Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 11
Lidia había intentado mantener su distancia toda la mañana. Entregaba los informes, respondía las preguntas y volvía a su puesto, manteniendo el tono serio y profesional, sin permitir que sus miradas se cruzaran más de lo necesario. Pero cuando la llamó a su despacho y cerró la puerta suavemente tras ella, supo que no podría seguir fingiendo por mucho tiempo.
Damián se quedó de pie junto a su escritorio, sin sentarse, y la miró con una intensidad que le aceleró el pulso. Dio un paso hacia ella, despacio, sin asustarla, pero con una sinceridad que la dejó sin aliento.
—No puedo dejar de pensar en ti —le dijo directamente, sin rodeos, sin intentar ocultarlo—. No pasa una hora en que no me pregunte dónde estás, qué estás haciendo, si estás bien. Y sé que no debería decírtelo todavía, pero no puedo callarlo más.
Lidia apretó las manos a los costados, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba entre el deseo de acercarse y el miedo a quemarse de nuevo. Dio un paso hacia atrás, firme pero con voz temblorosa.
—Damián… por favor —le pidió, mirándolo a los ojos con seriedad—. No cruces esa línea. Todavía no.
—¿Por qué? —preguntó él, sin acercarse más, pero sin apartar la vista—. ¿Por qué tenemos que esconder lo que sentimos?
—Porque yo todavía estoy herida —respondió ella con claridad, con la voz quebrada pero firme—. Acabo de salir de una relación donde todo parecía una cosa y era otra. Donde me prometieron y me mintieron. Y ahora llegas tú… y eres tan claro, tan honesto… y aun así tengo miedo. Tengo miedo de confiar y equivocarme otra vez. No estoy lista para empezar nada. Ni contigo ni con nadie.
Damián escuchó cada palabra sin interrumpirla, y asintió lentamente, entendiendo perfectamente lo que le decía.
—No te pido que seas valiente de golpe —le dijo con suavidad—. No te pido que me des una respuesta hoy. Solo te dije lo que siento, porque no me gusta mentirte ni fingir que esto no está pasando.
—Y te agradezco que seas honesto —respondió ella, con los ojos brillantes—. Pero necesito tiempo. Necesito sanar. Necesito saber quién soy sin sentirme el premio de nadie ni la consolación de nadie. Y mientras lo hago… necesito que seamos solo jefe y asistente. Por favor. No me pidas más de lo que puedo dar ahora mismo.
Él la miró profundamente, y aunque asintió con respeto, en sus ojos oscuros había algo que no se rendía. No era frustración, era paciencia… y una promesa silenciosa.
—Entiendo —dijo él con voz firme y dulce a la vez—. Respetaré tu ritmo. Y respetaré tu espacio. No te presionaré ni te exigiré nada que no estés lista para dar. Pero déjame decirte una cosa: no me rindo tan fácil. No me alejaré solo porque pongas un límite. Me quedo aquí, esperando, hasta que tú misma decidas que puedes dar un paso hacia mí. Si alguna vez lo haces.
Lidia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no de tristeza, sino de gratitud por la forma en que la respetaba sin dejar de ser sincero.
—¿Prometes no cruzar la línea mientras tanto? —preguntó ella, buscando la seguridad en su mirada—. No me confundas. No me hagas dudar.
—Te lo prometo —respondió él sin dudar—. Seré tu jefe primero. Y lo demás… esperará. El tiempo que haga falta.
—Gracias —susurró ella, sintiéndose más ligera y a la vez consciente de que esa promesa no era un adiós, sino un hasta entonces—. De verdad. Gracias por entenderme.
—No tienes que agradecérmelo —dijo él con una media sonrisa—. Lo que siento por ti no se va a ir por esperar. Al contrario… se hará más fuerte. Y cuando estés lista, yo estaré aquí, igual que ahora.
Lidia asintió y se giró hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo un instante sin mirarlo directamente.
—No te prometo nada —dijo con honestidad—. No sé si algún día podré darte lo que mereces.
—Y yo no te pido promesas —respondió él—. Solo te pido que no te cierres. Y que sepas que aquí estoy.
Salió del despacho con el pecho entrecruzado por sentimientos opuestos: alivio porque él la había escuchado, y una dulce inquietud al saber que, pase lo que pase, Damián no pensaba irse a ninguna parte. Y en el fondo de su corazón, donde todavía dolía el pasado, empezaba a nacer algo nuevo: la certeza de que, si algún día se atrevía a confiar de nuevo, él sería el lugar seguro al que volver.
Damián se quedó inmóvil, sin dar un paso más hacia ella, respetando el espacio que le había marcado, aunque sus ojos no dejaban de seguirla con una intensidad que lo decía todo.
—¿Sabes lo que me cuesta hacer esto? —preguntó él, con voz grave y contenida, como si estuviera conteniendo algo grande dentro de sí—. Querer acercarme y tener que detenerme, porque tú me lo pides. Y aun así… lo hago. Porque te respeto más de lo que me importa mi propio deseo.
Lidia lo miró con el corazón apretado, sintiendo la sinceridad en cada una de sus palabras, y se le llenaron los ojos de lágrimas que no eran de dolor, sino de emoción.
—Y eso es justo lo que necesito —respondió ella con ternura—. Que me respetes. Que esperes. Que no me pidas correr cuando apenas estoy aprendiendo a caminar de nuevo. Si tú me respetas, yo sé que puedo confiar en ti.
—Entonces te respetaré —dijo él con firmeza—. Cada día, cada hora, el tiempo que haga falta. No te presionaré, no te confundiré, no cruzaré esa línea que tú misma has trazado. Pero Lidia… —su voz se suavizó, y en ella había una promesa que no podía romperse— no esperes que deje de sentir lo que siento. Porque eso sí no lo puedo controlar.
—No te lo pido —le cortó ella, acercándose un poco más sin cruzar la línea—. Solo te pido que lo guardes ahí, por ahora. Que seamos nosotros, despacio. Si es que llegamos a ser algo.
—Llegaremos —dijo él con una seguridad absoluta que la hizo estremecer—. No te apresures, pero no te cierres. Yo no me voy a ir a ninguna parte. Estaré aquí, esperando, paciente, hasta que estés lista para darme la mano sin miedo. Y cuando lo hagas… no te soltaré.
Lidia sonrió a través de las lágrimas, sintiendo que por primera vez entendía lo que era ser amada con paciencia y respeto, sin exigencias ni prisa.
—Eres un hombre extraordinario, Damián Blackwood —murmuró ella—. Y a veces me pregunto qué hice para merecer que alguien como tú se preocupe así por mí.
—No tienes que haber hecho nada —respondió él con dulzura—. Simplemente eres tú. Y eso basta. Más que basta.
—Entonces… nos vemos en la oficina —dijo ella, dando un paso hacia la puerta pero deteniéndose antes de abrirla—. Como jefe y asistente, por ahora.
—Como jefe y asistente —repitió él con una media sonrisa—. Y con el corazón esperando a que estés lista para algo más.
Ella asintió y salió del despacho, cerrando la puerta suavemente tras de sí. Y mientras caminaba hacia su puesto, supo que había puesto un límite, sí, pero también había dejado entrar algo en su corazón que no pensaba cerrar. Algo que crecería despacio, sin prisa, pero sin detenerse jamás. Y en los ojos de Damián, antes de que se cerrara la puerta, había leído algo que la llenó de una esperanza cálida: que él no se rendiría, no porque insistiera, sino porque sabía esperar. Y esperaría el tiempo que hiciera falta.