Durante siglos, los clanes de los vampiros y de los hombres lobo han vivido consumidos por el odio.
Todos creen que el antiguo rey de los vampiros @s3s1nø a la esposa del Alfa durante una Noche de Luna Roja. Como venganza, el Alfa m@tø a la reina vampira un día después del nacimiento de su hija, Aylin.
Lo que nadie sabe es que aquella mu3rt3 fue una mentira.
La esposa del Alfa fingió su fallecimiento para escapar con el lobo del que realmente estaba enamorada, dejando atrás a un cachorro recién nacido
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EL SILENSIO DE LA S@NGR3
Habían transcurrido varios meses desde la mu3rt3 de la reina Seraphina.
El Reino Nocturno seguía cubierto por un ambiente de luto.
Las enormes banderas negras continuaban ondeando sobre las torres del castillo.
El rey Draven gobernaba con firmeza.
Pero quienes lo conocían desde hacía siglos sabían que algo había cambiado.
Ya no sonreía.
Toda su dedicación estaba puesta en proteger a la pequeña Aylin.
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Aquella noche, el Gran Consejo de los Vampiros fue convocado.
Las puertas del salón principal se cerraron con un fuerte estruendo.
Alrededor de una inmensa mesa de piedra se sentaron los ancianos del clan.
Todos eran vampiros con varios siglos de experiencia.
Algunos superaban los quinientos años.
Otros...
Habían visto nacer el reino.
Draven ocupó el asiento principal.
Su mirada recorrió lentamente a todos los presentes.
—¿Cuál era la urgencia?
Nadie respondió de inmediato.
Hasta que el consejero más anciano rompió el silencio.
—Majestad...
Tenemos un problema.
Draven frunció ligeramente el ceño.
—Habla.
El anciano abrió un grueso libro de registros.
Sus manos temblaban.
—Durante los últimos meses...
Han nacido veintitrés nuevos vampiros.
El rey asintió.
—Eso es una buena noticia.
El anciano respiró hondo.
—Todas son niñas.
El salón quedó completamente en silencio.
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Otro consejero colocó varios pergaminos sobre la mesa.
—Revisamos los registros de los últimos doscientos años.
Siempre nacían tanto niñas como niños.
Nunca existió un desequilibrio tan grande.
Draven comenzó a revisar los documentos.
Uno tras otro.
Todos mostraban lo mismo.
Nombre.
Familia.
Fecha de nacimiento.
S3xø
Todas...
Eran mujeres.
El rey levantó lentamente la vista.
—¿Ni un solo varón?
El consejero negó con tristeza.
—Ni uno solo.
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Los murmullos comenzaron a llenar el salón.
—Es imposible...
—Jamás ocurrió algo semejante.
—Los dioses nos abandonaron.
—¿Será una maldición?
Draven golpeó suavemente la mesa.
El silencio regresó.
—No hablen de maldiciones sin pruebas.
El anciano bajó la cabeza.
—Comprendemos su postura, Majestad.
Pero existe otro problema.
El rey lo observó.
—¿Cuál?
El anciano suspiró.
—Los vampiros varones que aún pueden formar familias son muy pocos.
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Uno de los escribas extendió un nuevo pergamino.
Allí aparecían los nombres de todos los varones del clan.
El consejero comenzó a explicar.
—La mayoría de nuestros hombres tienen más de seiscientos años.
Ya no desean tener descendencia.
Algunos incluso perdieron a sus compañeras hace siglos.
Otro añadió.
—Los más jóvenes...
Apenas superan los ochenta o noventa años.
Draven comprendió inmediatamente.
Entre los vampiros...
Esa edad todavía era considerada muy joven.
Ninguno estaba preparado para formar una familia.
Todavía seguían entrenando.
Estudiando.
Aprendiendo a controlar sus habilidades.
—Entonces...
Durante muchos años...
No habrá nuevos varones.
El silencio respondió por todos.
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En el pueblo...
La noticia comenzó a extenderse.
Las conversaciones cambiaron por completo.
—¿Escuchaste?
—Otra familia tuvo una niña.
—Ya son demasiadas.
Una mujer abrazó a su pequeña hija.
—¿Qué ocurrirá cuando crezcan?
Otra suspiró.
—No habrá suficientes jóvenes para formar nuevas familias.
El miedo comenzó a extenderse igual que en el territorio de los hombres lobo.
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Mientras tanto...
La pequeña Aylin jugaba tranquilamente en los jardines interiores del castillo.
Una criada sonrió al verla.
—Nuestra princesa cada día está más hermosa.
Otra asintió.
—Tiene la elegancia de la reina.
Aylin soltó una pequeña risa mientras intentaba atrapar una mariposa nocturna.
Era demasiado pequeña para comprender las preocupaciones de los adultos.
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En la biblioteca real...
Draven permanecía revisando antiguos manuscritos.
Buscaba cualquier referencia.
Cualquier explicación.
Pero todos los registros mostraban lo mismo.
Nunca antes había ocurrido algo semejante.
Cerró lentamente el último libro.
—¿Por qué ahora...?
Murmuró.
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El anciano consejero entró en silencio.
—Majestad...
El rey levantó la vista.
—¿Encontraron algo?
El anciano negó.
—Nada.
Solo una antigua frase escrita por nuestros antepasados.
Draven hizo un gesto para que continuara.
El anciano leyó lentamente.
—"Cuando la noche y la luna pierdan su equilibrio... ambos pueblos conocerán el miedo."
El rey permaneció inmóvil.
Aquellas palabras eran demasiado ambiguas.
—¿Qué significa?
—No lo sabemos.
Nunca se explicó.
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Al caer la noche...
Draven salió al balcón con Aylin entre sus brazos.
La pequeña observó el cielo lleno de estrellas.
Después apoyó su cabeza sobre el pecho de su padre.
El rey sonrió con ternura.
—No dejaré que nada te ocurra.
Aunque tenga que enfrentar al destino.
Aunque tenga que desafiar a los dioses.
Encontraré una respuesta.
Aylin levantó una pequeña mano.
Como si quisiera tocar la luna.
Draven siguió la dirección de su mirada.
La luna llena brillaba sobre el Reino Nocturno.
La misma luna que iluminaba el territorio de los hombres lobo.
Sin que ninguno de los dos clanes lo supiera...
Sus destinos comenzaban a reflejarse como dos caras de una misma moneda.
Un pueblo ya no tenía herederas.
El otro había dejado de tener herederos.
Y, en medio de ambos...
Dos niños crecían ajenos a que algún día serían la clave para devolver el equilibrio que el mundo había perdido.