Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 3 — La decisión
Isabella pasó toda la noche pensando en el contrato.
La carpeta estaba sobre su escritorio, exactamente donde la había dejado al llegar a casa. Había intentado ignorarla, pero cada vez que levantaba la mirada volvía a encontrarse con las palabras que podían cambiar su vida.
Matrimonio por doce meses.
Doce meses.
No parecía tanto tiempo.
Pero tampoco parecía poco cuando significaba compartir su vida con un desconocido.
Isabella tomó la carpeta y volvió a leer cada condición.
Su familia quedaría libre de las deudas.
Su padre podría conservar la empresa.
Su hermana Emma no tendría que preocuparse por perder su hogar.
Y ella solamente tendría que fingir ser la esposa de Alexander Blackwood durante un año.
—¿Qué podría salir mal? —murmuró.
La respuesta apareció inmediatamente en su cabeza.
Todo.
Cerró los ojos.
No quería hacerlo.
Pero tampoco podía ignorar la situación de su familia.
A la mañana siguiente bajó a desayunar.
Su padre estaba sentado junto a la ventana.
Al verla, dejó la taza sobre la mesa.
—¿Tomaste una decisión?
Isabella se sentó frente a él.
—Sí.
Robert la observó con preocupación.
—No tienes que hacerlo por nosotros.
—Lo sé.
—Isabella…
—Papá, ya lo pensé.
Ella tomó aire.
—Voy a aceptar.
Su padre cerró los ojos durante unos segundos.
—No quería que llegáramos a esto.
—Yo tampoco.
—Todavía podemos buscar otra solución.
Isabella negó lentamente.
—No hay tiempo.
Robert se levantó y la abrazó.
—Perdóname.
Isabella cerró los ojos.
—No tienes que pedirme perdón.
Pero una pequeña parte de ella sabía que nada volvería a ser igual.
A las nueve de la mañana, Isabella estaba nuevamente frente al edificio Blackwood.
Subió hasta el piso treinta y dos.
Mateo volvió a recibirla.
—¿Ya tienes una respuesta?
Isabella sostuvo la carpeta contra su pecho.
—Sí.
Mateo sonrió.
—Entonces te deseo suerte.
—¿Por qué?
—Porque Alexander no suele aceptar que las cosas no salgan como él quiere.
—Yo tampoco.
Mateo soltó una risa.
—Entonces quizá sean una buena pareja.
Isabella lo miró con incredulidad.
—No empieces.
—No dije nada.
Mateo abrió la puerta.
Alexander estaba sentado detrás de su escritorio revisando unos documentos.
Al verla, levantó la mirada.
—Llegaste temprano.
—Dije que vendría.
—¿Y?
Isabella dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Acepto.
Alexander permaneció en silencio.
No parecía sorprendido.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—Lo sé.
Alexander tomó el contrato.
—Entonces debemos establecer algunas cosas antes de firmar.
Isabella se cruzó de brazos.
—Te escucho.
—Primero, frente a nuestras familias debemos parecer una pareja feliz.
—Puedo fingir.
—Segundo, no quiero que los medios sepan que esto es un acuerdo.
—De acuerdo.
—Tercero, tendrás libertad para continuar con tus estudios y tu vida personal.
Isabella lo miró sorprendida.
—¿No vas a decidir por mí?
—No.
—Bien.
Alexander hizo una pausa.
—Y cuarto, si en algún momento quieres terminar el acuerdo antes de tiempo, me lo dices.
Isabella no esperaba aquella condición.
—¿Incluso si mi familia todavía necesita tu ayuda?
—Sí.
Ella lo observó durante unos segundos.
Quizás Alexander Blackwood no era exactamente como había imaginado.
Tomó la pluma.
—Entonces hagámoslo.
Alexander firmó primero.
Después deslizó el contrato hacia ella.
Isabella sostuvo la pluma.
Por última vez pensó en todo lo que estaba a punto de perder.
Su libertad.
Su vida tranquila.
La posibilidad de enamorarse algún día de alguien por elección propia.
Finalmente firmó.
Alexander extendió la mano.
—Tenemos un acuerdo.
Isabella estrechó su mano.
—Tenemos un acuerdo.
Sus miradas se encontraron.
Durante unos segundos ninguno apartó los ojos.
Entonces Alexander soltó su mano.
—La boda será en tres semanas.
Isabella abrió los ojos.
—¿Tres semanas?
—Sí.
—¿No crees que deberíamos conocernos primero?
Alexander la miró seriamente.
—Probablemente.
Isabella suspiró.
—Esto va a ser complicado.
Él se levantó.
—Sin duda.
Y mientras Isabella salía de aquella oficina con el contrato en sus manos, ninguno de los dos imaginaba que aquella firma sería el comienzo de algo mucho más peligroso que un simple matrimonio.
Porque habían firmado para fingir amor.
Pero ninguno había pensado qué ocurriría si algún día dejaban de fingir.