del cuerpo desplomándose contra el suelo de madera mientras un reguero oscuro salpicaba las paredes.

—¡Emboscada! —rugió el segundo atacante, retrocediendo hacia la puerta con la hoja en alto.

Li Yan no le dio tregua. Avanzó con una ferocidad salvaje, lanzando una estocada frontal que atravesó el pecho del hombre de lado a lado. La fuerza del impacto fue tan brutal que el cuerpo quedó clavado contra el marco de la entrada un segundo antes de que Li Yan sacara el acero ensangrentado de una patada, haciéndolo rodar hacia el corredor exterior.

—Wu —dijo Li Yan. Su tono era bajo, casi calmo, pero arrastraba una vibración tan cargada de veneno que me erizó los brazos—. Entraste como una rata a mi alcoba. Al menos muere de pie como un soldado.

El General Wu apretó la empuñadura de marfil de su espada curva, retrocediendo un paso hacia la penumbra del pasillo mientras el tercer asesino se colocaba a su flanco.

—Subiste al trono sobre los cadáveres de tus hermanos, tirano —escupió Wu, con el rostro desfigurado por el odio y el miedo al ver a su señor despierto y armado—. Los clanes del sur no van a someterse a un demonio sin alma. Esta noche termina tu mandato.

—Entonces ven a quitarme la corona con tus propias manos —respondió Li Yan, dando un paso al frente con la espada goteando sangre sobre el mármol negro.

El tercer atacante se abalanzó primero para distraerlo con un corte bajo, mientras Wu se lanzaba por el flanco derecho buscando atravesarle el vientre desprotegido.

El choque de metales fue atronador. Chispas ardientes saltaron en la oscuridad cuando Li Yan bloqueó el filo curvo de Wu con el lomo de su espada, pero el tercer hombre aprovechó la apertura para arrojarse no contra el emperador, sino directo hacia el fondo de la estancia.

Había visto el destello de mi túnica blanca tras el biombo.

—¡Atrápala! —ordenó Wu entre dientes mientras forcejeaba contra la fuerza demoledora de Li Yan—. ¡Es la ramera que guarda en la cama!

El asesino pateó el biombo de jade. La piedra tallada se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos con un estrépito ensordecedor.

El hombre se abalanzó sobre mí con la daga en alto, creyendo que encontraría a una cortesana paralizada por el llanto. Pero en mi cabeza resonó la advertencia de Li Yan. Cuando el atacante estiró la mano enguantada para aferrarme del cabello, di un paso lateral, esquivando el impacto, y con toda la fuerza del terror y la adrenalina que me quemaba el pecho, le clavé la daga de marfil directo en el hueco de la clavícula.

El hombre soltó un grito ahogado de sorpresa y dolor, cayendo de rodillas frente a mí mientras la sangre caliente me salpicaba la falda del vestido y el dorso de las manos.

Al sentir el líquido caliente en mi piel desnuda, un chispazo profético me sacudió la vista por una fracción de segundo: vi la silueta de Wu levantando una pequeña ballesta de mano oculta bajo su manga izquierda, apuntando a la espalda de Li Yan mientras el emperador lo desarmaba.

—¡Li Yan, su manga izquierda! —grité con todas mis fuerzas, retrocediendo contra la pared mientras el asesino herido se retorcía a mis pies.

Li Yan, que acababa de derribar la espada curva de Wu de un golpe seco, no dudó de mi advertencia. En lugar de avanzar hacia adelante, giró sobre sus talones agachando el torso.

Un perno de acero negro rozó el hombro del emperador, desgarrándole la seda y la piel superficial antes de clavarse profundamente en la columna de madera detrás de él.

La trampa de Wu había fallado.

El rostro del general se desencajó por completo al ver el perno clavado en el pilar. Miró a Li Yan con puro terror, pero ya era tarde para pedir clemencia.

Con un movimiento limpio y despiadado, Li Yan cruzó la distancia en un solo latido. Su mano libre se cerró sobre la garganta de Wu, levantándolo del suelo hasta estrellarlo contra la pared, mientras la punta de su espada ancha subía lentamente hasta apoyarse justo sobre el ojo del general.

—Ibas a degollarme dormido —susurró Li Yan, con los ojos brillando en una penumbra sanguinaria, completamente despojado de cualquier pizca de humanidad—. Dime qué ministros abrieron la puerta este, Wu. Dímelo ahora, o me tomaré toda la noche para sacarte los tendones uno por uno frente a tus propios hijos.

Wu temblaba tanto que las placas de su armadura repiqueteaban contra el muro.

—Fue... fue el Ministro Chen... y la Segunda Concubina Imperial —balbuceó el hombre con voz asfixiada, buscando aire bajo la tenaza de hierro que le cerraba la tráquea—. Tenían el sello de los príncipes del sur... iban a proclamar regente a tu hermano menor mañana al amanecer...

Li Yan sonrió. Fue una mueca fría, siniestra, que prometía una carnicería a gran escala en cuanto saliera el sol.

—Gracias por ahorrarme el trabajo de adivinar —dijo el emperador.

Sin titubear, hundió el acero.

El cuerpo de Wu cayó pesadamente sobre las tablas oscuras, inmóvil.

El silencio volvió a caer sobre la recámara imperial, roto únicamente por el crujido de las velas consumiéndose y mi propia respiración agitada contra la pared. El olor a hierro y a vísceras era espeso, sofocante.

Li Yan bajó la espada despacio. La sangre empapaba la hoja entera y manchaba el borde de su túnica negra abierta. Tenía un hilo rojo deslizándose por su hombro donde el perno le había rozado la carne, pero ni siquiera pareció notarlo.

Se dio la vuelta lentamente. Sus ojos oscuros, cargados de esa misma sed sanguinaria con la que había aniquilado a los hombres en el suelo, se clavaron en mí.

Me quedé quieta, con la espalda pegada a la madera y la falda manchada de carmesí.

Li Yan avanzó hacia mí con pasos pesados, sorteando los cadáveres sin mirarlos. Con cada paso que daba, el aire se volvía más denso. Se detuvo a escasos centímetros de mi cuerpo, arrojando la espada ensangrentada al suelo con un estrépito seco que me hizo dar un respingo.

Estiró una mano sucia de sangre ajena y me tomó del mentón con fuerza, obligándome a alzar la mirada hacia él.

—Me salvaste la vida por segunda vez esta noche, Lian —dijo con la voz rasposa, cargada de una posesividad que no admitía escape—. Ahora dime... ¿cómo carajos voy a dejarte salir de este palacio?

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LEIDY KATERINE TANGARIFE MONTOYA
novela super buena, sigue así autora por fa terminala rápido🤩
Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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