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ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

ESTE DIOS TE HARÁ LLORAR SANGRE

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Héroes / Venganza / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.

Pero un día, Cástor no aparece.

Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.

Entonces toma su lugar en la academia humana.

Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.

Es Pólux.

Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…

metérsete con el hermano de un dios es otra.

Porque Cástor podía perdonarlos.

Pólux no.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

TU NO ERES CÁSTOR. ERES…

Salimos a comprar el pan. Era algo sencillo, cotidiano, un paseo tranquilo por las calles de la tarde. Marcela caminaba a mi lado, hablándome con naturalidad, como si nada fuera del lugar, como si yo fuera simplemente el chico que conocía desde la infancia. Y entonces, al doblar la esquina, los vimos.

Elena y Javier estaban allí, esperando, plantados frente a la tienda, con los rostros contraídos por la furia y la impaciencia. En cuanto me vieron, avanzaron con paso rápido, agresivo, sin importarles que hubiera gente alrededor.

—¡Ahí estás! —gritó Javier, señalándome con un dedo tembloroso de rabia—. ¡Menuda broma nos has jugado! ¡Vuelves con nosotros ahora mismo! ¡No tienes derecho a irte sin permiso! ¡Eres nuestro hijo y harás lo que te digamos!

—¡Nos has avergonzado bastante! —añadió Elena, acercándose con la intención de agarrarme del brazo—. ¡Ya basta de tonterías! ¡Ven con nosotros!

Y en ese instante, olvidé que Marcela estaba a mi lado. Olvidé que debía contenerme. Olvidé que debía parecer humano. La furia me subió desde lo más profundo, desde el mismo centro de mi ser, y mi cuerpo empezó a vibrar. No era un temblor humano. Era un poder antiguo, incontenible, despertando. El aire a mi alrededor se calentó. Mis manos brillaron con una luz dorada intensa, cegadora, que brotó de debajo de mi piel como si el sol mismo estuviera atrapado dentro de mí. Mi voz cambió, se hizo más profunda, resonó con un peso que hizo que el suelo crujiera bajo sus pies.

—¿Me obligarás? —dije, y cada palabra cayó como un trueno—. ¿Tú? ¿Me obligarás a mí?

La luz se hizo más intensa, cegadora. Mi presencia se expandió, imponiéndose, llenando la calle entera. Javier y Elena se detuvieron en seco, con los ojos desorbitados, viendo cómo yo brillaba, cómo el aire se deformaba a mi alrededor, cómo algo que no era humano se alzaba frente a ellos. No vieron solo a su hijo. Vieron la fuerza de un dios. Vieron la destrucción hecha carne.

—¡No… no es posible! —balbuceó Elena, retrocediendo tropezando—. ¿Qué eres…?

—¡Vámonos! ¡Vámonos ahora mismo! —gritó Javier, agarrándola del brazo y dándose la vuelta, huyendo despavoridos, sin mirar atrás, desapareciendo a la vuelta de la esquina como si el infierno mismo los persiguiera.

La luz se desvaneció lentamente. La vibración cesó. Pero el silencio que quedó fue más pesado que antes.

Me giré hacia ella. Y ahí estaba Marcela. De pie, pálida, con el pan cayéndole de las manos al suelo, con la boca entreabierta y los ojos llenos de un terror silencioso y absoluto. No se movió. No huyó. Me miró, y en su mirada no había miedo solo… había comprensión. Había la certeza de que todo lo que creía saber se había roto en un instante.

—Tú… —susurró, dando un paso atrás, con la voz temblorosa pero firme—. Tú no eres Cástor.

Me quedé inmóvil. No podía negarlo. No podía mentirle después de lo que acababa de ver.

Ella me miró a los ojos, buscando algo que ya no estaba allí, y susurró, con el aliento cortado:

—Eres… eres…

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