Liam solo quería salvar a su hermano.
Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.
Entonces Duncan le hace una pregunta:
—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?
Liam responde sin pensar:
—Lo que sea.
Acaba de cometer su primer gran error.
Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.
Pero Liam ha despertado su interés.
Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.
Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.
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Fuego Sin Freno
La oscuridad apenas se había roto cuando Liam sintió el movimiento a su lado. No era el frío despertar de otras veces. No había orden, ni distancia, ni prisa. Duncan se giró hacia él despacio, su cuerpo pegado al suyo, caliente y firme, y antes de que Liam pudiera abrir la boca, sus labios ya estaban sobre su cuello, bajando despacio, con una lentitud que hacía arder la piel.
—No te duermas —murmuró, la voz ronca y baja, vibrando contra la piel de Liam—. Todavía no hemos terminado.
Liam giró la cabeza, buscando su boca, y Duncan se la dio: un beso lento, profundo, cargado de todo lo que no se atrevían a decir en la luz. Sus manos se recorrieron sin prisa, sin torpeza, como si ya se conocieran de siempre, cada roce una confirmación, cada contacto un fuego que crecía en lugar de apagarse. No había reglas, no había rojo ni verde. Solo ellos, y la necesidad urgente de no dejar ni un centímetro sin tocar, ni un segundo sin llenar.
—Me vuelves loco —susurró Duncan, apartándose apenas para mirarlo, sus ojos oscuros brillando en la penumbra, encendidos, sin máscara—. Todo el día, en clase, en reuniones, en cualquier sitio… pienso en esto. En ti. En cómo suenas. En cómo te ves cuando te entregas. —Le acarició la mandíbula con el pulgar, con una mezcla de dureza y ternura que lo desarmaba por completo—. Nadie lo sabe. Nadie sabe que existes así. Que eres mío de esta forma. Y eso… eso me consume.
—Solo tuyo —dijo Liam, y la frase salió sola, sin pensar, sin filtro, porque era verdad. En ese momento, no había nada más cierto en el mundo.
Duncan gimió bajito, como si esas palabras le hubieran dado en el centro, y lo atrajo contra sí con más fuerza, con una urgencia que no suavizó, sino que profundizó, más lento, más intenso, cada movimiento una promesa, cada respiración compartida un lazo más fuerte. No era posesión fría ni control calculado: era hambre, era desesperación, era el choque de dos personas que sabían que esto era peligroso y aun así se lanzaban sin red.
—Mírame —repitió, cuando estuvieron más cerca, cuando el mundo se redujo a esa habitación, a esa cama, a esa piel contra piel—. Quiero que sepas quién te hace sentir así. Quiero que cada vez que cierres los ojos, veas esto. Que sientas esto. Que sepas que no hay nadie más. Para mí no hay nadie más. Solo tú.
Liam quiso responder, quiso decirlo todo, pero las palabras se le rompieron en la garganta, convertidas en un gemido ahogado cuando Duncan cambió el ritmo, más profundo, más intenso, llevándolo al límite y sosteniéndolo ahí, sin dejarlo caer, sin soltarlo nunca. Lo guiaba con una destreza que dolía y maravillaba a la vez, sabiendo exactamente dónde tocar, cómo hablar, cómo moverse para hacerlo perder el control por completo. Y Liam se dejaba llevar, sin resistencia, sin miedo, porque por primera vez en meses, en esa cama, no era un alumno, ni un amante, ni una inversión. Era igual a él. Era visto. Era deseado sin condiciones.
Pasaron las horas entre besos y descansos breves, entre caricias y susurros que no tendrían sentido en la luz. Duncan no se apartaba. No se ponía la camisa. No volvía a la distancia. Se quedaba ahí, pegado a él, su mano siempre en alguna parte de su cuerpo: su cintura, su nuca, su mano entrelazada con la suya. Como si temiera que si lo soltaba, Liam se desvanecería. Como si necesitara el contacto constante para creer que era real.
—¿Sabes qué es lo peor? —le dijo mucho después, cuando ya estaban tendidos, medio dormidos, la cabeza de Liam sobre su pecho, escuchando el latido de su corazón—. Que sé que no debería sentir esto. Que sé que está mal. Que soy tu profesor. Que tengo una vida, una esposa, un mundo que no encaja con esto. —Su mano acariciaba el pelo de Liam, despacio, sin prisa—. Pero no puedo dejarte ir. Lo intenté. Cuando te fuiste al andén… lo intenté. Fui a buscarte para decirte que te fueras, que te alejaras de mí. Y no pude. No pude dejar que te fueras. Porque si te vas, me quedo vacío. Y no sé quién soy sin ti.
Liam levantó la cabeza, sorprendido por la honestidad, por la vulnerabilidad que nunca mostraba en la luz.
—No te voy a dejar —susurró—. No mientras me necesites.
Duncan lo miró a los ojos, y por un instante, pareció que iba a llorar. Asintió, apenas un movimiento, y lo atrajo de nuevo hacia sí, besándolo con una ternura que dolía en el pecho, como si quisiera fundirse con él para nunca tener que separarse.
—Entonces no nos separemos —dijo contra sus labios—. No ahora. No esta noche. Que el mundo espere. Que todo lo demás desaparezca. Porque ahora mismo, lo único que existe eres tú.
Y se fundieron de nuevo, sin prisa, sin miedo, sin futuro ni pasado, solo el presente, solo el fuego que los consumía a ambos, una y otra vez, hasta que el sol empezó a asomar por el borde de las cortinas, tiñendo la habitación de gris pálido. Y aun así, Duncan no se apartó. No se vistió. No dijo es hora de irte. Se quedó ahí, abrazándolo, con la barbilla apoyada en su hombro, mientras la luz entraba despacio, y por primera vez en mucho tiempo, la mañana no trajo frío. No trajo olvido. No trajo distancia.
Pero Liam conocía la verdad. Sabía que el sol no podía quedarse siempre escondido. Sabía que cuanto más alto subiera, más rápido volvería la máscara. Que esa intensidad, esa verdad, esa cercanía… era algo que Duncan solo permitía en la oscuridad. Y que cuando la luz fuera completa, tendría que elegir: creer en lo que sentía, o volver a la jaula que ambos habían construido.
Y mientras cerraba los ojos, abrazado al hombre que era su prisión y su refugio a la vez, supo que la elección no sería suya.