Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 7. TIERRA FIRME Y FRENTES DE GUERRA
Los siguientes cuatro días a bordo del Gran Leviatán fueron un ejercicio de tortura mental y actoral digno de un premio de la academia. Héctor y yo desarrollamos una rutina coreografiada al milímetro. Ante las miradas de los pocos empresarios VIP que quedaban en el barco y la tripulación, éramos la viva imagen de la luna de miel perfecta. Bajábamos a cenar del brazo, él me apartaba la silla con una sonrisa galante que hacía suspirar a las señoras de las mesas vecinas, y yo le acariciaba la mejilla con una ternura falsa que me costara semanas de terapia asimilar.
Pero en la intimidad de nuestro camarote, la realidad era una guerra fría. Dividimos la suite real en dos territorios soberanos. Él dormía en el sofá de piel —un castigo que le impuse desde el primer minuto y que aceptó a regañadientes tras comprobar que mi mirada de CEO podía cortar el acero— y yo me quedaba con la cama King size. Pasábamos las madrugadas con nuestras laptops encendidas, redactando cláusulas, analizando las estructuras financieras de Índigo Gastronómica y de la constructora de la Vega, y buscando desesperadamente un vacío legal en el código marítimo de las Bahamas que no destruyera nuestras acciones al salir a la luz.
Lo peor de todo no eran las discusiones corporativas. Lo peor era que la maldita tensión carnal de la primera noche seguía flotando en el aire de la habitación como una neblina densa. Cada vez que Héctor salía del baño con la toalla a la cintura, o cada vez que yo me aplicaba crema en las piernas sintiendo sus ojos grises fijos en mí desde la penumbra del sofá, el aire se volvía irrespirable. Nos odiábamos por la trampa en la que caímos, pero nuestros cuerpos no habían recibido el memorándum del odio.
Por suerte, el suplicio flotante llegó a su fin.
El amanecer del lunes trajo consigo el sonido estridente de las gaviotas y el traqueteo pesado de las cadenas del ancla. El Gran Leviatán estaba atracando en el puerto principal de la ciudad. Miré por el ventanal del camarote mientras terminaba de abrocharme un blazer blanco de hombreras marcadas. Abajo, en el muelle, el panorama era un absoluto caos.
—Claudia, echa un vistazo a esto —dijo Héctor, acercándose a mí mientras se acomodaba los puños de su camisa. Su rostro reflejaba una seriedad absoluta.
Miré hacia donde señalaba. Detrás de las vallas de seguridad del puerto, una marea de fotógrafos, reporteros con micrófonos de canales nacionales y cámaras de televisión se empujaban entre sí. Nuestros padres no habían perdido el tiempo. El anuncio de la "boda del año" y la inminente fusión de nuestros imperios ya se había filtrado a la prensa financiera y del corazón.
—El viejo de la Vega se encargó de armar el circo —masculló Héctor, sus ojos grises destellando una peligrosa mezcla de frío y rabia—. Si uno de los dos flaquea ahí abajo, si la prensa nota una sola mirada de desprecio o un gesto de incomodidad, los analistas de la bolsa van a interpretar que la fusión es inestable. Mañana por la mañana, nuestras empresas estarían perdiendo millones en valor de mercado.
—No voy a flaquear, de la Vega —le respondí, girándome hacia él y ajustándole la corbata con un tirón firme que lo obligó a mirarme a los ojos—. He lidiado con tiburones más grandes que unos reporteros hambrientos. Recuerda el pacto: ante las cámaras, somos la pareja más estúpidamente enamorada del país. Pero en cuanto crucemos la puerta de mi departamento, volvemos a las reglas de la guerra.
Héctor sonró de lado, esa sonrisa arrogante que me aceleraba el pulso a mi pesar, y atrapó mi mano derecha, colocándome con total deliberación la alianza de oro que hasta ese momento había estado guardada en mi bolso. Hice lo mismo con la suya. El metal se sintió frío contra mi piel, como un recordatorio de nuestras cadenas.
—Es hora de dar el show, mi hermosa esposa —susurró, ofreciéndome su brazo.
Tomé su brazo, asegurándome de clavar mis uñas ligeramente en su costoso traje de sastre para recordarle quién mandaba, y salimos del camarote. Caminamos por los pasillos del barco con la cabeza en alto, el eco de nuestros tacones y zapatos de diseñador resonando como tambores de guerra.
Cuando las puertas de la terminal de desembarque se abrieron, el estallido de los flashes nos cegó por completo. El ruido de los gritos de los periodistas se volvió ensordecedor.
—¡Señorita Claudia! ¿Es cierto que se casaron en secreto en alta mar?
—¡Señor de la Vega! ¿La fusión de la constructora e Índigo creará el monopolio comercial más grande del sector?
—¡Una mirada para la cámara, por favor! ¿Fue amor a primera vista?
Héctor reaccionó de inmediato. Me pasó el brazo por la cintura, pegándome a su costado con una fuerza posesiva que hizo que las cámaras se volvieran locas disparando ráfagas de fotos. Me miró con una sonrisa deslumbrante, cargada de una fingida adoración que casi me hace aplaudirle por su talento actoral.
—Ha sido el viaje más maravilloso de nuestras vidas —declaró Héctor a los micrófonos más cercanos, manteniendo el paso firme hacia los autos blindados que nos esperaban—. Claudia y yo hemos decidido unificar no solo nuestros caminos, sino también el futuro de nuestras empresas. Los detalles corporativos se darán en una rueda de prensa formal esta semana. Por ahora, les pedimos privacidad para disfrutar de nuestro regreso.
—Estamos increíblemente felices —añadí yo, forzando la sonrisa más radiante y creíble de mi repertorio, apoyando mi mano sobre su pecho para que los fotógrafos captaran perfectamente el anillo de oro bajo la luz del sol—. Ha sido el inicio de una alianza indestructible en todos los sentidos.
Los guardaespaldas abrieron paso a golpes entre la multitud de reporteros. Héctor me guió con rapidez hacia el interior de un Mercedes negro de cristales tintados. En cuanto la puerta del auto se cerró con un golpe seco, aislando por completo el ruido exterior, la magia se desvaneció.
Me zafé de su agarre de un tirón, arrinconándome contra el otro extremo del asiento de piel del vehículo. Respiraba agitada, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Héctor se soltó el botón superior de la camisa, echando la cabeza hacia atrás en el respaldo, exhausto.
El chofer arrancó el auto, alejándonos del muelle a toda velocidad. El silencio en el interior del vehículo era denso. El crucero había terminado. Estábamos de regreso en nuestro terreno, en la ciudad donde éramos los reyes de nuestros respectivos negocios, pero las cosas ya nunca volverían a ser iguales.
—¿A dónde nos dirigimos, señor? —preguntó el chofer a través del intercomunicador.
Héctor me miró de reojo, con una expresión indescifrable en sus ojos grises. El juego fuera del barco acababa de comenzar, y el primer gran problema del matrimonio real tocaba a nuestra puerta: dónde íbamos a vivir para mantener la farsa ante los ojos de nuestras familias y de los paparazzis que, a partir de hoy, no nos dejarían en paz ni un solo segundo.