Tres años de matrimonio. Una mansión en Alphaville con una cámara en cada pasillo. Y una promesa que Jonas Fontes le hizo una madrugada: el día que le diera un hijo, detendría el cielo de São Paulo con una lluvia de fuegos artificiales.
Noélia lo descubre de la peor manera. Llega a la cena de la empresa con una prueba de embarazo escondida en el abrigo y los fuegos artificiales estallan… para otra mujer. Su carrera de actriz desapareció sin explicación, sus cuentas se bloquean en una noche y la casa que creía suya resulta ser una jaula de oro.
Huye a Río de Janeiro con una maleta, los pendientes de su madre y un secreto que no puede revelar. Allí la espera una puerta que se abre demasiado fácil y un hombre que desgrana un rosario entre los dedos: Faustino Albuquerque, el heredero «santo» de una familia cuya fachada brillante esconde mucho más. Él afirma que le debe algo. Ella no recuerda por qué.
Mientras Jonas está dispuesto a todo con tal de no perderla, una mujer poderosa mueve los hilos desde las sombras y una frase a medias de su abuela empieza a abrir una grieta en el pasado de Noélia: «Tú no eres de aquí. Eres de muy lejos».
Entre un esposo que confunde amor con posesión y un hombre que protege en silencio, Noélia tendrá que decidir quién quiere ser… y a quién le pertenece de verdad su historia.
Porque algunas jaulas se abren por dentro.
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Capítulo 10
POV de Jonas
El celular se encendió en medio de mi propio discurso, y la foto que apareció en la pantalla me quitó el piso.
Léia. En el jardín. Con la mano cerrada sobre la mano de un hombre al que acababa de mandar investigar. Y el pie de foto ya circulaba: “Noélia Duarte es amparada por Faustino Albuquerque mientras su exmarido exhibe a la amante embarazada.”
Solté el micrófono con un “gracias a todos” cualquiera y crucé el salón. La gente me abría paso, notando en mi cara que algo se había roto. Empujé la puerta de vidrio del jardín y llegué hasta ellos.
—Aléjate de ella —dije.
Faustino ni se movió. Se quedó entre Léia y yo, sin prisa, como si yo fuera un detalle del jardín.
—Ella es mayor de edad —dijo—. Y tú tienes prohibido acercarte a ella por una resolución que todavía no sale, pero que ya debería existir.
—Esto es un asunto de familia.
—Aquí ya no hay ninguna familia. —Su voz era baja, y había en ella algo que reconocí, porque es lo mismo que hay en la mía, un límite que es mejor no poner a prueba—. Hay un hombre que encerró a su mujer en una casa con una cámara en cada rincón. Y hay una mujer que se fue.
Quise avanzar. Léia dio un paso atrás y su mano subió al vientre, un gesto rápido, inconsciente, y en ese instante lo vi. Vi lo que Caio había sugerido y yo había borrado de la pantalla antes de enviar, el miedo específico en sus ojos, el de quien protege no solo a sí misma.
—Léia —dije, y mi voz salió distinta, casi suplicante, algo que no hacía desde niño—. Tú estás…
—No te acerques a mí —dijo ella—. Nunca más.
Volvió a entrar al salón con la cabeza en alto, y Faustino se quedó un segundo más mirándome antes de seguirla, sin prisa, el dueño del juego. Me quedé solo en el jardín, con el ruido de la fiesta a mis espaldas y la foto todavía ardiendo en la pantalla del celular.
Volví a entrar detrás del humo, y la primera persona que se me puso enfrente fue Priscila, con el vestido ajustado, la barriga por delante y la boca ya abierta para reclamar.
—Amor, me dejaste sola en el escenario, todo el mundo lo vio, eso no se hace, yo soy…
—Lárgate —dije.
—¿Cómo dices?
—Lárgate, Priscila. De la fiesta, de mi vista, de mi camino. Ya serviste para lo que tenías que servir.
Su rostro se contorsionó entre la rabia y la incredulidad, y se fue taconeando, prometiendo que me iba a arrepentir. Y al verla irse sentí algo que me dio asco de mí mismo. Alivio. Porque la verdad que escondía hasta de mí era que nunca quise a Priscila. Fue una jugada: un heredero para callar a Célia, un castigo para Léia, una pieza en un tablero que yo armé y que ahora se me derrumbaba en la cara, pieza por pieza.
Caio apareció con la tableta y el gesto cerrado.
—La foto ya está en tres portales —dijo—. Y la narrativa se está poniendo en tu contra rápido. “Multimillonario controlador”, “amante exhibida”, “esposa humillada”. Jonas, mañana temprano esto es un caso de imagen. El área jurídica ya me llamó.
—Déjame la imagen a mí. ¿Qué tienes sobre él?
Dudó.
—¿Sobre Albuquerque? Mucho. Y nada bueno.
Fuimos al auto. Camino a la Faria Lima, Caio fue leyendo el expediente en voz alta, y con cada línea se me hundía más el estómago.
Faustino Albuquerque. El exgalán, el heredero del Grupo Albuquerque, de Río, al que todo Brasil conocía por las revistas y los palcos. Medios, entretenimiento, construcción, bienes raíces. Eso lo sabía todo el mundo. Lo que traía el expediente era el resto, lo que quedaba bajo la fachada bonita: cosas que el informe llamaba con eufemismo “actividades de riesgo” y que entendí al instante por lo que eran. Esa familia no era solo rica. Era otra cosa. Y Faustino, el santito del rosario, era el brazo que hacía que esa otra cosa sucediera.
—Hay más —dijo Caio, y bajó la voz—. Hay un fondo ligado a él. Aurora Capital. Y el rastro del dinero de Aurora, en los últimos tres años, coincide exactamente con… —se detuvo.
—Con qué.
—Con la carrera de la señora Noélia. Cada contrato que tú tumbabas en São Paulo, alguien compraba otro en Río, a oscuras. Cada agencia que la soltaba, aparecía otra financiada por fuera. Era Aurora. Era él. Faustino Albuquerque lleva tres años pagando la carrera de tu esposa, Jonas. Sin que ella lo supiera.
Me quedé mirando las luces de la Faria Lima pasar por la ventanilla.
Tres años. Mientras yo borraba a Léia del mundo, creyendo que la retenía mejor con cada pedazo que desaparecía, había un hombre del otro lado devolviéndola al mundo, en silencio, sin que yo viera nada.
Y perdí. Yo, que tenía cámaras en cada pasillo, rastreo en el celular, dinero en cada cuenta, perdí contra un hombre que nunca necesitó una sola cámara, porque Léia fue hasta él por voluntad propia.
Llegamos a la torre. Subí solo a la oficina y me senté en la oscuridad frente a las pantallas, que ahora mostraban una casa vacía. Abrí el cajón, tomé las pastillas de mi madre para el dolor detrás del ojo, y el dolor, por primera vez, no cedió. Tomé otra. No sirvió.
Cerré el expediente. Sobre Faustino, sobre Aurora, sobre los tres años.
—Crees que ganaste —le dije a la pantalla oscura, a nadie—. Pero ella es mía. Siempre lo fue.
Le escribí un mensaje a Caio. Averigua su agenda pública. Sus próximas apariciones. Todo.
Si no podía acercarme a ella por la vía legal, iba a encontrar la manera de hacerlo por fuera. Iba a traer a Léia de vuelta a cualquier costo, así fuera por la fuerza, así el mundo entero lo viera.
Decía “a cualquier costo” como quien da una orden de negocios, sin pesar de verdad el costo. Amor y posesión, para mí, todavía eran la misma cosa esa noche. Me había pasado la vida confundiéndolos, y no veía ningún problema en eso.