En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 014
Zapatos pulidos, un traje negro a medida y un gran vocabulario.
—¿Te diviertes?
El extraño acento en sus palabras elevaba su gran carisma, por lo que siempre podía oírsele agradable. Es un excelente farsante.
—¿Te llevas bien con las presas? —dijo—. Luces satisfecho, Sobek. Verte así no me hace feliz.
Silencios cortos. No me atreví a abrir la boca; solo agitaría su enojo reprimido, ese que mantiene asfixiado como a un cadáver.
—Me tomé la libertad de venir a verte. En tanto tiempo que no he visto tu cara, realmente te pareces a madre —mencionó.
Con la vista fija en el piso, oí cómo buscaba algo entre las solapas de su traje. Luego, sus pies llegaron hasta mí. Encogí el cuello al sentir su mano alzar mi cabeza, obligándome a verle a los ojos. Usó sus dedos llenos de cortes para remover el cabello que cubría mi cara, observando con agudeza mis enfermos ojos.
—Tus dobles párpados no hacen su trabajo —se quejó, abriendo mi párpado nictitante para ver mejor—. A este paso podrías sufrir de ceguera, Sobek.
Me dejó libre, mirando reflexivamente su celular. Su tono jovial se esfumó en segundos.
—Debo irme —sujetó mi hombro—. Perderás más que tus dientes si no contestas mis llamadas. Te veré pronto.
Permanecí estancado, rígido, sin siquiera poder tragar bien. Mis piernas no podían dar un paso, así que solo duré una hora allí parado. Como un tonto, toqué el lugar donde me había tocado mi hermano. Es irónico que se preocupe por esto ahora, cuando las condiciones insalubres de su estanque provocaron en el pasado que el hongo se arraigara en mi piel junto a los parásitos, y que mis ojos se infectaran hasta llorar abscesos todas las veces que intentaba abrirlos.
Sonreí. Este es el afecto que debo recibir. Mi hermano es el único que está siquiera consciente de mi existencia.
Hace dos días comí poco menos de una porción de carne. Debido al estrés, al inducirme el vómito solo expulsé jugos gástricos y grandes cantidades de saliva. Era seguro que mi hermano pasaría por el apartamento, así que me abstuve de ir hacia allá. Solo me quedaría en algún asiento de la calle hasta que pudiera recuperar las cuerdas de mi propio cuerpo.
Anocheció y allí seguí. El cielo se llenó de nubarrones, mostrando una señal clara del verano cuando un chaparrón azotó la ciudad. La temperatura bajó drásticamente. Poco o nada de personas había en las calles; solo yo andaba empapándome en la lluvia, sin intención clara de refugiarme. El interior de mis zapatos se llenó de agua, los cuadernos dentro del bolso se mojaron y toda la ropa se pegó a mi piel, lo que me hizo casi encogerme por el frío.
Llegué al edificio y subí las escaleras para omitir cruzarme con alguien en el elevador. Arrastré los pies hasta mi piso y caí sentado en los escalones; no quise entrar al apartamento. Solo me quedaría aquí; probablemente para el domingo ya podría ingresar. Por pereza, los mamíferos evitan usar las escaleras, así que estaba bien disminuir el ritmo y dormir en este sitio.
Tuve un sueño. Los olvido al despertar y creo que es mejor así; no querría arruinar el día recordando esto.
La isla que me vio nacer: un trozo pequeño de tierra apartada del archipiélago, un lugar solitario donde solo estábamos yo y mamá. Mamá no me hablaba mucho, pero le veía sonreír de vez en cuando. A la orilla de la playa ella me enseñó a pescar, a comer cangrejos con todo y caparazón, y a nadar más allá del arrecife sin ser llevado por la corriente. Mamá me enseñó a sobrevivir por mi cuenta.
Ella era muy fuerte, más grande que nadie, y tenía escamas tan duras como la roca; su boca podía tragar cualquier animal sin importar el tamaño. Yo quería ser igual de fuerte que mamá. Pensaba que cuando creciera la superaría y presumiría mi fuerza.
En las noches que mamá recorría la isla, siempre traía consigo pescados gigantes y yo la esperaba cerca de los cocoteros. Pero aquella noche no regresó. No respondió a mis gritos. Me abandonó, llevándose mis deseos con ella; ni siquiera un nombre dejó para mí, uno que fuera mío completamente.
Mucho tiempo después, alguien llegó a la isla haciéndose llamar mi hermano.
Desperté de golpe; un peso en mis hombros me hizo levantarme de un salto. Al parecer, sí hay quienes usan las escaleras: alguien había dejado su abrigo encima de mí. Tal vez lo hizo por lástima. Reconozco el detalle, pero esto no me ayudaba realmente. Removí el abrigo de mis hombros.
Pocas horas pasaron. Desgraciadamente, el tiempo no quiso avanzar. Tuve la idea de echarme a dormir en la azotea del edificio; solo tenía que tirarme allí como un muerto y que ya se acabara el día.
—Oye, ¿te encuentras bien?
Me giré hacia la voz. Era una chica que hablaba por teléfono. No sé cómo lucen los rostros de mis vecinos, pero ella tenía un aire familiar.
—¿Te olvidaste de las llaves? —me preguntó luego de culminar su llamada.
—Sí —solté—. ¿Este abrigo es tuyo?
—Es de mi hermano, acaba de bajar a la tienda —me explicó amablemente—. ¿No tienes una llave de repuesto? ¿Quieres que llame a un cerrajero?
—No hace falta.
Le devolví el abrigo con la intención de irme a la azotea. Ella sujetó la prenda y dejó salir un suspiro. De repente, me pegó la mano en la cara. Por lo lento que iba mi cuerpo debido a la falta de calor, no la aparté.
—¡Estás helado! —dijo con alarma.
No puse resistencia cuando me invitó a su casa; podría ir hasta al alcantarillado con tal de no pisar mi apartamento. Ella me ofreció un cambio de ropa y comida. Decliné lo segundo.
—¿Estarás resfriado? —se preguntó, lanzando sus sábanas sobre mí—. Tal vez tengas que ir con un médico. No es normal lo frío que estás.
—No pasa nada —dije, apartando las sábanas y las mantas—. Tengo la sangre fría. Naturalmente, no puedo generar calor.
—¿Sangre fría?
—Soy un cocodrilo.
Su expresión fue la razón por la que no suelo dar explicaciones; en su vida habrá visto a un cocodrilo. Pero no le recriminé nada.
—¡Briana! —llamaron a la puerta.
Ella fue a abrir. Nunca había estado dentro de la casa de un mamífero; la diferencia con la mía era obvia. La calefacción aquí era menor a la que suelo tener en mi apartamento, tal vez porque ellos sufren más por el calor. Había muchos adornos, los cuales eran muy personalizados, y tal parece que la limpieza es más común de lo que creí.
Me recosté en la silla. La ropa seca ayudó a mitigar la incomodidad de tener las prendas húmedas pegadas al cuerpo, pero solo eso, pues mis latidos se mantuvieron al mínimo para ahorrar energía. Mis reacciones al entorno se embotaron un poco debido a ello.
—¿Sobek? ¿Qué haces tú aquí?
Miré en su dirección. Tras pensar un poco, supe quién era: aquel jaguar amigo del dingo. Con razón la chica se me había hecho conocida; sus facciones eran iguales.
—¿Qué haces en la casa de mi hermana? —preguntó de inmediato, poniéndose a la defensiva.
No abrí la boca, pero su hermana apareció desde la cocina para responder por mí.
—Es mi vecino. Olvidó sus llaves y lo traje porque estaba empapado en el pasillo. Disculpa, tuve que prestarle tu ropa —dijo, buscando en la alacena—. Ayúdame a poner la mesa.
Balam fue por platos, cubiertos y vasos. Su hermana dejó unas bolsas sobre la mesa, de donde sacó comida en recipientes de plástico frágil.
—¿Realmente no tienes hambre? —volvió a preguntar ella—. Deberías comer un poco.
—Ya comí.
—¿Hace cuánto? —insistió—. No te vergonzaras.
—Briana, ya déjalo, ya te dijo que...
—Hace dos días —hablé.
Todos callaron, viéndome con absoluta confusión.
—¿Cómo es posible? ¿Hace dos días? —me miró la hermana—. ¡¿Es por eso que estás tan frío?! Tengo que llamar a Erwin.
Abandonó la mesa en busca de su celular. El jaguar, por otro lado, solo me dedicó una mirada incrédula.
—¿Estás bromeando, cierto? Nadie puede mantenerse sobre sus propios pies tras dos días sin probar bocado.
Cerré los ojos. Ya no quería oír nada; solo me apetecía petrificarme y no moverme por dos semanas.
—¡Balam! ¡Arropa al vecino con las mantas! —gritó ella desde la otra habitación—. ¡Erwin viene en camino!
Detuve al jaguar con la mirada cuando hizo el amago de acercarse.
—¿Qué haces? ¿Acaso no ves que estás más frío que un témpano? —regañó él—. Agradece que Briana se preocupe por ti.
Supe de inmediato el origen de su resentimiento y molestia; a mí tampoco me gustaba compartir espacio con el amigo del dingo. Me levanté de la mesa. Su hermana se había llevado mi ropa a secar al igual que mi bolso, donde estaban las llaves, pero no me preocupaba recuperarlos ahora.
Aprecié los cuidados de la chica, aunque me resultaran completamente inútiles. Salí del lugar y subí por las escaleras hasta los últimos pisos. Me abrí paso hasta la puerta de la azotea; aún llovía a cántaros, así que simplemente me refugié bajo el alero de la pared.